Cabaleiro 81

Las palabras ‘Kiss Kiss Bang Bang’ [Besos y Tiros]… son quizás la declaración más breve imaginable del atractivo básico de las películas. Descreo bastante del cine respetable, intencionadamente artístico y a menudo plúmbeo. El cine comercial a veces logra una chispita de genialidad o de subversión. Buscarla premeditadamente suele ser la vía regia para el aburrimiento y el fracaso estético. Las mejores películas populares surgen de una fusión de comercio y arte; las peores películas de arte y ensayo de una simbiosis de visión épica del director e ideas intelectuales visuales.

Disculpen el dogma expresivo, la contundencia de mis asertos. A cualquier juicio debiera imponerle el modificador léxico: «a mi juicio», «bajo mi punto de vista», «creo que» etc. Me alegro -de veras- del refrendo internacional de las películas de Jonás Trueba, de su canonización, pero la dimensión arbitraria de mis gustos o prejuicios me alejan del placer (sic) de verlas.

Cabaleiro 80

Un hombre sin cerveza es como un soldado sin guerra. Con ella el teatro -fustigador- de la noche se vuelve música. Alegra la mirada y limpia y sana la vida.

Una leve condensación en el vidrio de la copa. Espuma blanca, tenue, efímera. Nada de lirismos: un trago largo, seco. Ámbar a favor de los melancólicos del mundo. Corona licuada de nácar, fantasmas en la garganta. Cristal del domo. Helecho rubio, estandartes púrpuras, oro de casa vieja, luz oblicua y rosas amarillas.

Apuro otro vaso en la tertulia de Orense, mientras la noche se espesa con sordina de crujiente madera húmeda.

Cabaleiro 79

Europa vive hoy una discusión que recuerda al diálogo entre Settembrini y Naphta en «La montaña mágica». El primero defendía una civilización abierta, educada en el humanismo y en la cooperación supranacional; el segundo, la tentación de los absolutos identitarios y de los sistemas cerrados que prometen seguridad frente a la incertidumbre.

El discurso de Kennedy en Berlín —«ich bin ein berliner»— pertenece claramente al imaginario settembriniano: una identidad política que trasciende la nación para fundarse en valores universales. Frente a ello, el resurgir de nacionalismos europeos evoca el argumento naphtiano, brillante y seductor, pero históricamente ligado a la fractura del continente.

Settembrini concibe Europa como una conversación continua entre espíritus libres, no como una fortaleza cerrada. La palabra es la civilización misma, afirma en la novela, y esa fe en el lenguaje político resuena en la libertad universal invocada por Kennedy. En otro lugar dice: «El progreso es la ley moral de la humanidad», lo que resume su fe ilustrada en Europa como proyecto abierto. Naphta encarna con inquietante claridad la lógica espiritual que hoy reaparece en ciertos discursos soberanistas europeos. No defiende solo la frontera, sino la idea de que la comunidad necesita tensión, disciplina y una verdad superior que la cohesione. Allí donde Settembrini habla de Unión, él responde con identidad absoluta y frontera.

Entre el “civis romanus sum” y el repliegue identitario no hay una novedad histórica, sino el retorno del viejo duelo europeo entre conversación ilustrada y fe absoluta. La pregunta «¿menos nacionalismo y más Unión?» no es nueva: es el eco del duelo ideológico que Thomas Mann puso en boca de sus dos profetas rivales, una discusión que Europa parece condenada a repetir cada vez que olvida que su verdadera patria fue siempre la conversación.

Cabaleiro 78

(Wittgenstein)

El mundo nunca coincidió con sus exageradas exigencias interiores. La precisión obsesiva del detalle —una frase, un gesto, una sensación mínima— revela una sensibilidad neurótica que teme perder la perfección de una vida ideal. No toleró la realidad. Intrusivo. Intenso. Trataba la lógica con ansiedad y la soledad con lógica. Se cansaba de pensar; descansaba con películas del oeste y novelas pulp.

Combatió tantos monstruos que terminó pareciéndose a uno de ellos. Calmaba su vida interior con la música: oía determinados pasajes una y otra vez como quien pule un diamante. Vivía atravesado por impulsos autodestructivos. Todo le sucedió dentro. Cada símbolo le parecía culpable: pensaba «a la vez» en las matemáticas y en sus pecados. Relojero minucioso, entrometiéndose en las supuestas imperfecciones de sus amigos. La conciencia le mordía.

Cabaleiro 77

(Sánchez)

Alto y seco, mejillas hundidas, rostro de papel antiguo; aparentemente parece enfermo, pero le hierve la entraña. Se diría que vive a base de café malo, bilis y noches largas. Los ojos, desconfiados, se mueven como los de un animal alerta. Huesudo, arrugado y cóncavo. Casi espectral.

El Ricardo III de Shakespeare convierte la ambición en espectáculo. Seduce al público y a los personajes con cinismo, cálculo y humor negro. Sánchez lo sabe: el público cree en lo que oye repetir; conviene dividir los afectos antes que las fuerzas; el tiempo es más decisivo que la idea y pesa más que la evidencia; el lenguaje es un arma blanca; cada ceremonia es un escenario.

“Now, gods, stand up for bastards!», Edmund, en «El rey Lear»: «¡Ahora, dioses, defended a los bastardos!»

El diablo puede citar las Escrituras para sus fines.

Simula y disimula; saber disimular es saber gobernar.

Cabaleiro 76

Quien pretende cambiar el mundo debe primero comprenderlo. Muchos izquierdistas desean transformar la sociedad movidos por ideales «souflé», pero sin atender a la complejidad de las sociedades modernas, las limitaciones institucionales o las consecuencias imprevistas del poder. El análisis debe preceder a la acción. Cambiar sin comprender produce fanatismo o ingenuidad. Abundan en la zurda políticos cursis y proféticos sin base racional o empírica. Las buenas intenciones deben pasar por el filtro de los hechos. El mundo no se ajusta a esquemas simples (ni de los populistas de izquierda ni de los de la derecha)

Comprender significa aceptar la ambigüedad: las democracias son imperfectas, los adversarios no son demonios absolutos y las decisiones públicas siempre implican costes. La lucidez enfría, pero evita tragedias.

Cabaleiro 75

Tocqueville describe cómo, cuando el ciudadano democrático se cansa de la incertidumbre, acepta —casi con alivio— que una instancia superior gestione su vida; es un despotismo suave, paternal, que no aplasta como el terror, sino que infantiliza.

Weber permite entender el “cesarismo” moderno sin legiones: el mando se vuelve una relación afectiva—de fe, de crédito—más que una mera obediencia a reglas impersonales.

Burckhardt teme al líder que se alimenta de masas cansadas de complejidad; el mundo es difícil, luego aparece quien lo reduce a dos o tres palancas emocionales (miedo, bulo, agravio) y gobierna mediante esa simplificación.

A mi juicio, el Sr. Sánchez lidera con sutiles rasgos bonapartistas. Personaliza mucho su liderazgo. Confronta («fachosfera») Y alimenta una suerte de aura de político «indispensable».

NOTA BENE: Debiera repensar con más inteligencia estas palabras, pero ésa es mi impresión de observador diletante.

Cabaleiro 74

«Cuando la música de Bach despliega sus voces entrelazadas, el oyente no percibe una mera sucesión de sonidos, sino una catedral invisible que se eleva con pilares sonoros. Cada línea parece independiente y, sin embargo, todas obedecen a una ley secreta que las reúne. Allí donde otros compositores buscan agradar, Bach parece querer revelar el orden profundo del universo. Su arte no halaga el oído: exige recogimiento, como si el espíritu fuese llamado a una contemplación más alta que el placer», E.T.A. Hoffmann.

«Bach poseía una ciencia musical tan vasta que parecía no tener límites. Pero lo admirable no era sólo su conocimiento, sino la forma en que lo transformaba en expresión viva. Sus fugas no son ejercicios eruditos; son discursos donde cada voz habla con claridad y necesidad. En él, el rigor matemático y la emoción más profunda no se contradicen: se sostienen mutuamente como dos columnas de un mismo templo», Johann Nikolaus Forkel.

«Escuchar a Bach exige aprender a respirar de otro modo. Allí donde la música moderna se abandona al efecto inmediato, Bach obliga a un recogimiento severo, casi ascético. Su arte pertenece a una humanidad todavía capaz de creer en el orden, en la forma, en la paciencia. En sus corales se oye una fuerza que no busca impresionar, sino perdurar», Nietzsche.

«La música de Bach no es solamente arquitectura sonora; es lenguaje simbólico. Cada figura melódica, cada giro armónico puede entenderse como un gesto espiritual. El oyente que se abandona a su flujo descubre que la emoción nace de una claridad interior, no del exceso sentimental. Bach habla un idioma que une pensamiento y fe, rigor y ternura, humanidad y trascendencia», Albert Schweitzer.

Cabaleiro 73

Un crítico debe identificar motivos, retóricas y estructuras que sobreviven a los siglos. Y defender la excelencia del canon, y estar convencido que la literatura forma el alma (la crítica pertenece al ámbito de la educación clásica)

Debe investigar cómo la lengua crea significado emocional y cultural, analizar la experiencia estética junto a la reflexión histórica, sentir el ritmo y la voz del texto, traspasar muros de enorme grosor, despejar espesísimas nieblas, no ignorar las leyes de la conciencia ni de las costumbres, motivar persuasivamente sus aversiones y sus aquiescencias.

Un crítico debe sentir el lenguaje como un órgano sensible y orgánico, combinar sentido y pasión, mediar entre diferentes tradiciones literarias, detetar isomorfismos y corrientes subconscientes, saber muchas cosas más que las meramente literarias, dominar el escepticismo a la par que la documentación, detectar cuando se supera lo únicamente ordinario, poseer ojo clínico u olfato para la grandeza espiritual.

A veces deberá juzgar con principios universales; otras, con arbitrarios criterios particulares. Debe ser un rastreador, un creador, un técnico. Un fenomenólogo. Un hermeneuta. Un positivista. Argüir normas, explicar, y evaluar con perspicacia.

La crítica literaria no es solo un tribunal ni un espejo narcisista; es una conversación larga con los muertos para comprender mejor a los vivos.

***

DODECÁLOGO

(i) La crítica nace de la lectura lenta.

(ii) La crítica no es opinión: es mediación.

(iii) Toda crítica es histórica.

(iv) La crítica es también autobiografía intelectual.

(v) El lenguaje es el verdadero campo de batalla.

(vi) La crítica debe buscar intensidad, no neutralidad.

(vii) Sin tradición no hay juicio.

(viii) La crítica es hospitalidad.

(ix) La erudición sin forma es ruido.

(x) La crítica no sustituye a la obra.

(xi) El crítico vive entre dos tiempos.

(xii) La crítica es una forma de resistencia.

Cabaleiro 72

Cuando la luz escasea, el ánimo se repliega, y en quienes ya traemos una sensibilidad más intensa o una historia clínica a cuestas, el paisaje exterior puede convertirse casi en una cámara de resonancia del dolor.

Ah cuando el cielo bajo pesa como una tapa sobre el espíritu que gime bajo largos aburrimientos, y cuando, abrazando todo el círculo del horizonte, derrama un día negro más triste que las noches… Languidece mi corazón. E mentres chove, meu ben, o corazón tamén chora. En el aire húmedo parece que todo suspira; la tarde muere como hogares humildes; los caminos parecen embarrados pensamientos cansados.

Mi alma es una tarde gris, monótona, que no descansa, la lluvia insiste como un metrónomo. La lluvia cae sobre los tejados viejos de mi casa. Penumbra, conversación callada y sombra.

Porque el aire espeso y los días nublados inclinan el espíritu a la tristeza. Porque los climas húmedos engendran contemplación melancólica y pesadumbre.

El cielo bajo reduce la actividad exterior, empuja al estudio fatigado y al ensimismamiento (sopor de rumor hipnótico), y convierte la mente en un laboratorio de pensamientos repetitivos. No pocos sabios nacen en climas severos porque la meteorología obliga a mirar hacia dentro. No soy uno de ellos.

Lluvia: tristes ideas fijas. El tiempo parece más espeso y lento. Lluvia: desgaste e inutilidad. El mundo confirma tu cansancio interior. El repiquetear silencioso es dramático, románticamente tenebroso. El cielo gris me vuelve hacia adentros mórbidos. Escribir parece inevitable para dar consistencia al mundo.

Percibes tu fracaso, se infiltra en tu conciencia el negro pasar del tiempo. Turbiamente se empaña el ánimo. La falta de luz invita a una lucidez fantasma. Lluvia persistente: velo en la mente.

Galicia bajo la lluvia es un país pensado por un filósofo triste.