Cabaleiro 181

En «Paradise Lost» (1667), de Milton, Satanás no es solo el tentador: es el gran político, el definitivo estratega y el fogoso retórico. Muchos lectores han visto en él a la figura del gobernante moderno o la del poder corruptor que organiza el mundo caído.

Solo un pasaje de la obra, entre muchos posibles:

“High on a throne of royal state, which far
Outshone the wealth of Ormus and of Ind,
Or where the gorgeous East with richest hand
Showers on her kings barbaric pearl and gold,
Satan exalted sat”.

«En un trono de real majestad, que superaba
las riquezas de Ormuz y la India,
y donde el Oriente fastuoso derrama
perlas bárbaras y oro sobre sus reyes,
Satanás se sentaba exaltado».

La hipótesis demoníaca (el mundo gobernado por Satanás o bien por fuerzas malignas) ha sido históricamente muy poderosa simbólicamente… pero intelectualmente es débil cuando se examina con criterios racionales y científicos.

Para explicar guerras, corrupción, violencia o depravación nos bastan la bestia, el sesgo, la tribu y el incentivo: biología, psicología, sociología, economía, historia. Invocar al maligno multiplica los entes sin necesidad.

Tampoco es (Popper) una hipótesis falsable ¿Qué observación demostraría que Satanás NO gobierna el mundo? Ninguna. Una idea inmunizada contra la evidencia es una idea que ya no puede equivocarse, y lo que no puede equivocarse tampoco puede aprender.

Por otra parte, la hipótesis demoníaca predice exactamente lo mismo que la imperfección humana, el azar o la complejidad social. No genera predicciones propias. Y queda, además, la pregunta decisiva: ¿por qué mecanismo actuaría el diablo? Más que causa, el demonio parece una forma: una antigua gramática del mal.

Y sin embargo —o precisamente por eso— la imaginación prefiere la contabilidad del abismo.

No sé cuáles fueron los requintados cálculos teológicos del obispo de Túsculo en el siglo XIII, para precisar que el número de demonios que vagan por el mundo y los infiernos es de 133.306.668. Tres siglos después, Jean Wier, en su libro «De praestigiis daemonum», rebajaba la cifra. Afirmó que Lucifer tenía trabajando para él a 7.409.127 demonios.

Noche de luna roja, pero rústica y zahareña. Con mis ojillos de vidrio tierno escruto la bóveda celeste. Un silencio como manchado de grumos almíbares y cremas. Me dispongo a leer la obra de Vicente Risco: «Satanás. Historia do Diabo». Los demonios de Risco son más ligeros que los de Cunqueiro, y como espíritus puros conservan propiedades de los ángeles, y, además, son mucho más malvados.

Noche de desidia y gotear de cañerías. Borbollones en el agua. Comida traída en plato macerina. Esto de los diablos no deja de producir «un certo desacougo».

Pero…en fin.

Cabaleiro 180

Oremos por la llegada de los escépticos.

El poder existe para proteger la vida, la libertad y la propiedad, no para sustituirlas. Es raro que la libertad de cualquier clase se pierda de golpe. El poder tiende a expandirse gradualmente; y aunque cada paso parezca pequeño, el conjunto termina por ser considerable.

La libertad para los lobos ha significado con frecuencia la muerte de las ovejas.

No hablo de siglas, sino de una tradición moral y política. Soy de derechas por la conciencia de los límites, el respeto por la herencia, la desconfianza ante la utopía, la defensa de la persona, la prudencia ante el poder. Porque la civilización es frágil, la libertad rara, las instituciones tardan siglos en construirse y días en destruirse. El mundo humano es demasiado complejo para ser redimido por un plan, pero demasiado valioso para ser entregado a la improvisación.

La política no puede salvar al ser humano. La derecha civilizatoria no es inmovilista: es antifanática.

Cabaleiro 178

VARIACIONES A UN TEMA DE STEVENS

Cuando el campesino
sin aflicciones enciende el fuego
y ninguna tormenta se cierne sobre el bosque.
Horroriza verse arrastrado a eso que llaman
comercio con el mundo o debate de ideas;
la civilización es cierta
verdad detallada de savia verde.
Ciudad con sus gusanos de casco rojo,
ángeles perjuros y aprisionados gritos.
La Casa en silencio y el mundo en calma
y un libro entre las manos.
La verdad es vivir en este papalote quieto,
la delicia de la duermevela en el campo universal.
La Casa en calma y el mundo en silencio.
Solitario leyendo de noche en mi aldea gallega.
Cuchicheo vegetal, estatua de sombra
enrollada en las alfombras, cerebro
de jilguero color rosa caramelo.
La Casa en calma, apacible, suspensa,
y el mundo en orden.
El orden que barre las baldosas de palacio.
La conciencia sumida dentro
del iglú de la noche, noche oscura
de media y de grafito de lápiz.
Bajo la soledad de esta bóveda inmensa
-un aspa afeitando el invierno-
no puedo sino creer en trigales
y en la luz (sub specie aeternitatis)
La casa en orden, el mundo en calma.
Seguir la doctrina de Mencio.
Pastelitos aromatizados –mirlitons-.
Todo en orden.
La casa en orden, un libro,
y el mundo en calma.

Cabaleiro 177

LA BELLA TIKTOKER

Se insinúa nacer de Luna en la nuca,
crines en llamas -se despeña un corcel.
Gemelos pechos, doblez de diamantes,
pezones como granos de café,
atributos de la muerte en mansedumbre.
La exquisita turbación dulce y roja
del bikini. Rubio el pelo limpio
y los amaneceres cálidos en hoteles
sitiados. Pergamino limado la piel.
Te acurrucas en hierba, junto a lobisones,
la hierba, mi lecho, el devanarse
de amor un jinete cosaco,
maravillosa y alabada, la mente patina
como una peonza, ojos de ciruela
helada deshelándose en una cascada
caliente: contigo mi vida no se pasa durmiendo.
Labios gordos como una roja rana hervida.
Ya no puedo leer arcaicos papeles,
no puedo escribir solitarios poemas.
Me ahogo en madrigueras y en tonel de vodka,
solo deseo mil y una noches contigo.
Y existir para siempre. Y lograr no haber sido.

Cabaleiro 176

Durante siglos, Dios fue el horizonte obvio de la realidad. La incredulidad era casi inconcebible: la religión formaba parte del clima del mundo, del aire mismo de la experiencia. Hoy vivimos en el marco inmanente: un mundo que puede explicarse sin Dios.

El individuo moderno ya no hereda un camino espiritual: debe elegirlo, construir su identidad y decidir qué tradición —si elige alguna— asumir. Creer se convierte en una opción entre muchas, y esto cambia radicalmente la experiencia religiosa. La religión pasa de ser una herencia a una elección (exactamente una de las tesis que defiende Innerarity)

¿Crea esta situación un drama espiritual? ¿Conlleva la libertad religiosa ansiedad, fragilidad y búsqueda constante? Taylor habla de malestar en la inmanencia. La sensación de que el mundo puede funcionar sin trascendencia y, sin embargo, no basta.

Muchos historiadores de la religión creen que nuestro momento se parece más al siglo III que a la Edad Media. En el Imperio romano convivían gnósticos, marcionitas, montanistas, adopcionistas, arrianos, cultos mistéricos, filosofías como forma de vida, astrología, magia y religiones orientales. No existía el cristianismo, sino cristianismos. No había ortodoxia socialmente garantizada, sino competencia entre propuestas espirituales.

Gnósticos, marcionitas, montanistas, adopcionistas, docetistas, arrianos… esa pléyade de supermercado espiritual suena sospechosamente moderna. De la idea de religión como un destino (en el mundo medieval), pasamos, tanto en el siglo III como en nuestro siglo, a la religión como una cuestión de elección personal.

La New Age, el mindfulness, la espiritualidad sin religión, los gurús, la autoayuda espiritual, tienen semejanzas impresionantes con aquel siglo (gnosis, ascetismo, profetas carismáticos, etc.) No identifico contenidos, comparo formas sociales de lo religioso. El desbordante pluralismo es muy parecido, con la muy singular diferencia que el siglo III estaba imbuido de trascendencia y el siglo XXI de inmanencia.

Esta transformación ha sido intuida también desde dentro del propio cristianismo. Meditemos, si les parece bien, sobre estas dos citas:

“De la crisis de hoy surgirá una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña y tendrá que comenzar de nuevo más o menos desde el principio. Ya no podrá habitar muchos de los edificios que construyó en tiempos de prosperidad. A medida que disminuya el número de sus fieles, perderá también muchos de sus privilegios sociales. Será una Iglesia más espiritual, que no presumirá de un mandato político ni coqueteará con la izquierda ni con la derecha. Será una Iglesia pobre y se convertirá en la Iglesia de los pequeños. El proceso será largo y fatigoso, como lo fue el camino desde las falsas seguridades del siglo XIX hasta la pobreza del siglo XX. Pero cuando haya pasado la prueba de esta purificación, brotará una gran fuerza de una Iglesia interiorizada y simplificada. Los hombres de un mundo totalmente planificado se encontrarán indeciblemente solos. Habrán perdido completamente la visión de Dios y sentirán el horror de su pobreza. Entonces descubrirán el pequeño rebaño de creyentes como algo totalmente nuevo. Lo descubrirán como una esperanza que les concierne, como la respuesta que siempre habían buscado en secreto”, Ratzinger (imaginó el futuro del cristianismo con una lucidez que hoy resulta sorprendente. Más que una predicción sociológica, esta intuición describe un cambio de paradigma: el paso de una religión cultural heredada a una fe minoritaria elegida)

“La modernidad no destruye la religión; la transforma en una memoria disponible. Las tradiciones religiosas ya no estructuran la sociedad en su conjunto, sino que se convierten en repertorios simbólicos que los individuos recombinan según sus trayectorias personales. El creyente moderno es un peregrino o un convertido, no un heredero”, Danièle Hervieu-Léger (tesis que comparte Innerarity)

Tal vez estemos entrando en una nueva Antigüedad tardía: un mundo plural, competitivo, espiritualmente inquieto, en el que la religión vuelve a ser lo que fue al principio —una elección personal en medio de muchas posibilidades.

La secularización no ha destruido la pregunta religiosa; ha cambiado su lugar. No el fin de la religión, sino el fin de la sociedad religiosa.

Cabaleiro 175

Las cosas y escenas de la vida corriente son como sueños de los que raras veces despertamos. No hay certezas para distinguir el sueño o la alucinosis de la vigilia. Lo cotidiano es un misterio, una burda tramoya en su representación y convincente en su hechizo. Borges lo supo: la realidad no es siempre probable o verosímil. O, más actual, Nick Bostrom: “Es posible que estemos viviendo en una simulación informática”.

La hipótesis digital no hace sino actualizar una sospecha muy antigua: que lo real es relato. Un autor medieval lo expresó con audacia. Petrus Insanus Coloniensis (Pedro el Loco de Colonia) habría nacido hacia 1210 en las cercanías de Colonia, en el Sacro Imperio. Estudió artes liberales en París hacia 1230, en pleno auge del aristotelismo latino. Allí entró en contacto con corrientes averroístas y con debates sobre el intelecto único, la imaginación y los sueños. Su obra principal, hoy perdida, se titulaba: «De Deo Febricitante et Mundo Delirante», »Sobre el Dios febril y el mundo delirante».

El tratado habría sobrevivido solo en fragmentos citados en un florilegio dominico del siglo XIV (Collectio Sententiarum Mirabilium), donde aparece como ejemplo de opiniones temerarias, pero ingeniosas. Su tesis central: el mundo no sería creación perfecta, sino fantasia febril surgida de la enfermedad divina. A él se le atribuye este fragmento: «Mundus iste non est opus artis sed aestus; / non opus consilii sed vaporis. / Deus, cum febricitet, somniat formas, / et somnia eius vocamus naturam» (Este mundo no es obra del arte sino de la fiebre; no es obra del designio sino del vapor. Cuando Dios tiene fiebre, sueña formas, y a sus sueños los llamamos naturaleza».

El mundo es como un sueño, una ilusión, una burbuja, una sombra… así debe ser contemplado. Heráclito: “Para los despiertos hay un mundo común; los que duermen se vuelven cada uno hacia su propio mundo” (fr. B89 DK) Una frase brevísima pero devastadora: el sueño ya es un mundo completo.

Cabaleiro 174

Permítanme una enfadosa erudición:

En otoño de 2017, durante una campaña de catalogación en una biblioteca monástica del Egeo (un fondo que llevaba décadas con descripciones genéricas), el helenista Prof. Dr. Matthias K. Riedl (Universität Heidelberg, Lehrstuhl für Gräzistik, pidió revisar un códice misceláneo descrito como “gnomologia varia”.

El volumen, sin embargo, no era un florilegio cualquiera: tenía una capa de glosas marginales escrita por una mano distinta de la del texto principal, a veces tan apretada que el el anotador invadía el intercolumnio. En el fol. 97v, una nota de margen comenzaba con una marca típica de excerptor: ὑπόμνημα y un signo en forma de anzuelo.

La frase inicial —“Διογένης ἔλεγεν…”— era lo bastante explícita como para encender todas las alarmas: no era un “dicho suelto” anónimo, sino un extracto atribuido.

Riedl actuó como actuaría un filólogo serio:

Paleografía y tinta (argumento negativo)

La mano marginal coincidía con otros marginalia del mismo códice: mismo sistema de abreviaturas, mismas ligaduras, mismos “errores” repetidos.

La tinta tenía la típica oxidación desigual medieval; no había señales de “tinta homogénea moderna”.

Ahorraré al sufrido lector las discusiones y objeciones. Tras réplicas y notas en Gnomon / BMCR / Philologus el fragmento se aceptó y entró en el corpus de Diógenes. En 2024, una nueva edición de fragmentos cínicos integró el texto como:

Diog. Cyn. fr. nov. (Riedl) = fr. 78b

(con aparato que lo vincula a ecos indirectos y lo cataloga como “testimonium marginale, s. XII”).

El fragmento: edición (griego) + traducción, procede como sigue:

Διογένης ἔλεγεν·
οἱ πολιτευόμενοι πρῶτον μὲν ὀμνύουσιν ὥσπερ ἰατροί, ἔπειτα τέμνουσιν ὥσπερ δήμιοι.
καὶ τὸν δῆμον ὥσπερ παιδίον τρέφουσιν ἐπὶ μύθοις·
δείκνυσιν αὐτῷ κέρματα, κρύπτουσι δὲ τὸ ζυγόν.
ὅταν δὲ πεινᾷ, λέγουσιν· “ἡ πόλις ἔπαθεν”,
ὥσπερ ὁ κλέπτης· “ἡ νύξ ἔκλεψεν”.
ἔμαθον δὲ παρ’ αὐτῶν τὸ μέγιστον·
τὸ ψεῦδος ἐὰν κοινόν, νόμος καλεῖται.

Traducción (español)

Decía Diógenes:
los que se meten en política primero juran como médicos; luego cortan como verdugos.
Y al pueblo lo alimentan como a un niño, con cuentos:
le enseñan moneditas y le esconden el yugo.
Cuando el pueblo tiene hambre, dicen: “la ciudad ha sufrido”,
como el ladrón que dice: “la noche robó”.
De ellos aprendí lo más grande:
que la mentira, si es de todos, se llama ley.

Primera publicación: Rheinisches Museum für Philologie, año 2019, en forma de Miszelle (nota breve) con fotografías, transcripción diplomática, edición normalizada y comentario.

El texto se presentó con cautela: “Fragmentum Diogenis Cynici?” (con interrogante), y se propuso como nuevo testimonio dentro del conjunto de fragmentos transmitidos indirectamente.

Cabaleiro 173

Uno de los miles de cristianos que abandonaron las ciudades para vivir como ermitaños en los desiertos de Nitria, Escete y la Tebaida fue Ammōnios ho Tebaidēs (Ἀμμώνιος ὁ Θηβαΐτης), c. 360–430 d.C.

Nació en Hermópolis Magna, en la Tebaida romana. Probablemente recibió educación retórica en Alejandría. Tras la crisis religiosa y política de finales del siglo IV, abandonó la ciudad y se retiró al desierto. Vivió, según la tradición, cerca de Antínoe, en una cueva junto al Nilo oriental. Se vinculó a la tradición espiritual de de Macario y Arsenius. Es recordado como “El silencioso” (ὁ σιωπηλός) Un escolio del siglo IX lo describe así: “Vivía evitando toda visita, excepto la de los escribas que rogaban copiar sus palabras”. Murió hacia 430, probablemente durante las incursiones bereberes que dispersaron comunidades monásticas.

Sobre su obra Περὶ τοῦ πόθου τῆς ἐξαφανίσεως, «Sobre el deseo de desaparecer», se conservan solo fragmentos griegos muy corruptos. Doy dos de ellos en reescritura de griego patrístico: (i) Δύο πείναι κατοικοῦσιν ἐν τῇ καρδίᾳ τοῦ ἀνθρώπου. ἡ μὲν τοῦ κόσμου, ἡ δὲ τῆς σιωπῆς. (Dos hambres habitan el corazón del hombre: la del mundo y la del silencio) (ii) Οὐχ ὁ πόνος νικᾷ τὴν ψυχήν, ἀλλὰ ἡ ἐπανάληψις τοῦ πόνου (No es el dolor lo que vence al alma, sino la repetición del dolor)

FUENTE: Helena Markopoulos, «The Silent Fathers of Late Antiquity: The Fragments of Ammonius the Thebaid Hermit», Oxford University Press, 2017.

Cabaleiro 172

Tucídides, «Guerra del Peloponeso», III, 82–83: “La guerra civil trajo a las ciudades muchos males, como ocurrirá siempre mientras la naturaleza humana siga siendo la misma. Y lo peor fue esto: las palabras cambiaron su significado habitual para adaptarse a los hechos. La audacia irreflexiva pasó a considerarse valor; la prudencia, cobardía; la moderación, falta de virilidad; y la reflexión serena, mera excusa para no actuar. Los hombres se acostumbraron a ver en la violencia el camino más seguro y en la intriga el instrumento más eficaz”.

Cuando los hechos corruptos se acumulan, cambia la reacción social y finalmente cambia el significado moral de las palabras.

El escándalo deja de escandalizar porque el lenguaje se adapta al clima. El signo de decadencia no es que haya corrupción, sino que se vuelva costumbre social.

Nos hemos acostumbrado a la decadencia: Edward Gibbon, «Decline and Fall», cap. II: “The decline of Rome was the natural and inevitable effect of immoderate greatness. Prosperity ripened the principle of decay”, “La decadencia de Roma fue el efecto natural de su grandeza desmesurada: la prosperidad maduró el principio de su corrupción”. La decadencia no llega de golpe, sino por proceso acumulativo. Exactamente la metáfora de la cascada de escándalos del gobierno de Sánchez.