Aspiro ya a una vida recogida. Leer muchísimo, sobre todo releer, escuchar música, pasear con la perra por el monte y corregir lo que ha sido escrito en exceso.
Leer debidamente: no avanzar, sino demorarse; no acumular páginas, sino fijar una frase hasta que empiece a irradiar. Hay libros que no se leen, se frecuentan; y uno acaba viviendo en ellos como en una estancia sobria donde cada objeto ha sido elegido y nada admite sustitución.
La verdadera vida —si es que hay alguna que merezca tal nombre— se hace en la lectura, en la conversación escogida, en el paseo lento, en la música (Alexander von Zemlinsky rozando la penumbra de Alexander Scriabin, o esa elegancia casi inadvertida de Karl Goldmark, o la luz menor, lateral, de Pablo Luna) que uno aprende a escuchar como si fuera pensamiento. He procurado siempre una existencia donde el tiempo no se gaste, sino que se destile.
Pocas distracciones. Mucha lectura. Una atención sostenida. Aprender a leer bien, a releer, a escuchar música con atención y a pasear sin finalidad. Todo ello forma el gusto, y el gusto es la única brújula fiable. No escribir: corregir. Volver sobre lo ya dicho con una paciencia casi hostil, retirando adjetivos, limando cadencias, expulsando toda facilidad.
Escribí doce libros. He escrito lo suficiente como para saber que la abundancia es una forma de error. No se trata de añadir, sino de reducir hasta que el texto quede en pie por sí solo, sin apoyos, sin indulgencia.
Deseo no dispersarme más.
