Charles 197

“Mi estilo no es natural: es una máscara deliberada, una construcción… cada frase debe tener la firmeza de un objeto tallado”, Nabokov.

La frase debe seguir el movimiento -sinusoides, parábolas, hexaedros- del pensamiento en toda su complejidad; simplificar es traicionar, ahuesar. La perfección estilística es incompatible con la vida: exige una vigilancia continua, una insatisfacción perpetua, una conciencia del límite; la tensión del arco. La claridad no es un valor en sí mismo… lo es la exactitud, aunque resulte ardua (bajo la transparencia se embosca mucha prosa que no levanta un palmo del suelo, mineral y baja en su usura)

¿Mi escritura? Mariposas nabokovianas. Siempre que me encuentro ante una línea de Christian, experimento una sensación de dicha que no puedo explicar del todo: es una mezcla de ternura, de curiosidad científica y de una especie de reconocimiento secreto. Como si esas pequeñas oraciones, vibrantes y efímeras, participaran de un orden más alto que apenas entrevemos. En su lenguaje hay dragones de azufre que embadurnan vocales, espuma de rubíes cruzadas en las consonantes, bultos de luz pronunciados en lagunas y jardines

Mi método consiste en degradar la realidad, en someterla a una fermentación secreta… hasta que revele su verdadera esencia, que no es visible a primera vista. Espeleología y obrador. Yo no escribo: corrijo, elevo. El acto de escribir es una larga corrección de lo que la lengua nos da de manera imperfecta. El escritor no debe someterse al lenguaje: debe deformarlo, forzarlo, hacerlo suyo, hacerlo íntimo como ropa húmeda femenina de la amada. Los tropos son contorsiones con la medida de tu elasticidad y agilidad. El estilo es una máscara… pero una máscara que revela más que el rostro. La frase debe avanzar como una obsesión, repetir, insistir, martillar… hasta que la verdad, o algo muy parecido, se imponga. Hasta que se imponga esa casi perfección de ti mismo. Las palabras tienen un cuerpo, una temperatura… debemos tocarlas, oírlas, sentirlas antes de colocarlas. Las palabras tienen colores, olores y tacto, caobas pulidas. La prosa debe ser como un tejido delicado donde cada hilo cuenta, donde nada puede sustituirse sin que el conjunto se resienta.

Mi lenguaje es un jazmín de oro puesto en pie, una columna de cellisca de madrugada, plata y sabor de las frutas.

Soy -algunos lo discuten- el mejor y más desconocido escritor de España.

Charles 196

El estilo del bestsellerista se reconoce por su docilidad y comodidad de forma: no irrita, no resiste, no obliga a detenerse. Es una prosa que se desliza como una superficie pulida, sin aristas, sin accidentes; por una pendiente al peor didactismo. Y en esa fluidez aparente reside su mayor pobreza: no deja huella, no produce pensamiento, no modifica al lector. La lengua antes de ellos queda exactamente igual que después de ellos. No hay torsión, hay nulos hallazgos expresivos. Hay sucesión y flujo de obviedades que nada exigen.

«-Calla -lo interrumpió ella-. No existe el pasado. No hay nada que perdonar. Empecemos a vivir desde hoy. Mira -le dijo separándose y cogiéndole de una mano-, el mar. El mar no sabe nada del pasado. Ahí está. Nunca nos pedirá explicaciones. Las estrellas, la luna, ahí están y siguen iluminándonos, brillan para nosotros. ¿Qué les importa a ellas lo que haya podido suceder? Nos acompañan y son felices por ello; ¿las ves brillar? Titilan en el cielo; ¿lo harían si les importara? ¿Acaso no se levantaría una tempestad si Dios quisiera castigarnos? Estamos solos, tu y yo, sin pasado, sin recuerdos, sin culpas, sin nada que pueda interponerse en nuestro… amor», Ildefonso Falcones.

«He pasado noches deliciosas hablando, jugando con Albertina, pero nunca tan dulces como cuando la miraba dormir. Hablando, jugando a las cartas, tenía esa naturalidad que una actriz no hubiera podido imitar; pero la naturalidad que me ofrecía su sueño era más profunda, una naturalidad de segundo grado. Le caía el cabello a lo largo de su cara rosada y se posaba junto a ella en la cama, y a veces un mechón aislado y recto producía el mismo efecto de perspectiva que esos árboles lunares desmedrados y pálidos que vemos muy derechos en el fondo de los cuadros rafaelescos de Elstir. Si Albertina tenía los labios cerrados, en cambio, tal como yo estaba situado, sus párpados parecían tan disjuntos que yo hubiera podido preguntarme si estaba verdaderamente dormida. Pero aquellos párpados entornados daban a su rostro esa continuidad perfecta que los ojos no interrumpen. Hay rostros que adquieren una belleza y una majestad inhabituales a poco que les falte la mirada.

Yo contemplaba a Albertina tendida mis pies. De cuando en cuando la recorría una agitación ligera y inexplicable, como el follaje que una brisa inesperada sacude unos instantes. Se tocaba el pelo, pero no se contentaba con esto y volvía a llevarse la mano a la cabeza con movimientos tan seguidos, tan voluntariosos, que yo estaba convencido de que iba despertarse. Nada de eso: volvía quedarse tranquila en el no perdido sueño. Y permanecía inmóvil. Había posado la mano en el pecho con un abandono del brazo tan ingenuamente pueril que, mirándola, me tenía que esforzar por no sonreír con esa sonrisa que nos inspiran los niños pequeños, su inocencia, su gracia. Conociendo como conocía varias Albertinas en una sola, me parecía ver reposando junto a mí otras muchas más. Sus cejas arqueadas como yo no las había visto nunca rodeaban los globos de sus párpados como un suave nido de alción. Razas, atavismos, vicios reposaban en su rostro. Cada vez que movía la cabeza, creaba una mujer nueva, a veces insospechada para mí», Proust.

Falcones avanza con eficacia; las cosas ocurren; transcurren paralelas al tiempo del lector; pero ese avance deja tras de sí un vacío, esas cosas que ocurren en cambio no permanecen, el lector olvida lo que lee a medida que lo va leyendo. Falcones es complaciente: frases y retórica fáciles, emoción elemental. El autor de «La catedral del mar» simula claridad engañando a la literaturiedad. Su voz avulgarada y uniforme evita cualquier asomo de singularidad, su prosa deviene clichés formularios. Prosa sin fiebre y sin peligro. Prosa sin matiz y sin espesor. Prosa como un espejo sin profundidad, de argumento y sin lenguaje, de organización pedestre. Todo está ya dicho antes de ser dicho: la emoción llega formulada, el sentido anticipado, la imagen cerrada. Nada obliga a volver sobre una línea, nada exige una segunda lectura. El lenguaje no modifica la experiencia, solo la transporta.

En Proust ocurre lo contrario: cada frase abre una demora, introduce una resistencia, obliga a mirar de nuevo. La percepción no se da hecha, se construye. El tiempo no pasa: se pliega, se reorganiza, se vuelve visible en su propia complejidad. Lo que en uno se consume, en el otro se transforma.

Ahí —y solo ahí— empieza la literatura.

Charles 195

Hay un momento —tan leve que apenas puede fijarse en los párpados— en que los árboles dejan de ser invierno sin llegar todavía a ser primavera. No han florecido, pero ya no están del todo desnudos. Algo en ellos se insinúa, una vibración contenida, una energía equinoccial, como si el tiempo dudara antes de decidirse. Y esa duda es quizá lo más hermoso: no la plenitud, sino el instante previo, cuando todo está a punto de suceder y aún no ha sucedido. Es la transformación silenciosa y secreta. Los brotes de savia ardiendo que nos invaden de vida.

El tiempo parece hacerse más lento, más denso, más verdadero, el sol calienta amablemente el cuerpo. Variaciones microscópicas para una atención eficaz y disciplinada. Indicios de pelusilla verde en la flor, tensión de muy pequeños capullos en las ramas, botánica de bulbos, blancos y bermellones pálidos. La dulzura que se viste como una dama coqueta. Expectación secreta, como si una materia invisible comenzara a circular en las ramas. No florecen: se transforman en algo que todavía no tiene nombre.

Algo se está organizando, y en esa organización hay como una impostura inevitable: la naturaleza cree fingir una espontaneidad que en realidad está regida por una compulsión obsesiva. Todo se cubre de una gracia excesiva, levemente teatral. La vida es una violencia con máscara de belleza. Fuerza de la tierra y del viento, y tardes largas, ligeras y luminosas. No es aún la floración, pero ya no es el invierno. Es el momento en que lo vegetal y sexual comienza a hacerse visible.

Charles 194

Los pájaros, aquí en la Ribeira Sacra, atraviesan el aire como pensamientos que no llegan a formularse. En el vuelo de un pájaro hay más verdad que en muchas obras humanas. No porque sea perfecto, sino porque obedece sin desviación a una ley que no necesita explicarse. Y no permanecen: pasan. Y en ese pasar dejan una impresión tan leve que parece que no ha ocurrido nada, y sin embargo el mundo queda ligeramente alterado, como si hubiese sido tocado por algo que no puede retenerse. El canto de ciertos pájaros no se limita a ser oído: se infiltra en la sangre, la desordena, la despierta. De pronto, un sonido breve, casi insignificante, restituye un paisaje entero, una emoción infinita, un yo que creíamos perdido. Escucharlos es atender a esa vibración mínima del tiempo que, por un instante, se hace audible. Tiempo de luz con forma, música y función. Tiempo agudo y nervioso, de crispados gestos en la adolescencia del aire.

Al igual que Nabokov, descreo de mitos de canciocillas, de moralistas políticos, o de líricos irreflexivos que presuponen los pájaros como símbolos de libertad; a mi juicio los pájaros son temas de percepción y dinámica de fluidos, de perspectiva y teorema de Bernoulli. Lo verdaderamente fascinante no es que vuelen, sino cómo lo hacen: el ángulo preciso, la interrupción, el atávico batir de alas, la manera en que el aire se pliega en torno a su cuerpo con una exactitud que ninguna máquina ha logrado imitar sin torpeza. Mirar un pájaro es asistir a una coreografía de leyes físicas en su superior ejecución. Escribirlo exige una disciplina semejante: no añadir emoción edulcorada, no simplificar el fenómeno a ripios de ocasión, no traicionar la exactitud de la majestuosidad togada de sus instantes.

El pájaro es una conjetura que el mundo lanza al cielo para probar la posibilidad de la ligereza. No pesa, no duda, no explica: atraviesa el aire como si el espacio fuese una aventura cumplida. El hombre, en cambio, necesita justificar cada uno de sus movimientos, y en esa necesidad se pierde lo esencial.

El pájaro no enseña nada, y sin embargo lo dice todo: que la belleza no se sostiene, que pasa evanescente como los siglos de la historia. Los pájaros no pertenecen del todo a este mundo. Son como fragmentos de una realidad anterior que, de vez en cuando, se infiltran en la nuestra. Su vuelo no es un desplazamiento, sino una especie de deriva en el espacio, como si el aire fuese una sustancia más densa, más íntima, que los sostiene con una familiaridad que nosotros hemos perdido. Mirarlos es recordar —sin saber qué— que hubo un tiempo en que el mundo era más ligero.

Tal vez nunca vemos un pájaro, sino la idea que de él nos formamos en ese momento, y esa idea está siempre contaminada por lo que hemos sido, por lo que tememos perder, por lo que ya no volverá.

Charles 193

Las flores no son nunca simples adornos. Están ahí como pequeñas interrupciones, variedades sin confusión, formas breves de la perfección, delicadezas sin debilidad, y recuerdos del tiempo. Una rosa en un vaso no es una rosa: es el recuerdo de todas las rosas, las de la infancia, del verano, de las rojas tardes morosas de lectura. Y sin embargo, su presencia es inmediata, obstinada, de belleza casi impersonal, esperando que nosotros les demos un sentido.

Al igual que Nabokov, las flores no me interesan como símbolos —eso es una vulgaridad sentimental y kitsch—, sino como problemas o ejercicios de percepción. Una flor es un acontecimiento óptico de extremo estudio lógico-matemático: el ángulo de un pétalo, la vibración -indecisa y enmascarada de carcajada- de un color que no existe en ninguna paleta humana, el modo en que la luz queda atrapada en su superficie como en una trampa minuciosamente dispuesta para la magia. Al observarlas, no pienso en su fragilidad ni en su destino, sino en la proeza de su exactitud. Escribir sobre una flor, sobre su pompa y muecas de gracia, exige la misma disciplina que describir un recuerdo o una parábola: intentar no añadir nada, procurar no simplificar nada, y no traicionar el milagro del detalle minucioso y coloreado de la fórmula.

Las flores son el lujo inútil del mundo, y por eso mismo su mayor verdad. No sirven para nada —y ahí reside su elegancia—: pura piel de color, pura frivolidad alegre, italiana y vegetal, puro capricho de la naturaleza que, de pronto, se pone literaria. Hay en ellas algo de mujer voluptuosa y algo de infancia en el campo, algo -también- de herida que se disfraza de belleza. Yo las miro y pienso que la vida, en sus mejores momentos, se parece a una flor: intensa, breve, innecesaria y absolutamente imprescindible.

Son una hipótesis de belleza tomista que el mundo ensaya por un instante. No dura, no insiste, no se defiende: aparece con una gracia inesperada y desaparece sin protestar. Tienen el sabor de las estaciones felices. Huelen a verano, a siesta, a cuerpos dorados por el sol y a tardes que parecen no terminar nunca. El hombre, que no sabe aceptar esa ligereza, intenta fijarla, nombrarla, domesticarla; pero en ese gesto la pierde. La flor solo existe plenamente mientras no se la retiene, mientras se la deja ser ese breve relámpago que ilumina —sin explicarse— la oscuridad del mundo.

Una luz que se queda adherida a la piel como un recuerdo que no se quiere ir.

Charles 192

Las flores no son nunca simples adornos. Están ahí como pequeñas interrupciones, variedades sin confusión, formas breves de la perfección, delicadezas sin debilidad, y recuerdos del tiempo. Una rosa en un vaso no es una rosa: es el recuerdo de todas las rosas, las de la infancia, del verano, de las rojas tardes morosas de lectura. Y sin embargo, su presencia es inmediata, obstinada, de belleza casi impersonal, esperando que nosotros les demos un sentido.

Al igual que Nabokov, las flores no me interesan como símbolos —eso es una vulgaridad sentimental y kitsch—, sino como problemas o ejercicios de percepción. Una flor es un acontecimiento óptico de extremo estudio lógico-matemático: el ángulo de un pétalo, la vibración -indecisa y enmascarada de carcajada- de un color que no existe en ninguna paleta humana, el modo en que la luz queda atrapada en su superficie como en una trampa minuciosamente dispuesta para la magia. Al observarlas, no pienso en su fragilidad ni en su destino, sino en la proeza de su exactitud. Escribir sobre una flor, sobre su pompa y muecas de gracia, exige la misma disciplina que describir un recuerdo o una parábola: intentar no añadir nada, procurar no simplificar nada, y no traicionar el milagro del detalle minucioso y coloreado de la fórmula.

Las flores son el lujo inútil del mundo, y por eso mismo su mayor verdad. No sirven para nada —y ahí reside su elegancia—: pura piel de color, pura frivolidad alegre, italiana y vegetal, puro capricho de la naturaleza que, de pronto, se pone literaria. Hay en ellas algo de mujer voluptuosa y algo de infancia en el campo, algo -también- de herida que se disfraza de belleza. Yo las miro y pienso que la vida, en sus mejores momentos, se parece a una flor: intensa, breve, innecesaria y absolutamente imprescindible.

Son una hipótesis de belleza tomista que el mundo ensaya por un instante. No dura, no insiste, no se defiende: aparece con una gracia inesperada y desaparece sin protestar. Tienen el sabor de las estaciones felices. Huelen a verano, a siesta, a cuerpos dorados por el sol y a tardes que parecen no terminar nunca. El hombre, que no sabe aceptar esa ligereza, intenta fijarla, nombrarla, domesticarla; pero en ese gesto la pierde. La flor solo existe plenamente mientras no se la retiene, mientras se la deja ser ese breve relámpago que ilumina —sin explicarse— la oscuridad del mundo.

Una luz que se queda adherida a la piel como un recuerdo que no se quiere ir.

Charles 191

Con el primer calor tenue de la primavera llega un despertar más sutil, como si los nervios mismos del mundo fueran tocados hacia una sensibilidad más fina. La luz parece alterarse—menos austera, más difundida—, como si se demorara amorosamente sobre las superficies. No es solo que las cosas crezcan, sino que empiezan a significar.

La primavera se desliza sobre mi aldea con una ligereza casi tímida; un temblor en el aire, un brillo en las hojas, como si algo largamente esperado hubiese llegado al fin, pero aún no se atreviera a declararse. Los árboles guardan sus brotes como secretos, y los pájaros pían más deprisa, como respondiendo a una llamada interior.

Los olores de tierra húmeda y de hojas nacientes, ascienden lentamente como una fiebre suave. Hay en el aire una voluptuosidad indecisa, una invitación oscura a vivir que se siente sin poder definirse. Las cosas parecen de pronto más próximas, más sensibles, como si el mundo se inclinara hacia nosotros.

La primavera enciende en los jardines una vibración de colores, como si cada flor fuese una llama breve, y el aire, cargado de esencias, se volviese casi visible. Todo parece transfigurado por una luz que no es del día ni de la noche, sino de un instante suspendido, donde la vida se ofrece con una intensidad casi dolorosa.

En mí, sin embargo, esa misma claridad no se limita a iluminar: insiste peligrosamente. Se vuelve presión, una forma de exceso que no siempre sé sostener. Lo que en las cosas es expansión, en mí se convierte a veces en desbordamiento; lo que fuera se ordena en una armonía delicada, dentro se tensa hasta el límite. Hay una euforia que no libera, una exaltación que aprieta como una mano demasiado firme. Y, aun así, no puedo sustraerme a su fulgor.

La primavera se derrama como un aceite dorado sobre las huertas, y cada cosa —las tapias, los árboles, los caminos— se impregna de una dulzura luminosa. Hay en el aire una caricia continua, una sensación de plenitud que se posa en los sentidos como una música lenta.

La primavera no es un estallido, sino una persistencia: el lento trabajo de la luz sobre las cosas, la repetición casi imperceptible de ciertos cambios. Lo que aparece como nuevo no es sino la variación de algo que ya estaba ahí, esperando. El mundo no renace: se modifica.

Charles 190

No duró ni ocho horas mi terminante e impulsiva decisión de dejar de escribir. Podría, sin duda, abstenerme de escribir, como se abstiene uno de comer o de respirar durante un tiempo; pero no indefinidamente. Hay en mí una presión, una necesidad inexorable y adherida a mi sangre, que no admite aplazamientos sine die. Callar sería una forma de mentira, una traición más profunda que cualquier exceso de palabra. No puedo callar. Pese a que nadie me lea y mis libros sean un absoluto y total fracaso estrepitoso, no puedo callar. Me resulta imposible.

He pensado muchas veces en dejar de escribir. No por pereza, ni por falta de ideas, sino por una especie de imposibilidad. Escribir me parece entonces una impostura, una actividad que se levanta sobre un vacío. Y sin embargo, en cuanto dejo de hacerlo, algo en mí se descompone, se tuerce y se desintegra. No escribir es mucho peor. Es como si me negara a mí mismo la única forma —aunque sea pobre e insuficiente— de existencia. Así permanezco: escribiendo contra la escritura, escribiendo sin lectores, traicionando cada día la vacilante decisión de no escribir más.

Me digo que ya he dicho demasiado, que mis palabras solo empobrecen. Me digo que el silencio sería más digno, más exacto, más maduro, más real. Pero esa resolución no dura. Es un mero impulso ocasional. Algo en mí se rebela contra ella. Vuelvo a escribir, sabiendo que es inútil, una gran estupidez, una tarea fútil, que es incluso una forma de auto-degradación. Se escribe siempre de más. Y sin embargo, no escribir sería peor: sería una perfecta rendición a la nada.

Escribo incluso para decir que no escribiré.

Charles 189

He perdido la facultad de escribir, o al menos así me lo parece. No porque no tenga palabras, sino porque las palabras no llevan consigo ninguna verdad. Se quedan en la superficie, como hojas secas. Y yo necesito algo que esté más hondo, algo que ahora no encuentro.

Todo lo que pienso me parece ajeno, como si no me perteneciera. Y así, escribir se convierte en una actividad mecánica, sin verdad. Prefiero entonces no escribir, porque escribir sin sentir es mentir.

Todo me parece ya dicho, arruinado antes de empezar. Escribir en ese estado es como añadir ruido a un mundo que ya es insoportablemente ruidoso. Escribir no es llenar un vacío, sino atender a una voz. Cuando esa voz se apaga, no queda nada que hacer.

No escribiré más, lo prometo

Charles 188

La depresión es la grieta en el amor. Es la ausencia en medio de la presencia. Las cosas que antes tenían sentido lo pierden, y no hay argumento capaz de restaurarlo. El mundo continúa, pero uno ha quedado fuera de él, como si hubiese sido expulsado sin ceremonia.

Nada consuela, porque nada logra atravesar esa distancia. No es una tristeza, ni siquiera una aflicción profunda; es algo mucho más cercano a una forma de tormento físico. Es como si una niebla negra descendiera sobre la mente, anulando toda capacidad de respuesta. Lo peor no es el dolor —aunque el dolor es intenso—, sino la imposibilidad de imaginar que ese dolor pueda cesar. Se pierde toda perspectiva, toda memoria del bienestar, y uno queda atrapado en un presente sin salida.

Veo mi vida ramificarse ante mí como el cerezo verde de la historia. De cada rama cuelga un futuro maravilloso, pero mientras me quedo sentado, incapaz de decidir, las hojas se marchitan y caen, una a una. No puedo elegir, y esa imposibilidad me paraliza. Así pasan los días, y yo sigo allí, mirando cómo mi vida se deshace.

Es como si estuvieras en una casa en llamas, pero nadie más ve el fuego. Y te dicen: ‘sal, es fácil’. Pero tú no puedes salir. No es una cuestión de voluntad. Es una imposibilidad estructural.

Soy infeliz. No siento nada que justifique seguir. La vida se ha vuelto una sucesión de horas vacías, perfectamente insoportables y absolutamente inútiles. No escribiré más.