Tentativas 89

La felicidad no es una categoría que quepa en grandes acontecimientos; es más bien una especie de iridiscencia que aparece en los bordes de los pequeños detalles.

Nada hay más aristocrático -lujoso- que elegir los propios placeres sin someterlos a la utilidad. Leer a solas, beber un vodka excelente sin compañía, demorarse en un verso que no conduce a nada, son actos de resistencia contra la vulgaridad del mundo. El lujo no es acumulación, sino selección: la fidelidad a aquello que nos eleva, precisamente por inútil.

Darse el capricho clandestino de un volumen leído sin prisa, una conversación que no busca conclusiones, una tarde en la que el tiempo parece suspenderse: todo ello constituye una forma de lujo que no puede medirse ni exhibirse. Vivimos rodeados de objetos, pero carecemos de la educación del goce; por eso confundimos el lujo con el precio, cuando en realidad depende de la finura de la atención.

El lujo es tener tiempo para perderlo, para dejar que la luz resbale sobre las cosas, para no hacer nada con elegancia. Una taza de té, un jardín, un bollo con crema, pan crujiente, un cuenco, la luz de una lámpara, un porche al atardecer, el sonido de los insectos, escribir, la música de cámara. Todo lo demás es negocio.

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