DE VITA BEATA
Ese hombre no suena a música de ascensor,
ni habla como un boxeador sonado,
no es una hiena atontada con la tecnología,
ni rumia la parrilla catódica.
Los niños, al pasar, dicen de él que es un señor
y se comenta que tiene miles de libros
y que se pasa la noche estudiándolos como un druida.
Viste con paños nobles y curiales,
pero desprecia el dinero,
y su espíritu tiene algo de quimera del agua
y algo de densidad del basalto.
A sus perros les habla en latín, griego y francés.
Estudia, lee y escribe, dice, para dulcemente esperar la muerte.
Su memoria es quieta y silenciosa,
su soledad un alunado museo.
Gusta del agua verdosa de las fuentes,
del sol erguido de las perfumerías,
de la claridad transfigurada de la melodía del papel.
Su patria es la niebla y los hermosos gatopardos
y la escarcha que alfombra el campo como una respuesta.
No, no suena como repiqueteo de música de ascensor.
Ese hombre es el futuro.
Autor: christiansanz71
Cabaleiro 160
AU REVOIR
Me acomodo mi foulard de raso amarillo,
sorbo el manantial con los labios del tiempo,
siento como mirlo en la oquedad del remolino,
acaricio a la gata con el anillo,
contemplo la sirena de los mares desde mi casa,
unto mis manos con agua de rosas,
tomo mi daiquiri de atardecida y,
tras contemplar este mundo sin cuidados,
digo a las estrellas implacables
y a tanta pestilencia,
a la turbamulta que ocupa
las cámaras de nuestros castillos,
a las hienas que reemplazan a los gatopardos,
a la indignidad y torpeza del populacho,
a su villanía orgullosa y bárbara,
adieu, éternellement, adieu à tous…
Cabaleiro 159
HABLA EL POETA ANCIANO
Mi mundo ha desaparecido
y ya me abismo en viejos grimorios.
Solo veo tontos enganchados al móvil,
por doquier el mar marchito,
palidez y temblor en el zodíaco.
Hors d´ouevre, añadidos inútiles al plan trazado:
así montan los hombres sus espíritus.
Vuelvo a mi cámara sin ventanas,
a los labios vivos sobre un rostro medido con plomada.
A leer a Plotino y traducir a Ausonio…
Mentalmente me adscribo como enfant de chouer
a la capillanía de la casa ducal,
y siento los madrigales del viento,
el cascabelear en silencio de la luna,
el capuchón druídico del monte;
y me alejo de tanta satrapía.
Huyo en un expreso nocturno de tanto infierno.
Acaso consideréis mis lamentaciones
meras jeremiadas, pero la mayor parte del globo
está cubierta de barbarie.
Estoy cansado. Soy viejo.
Miro la iglesia que el invierno ha enfriado.
Solitario, me exilio de la realidad,
de este mundo antipático, huraño.
Vuelvo a mis antiguos grimorios, a mis álamos,
a mis ríos verdaderos, a la luna sobre la hierba frondosa.
El invierno agrieta las pieles. Congela nubes.
La decadencia avanza incontenible.
Nunca deseé más morir lo antes posible.
Cabaleiro 158
LEYENDO A ÁLVAREZ
De nuevo leo los poemas que usted dejó,
escritos desde el misterioso lujo del pétalo
por un veneciano cuyo tono redime de las
sandeces de una vida esclava y sin belleza.
Su poesía, cómo expresarlo, redondea la vida,
haciéndola plena, orgullosa, ofrecida a la alegría,
al instante de los latigazos de la carne,
al atardecer cálido del viento de junio en los ojos.
Percibo el triunfo del intelecto.
El triunfo de la mejor cultura
gobernando las frentes de los hombres.
Poesía intensa, verdiazul y amada.
Como si cuanto ha de adorarse
se ofreciera en su forma más bella,
y al adorar lo sublime, humillara
mi voluntad. Y solo -igual a un destino-
el vaho de Álvarez en el espejo.
Cabaleiro 157
UNA VIDA DE LECTOR
Acabo de comprar los ocho volúmenes
de Gibbon para leerlos antes de morir.
Avanza el fin con su vértigo imparable
y arden las últimas cortinas del crepúsculo.
Las paredes quemadas de mi biblioteca
no sé si son reales o las soñé:
fuga de colores de aves andinas,
prosa de miraje de la tarde inmóvil reflejada
en el espejo del arte. Mereció la pena mi vida
ilustrada: ese faro al fondo de la noche,
esa dicha de la que no pudo apartarse mi destino.
Con Gibbon no se envilecerá mi muerte.
Cabaleiro 156
Sin imperio de la ley no hay previsibilidad; sin previsibilidad no hay libertad civil; y sin libertad civil la economía y la convivencia se degradan en arbitrariedad, miedo y privilegio.
La ley no es solo “castigo”: es previsibilidad. Si sé a qué atenerme, puedo emprender, contratar, invertir, discrepar, moverme, educar a mis hijos, asociarme… sin temer que mañana cambie el criterio por capricho. Hayek lo formula con su definición clásica del Estado libre: el gobierno debe estar atado a reglas previas y públicas. En «The Road to Serfdom» escribe: “government… is bound by rules fixed and announced beforehand”.
Cuando la norma se aplica “según convenga”, reaparece lo más viejo: la clientela. Los amigos del poder reciben trato; el resto, trámites. Y entonces la vida pública se llena de “concesiones” y “exenciones”, que son la antesala de la corrupción (aunque a veces vaya vestida de legalidad) La mayor amenaza para la democracia no es solo que se delinca, sino que se erosione la credibilidad de que “nadie está por encima de la ley”.
Von Mises aduce otra idea clave: su tesis general es que la cooperación social moderna se apoya en instituciones que reducen la violencia y el capricho; entre ellas, propiedad, contrato, tribunales previsibles. Donde el gobierno puede discriminar a voluntad, la disidencia y la autonomía se vuelven imposibles. Mises lo dice con crudeza: “individuals can be free… only where they are economically independent of the government.”
Permítanme acabar con una trenza de citas:
«Nada distingue con mayor claridad las condiciones de un país libre de las de uno sometido a un gobierno arbitrario que la observancia de los grandes principios conocidos como el imperio de la ley», Hayek.
«El imperio de la ley significa que el gobierno está sujeto a reglas establecidas y anunciadas previamente, reglas que permiten prever con razonable certeza cómo utilizará la autoridad sus poderes coercitivos» Hayek.
«EL IMPERIO DE LA LEY ES EL FUNDAMENTO DE LA CIVILIZACIÓN», Von Mises.
Cabaleiro 155
(La camarilla sanchista)
Hay algo profundamente romano en esta historia. Romano en el sentido más inquietante (todo nos inquieta en este gobierno de cayena y pimienta): el del poder que deja de habitar las instituciones y se repliega hacia los pasillos. Cuando el principado empezó a consolidarse, los viejos magistrados republicanos siguieron reuniéndose en el Senado, pero las decisiones verdaderas nacían en el círculo íntimo del príncipe, en esa zona imprecisa donde lo privado y lo público se confunden hasta volverse indistinguibles.
Los periódicos hablan día sí día no de la deriva sátrapa de Sánchez et alia. Los historiadores latinos aprendieron pronto a reconocer el síntoma: la aparición de la camarilla, del grupito de fieles que acompaña al líder –no graduados precisamente en una Ivy League– desde su ascenso y que, una vez alcanzada la cima, ocupa los puestos clave del Estado como una guardia pretoriana civil.
Así ocurrió con Sejano bajo Tiberio, con los libertos de Claudio, con los prefectos de Nerón y Domiciano. El mecanismo se repite con ritmo de metrónomo: primero la conquista del poder; después la fusión entre aparato político y aparato gubernamental; más tarde la red de clientelas, contratos y favores que convierte la administración en un sistema de reciprocidades; finalmente, la fase más peligrosa, cuando abandonar el poder deja de ser una opción y se transforma en amenaza personal. Entonces comienza la huida hacia adelante.
Tácito observó que, llegado ese punto, el imperio ya no se gobernaba desde el foro sino desde el palacio, y que el príncipe dejaba de sostener el poder para pasar a ser sostenido por él. El momento en que la proximidad al trono empieza a parecerse, para todos los que lo rodean, a una silla maldita. Y todos conocemos el colofón de cabeza de serpiente de esa silla.
Cabaleiro 154
CONCERTATO
El atardecer pertenece a la memoria. Pronto
subiré al último carro de fuego. Permitidme,
madame, que os haga un resumen de mi vida.
En esencia, todo fueron rosadas escarapelas
de seda natural, inquietas joyas verdes en mi regazo,
palabras bajo rosetones de cúpulas y albas.
Omitiré la melancolía porque sobrepasa la templanza.
Viajaré pronto al Ártico, al País de Nunca Jamás.
Decidle a todos que Venecia yace soñando
sobre el mar; la luz de la mañana no la despierta:
la revela. Marta, oh tú, único amor de mi vida
(estuviste más dentro de mí que lo más íntimo mío
y más alto que lo más alto de mí).
Hora es de partir hacia las últimas estrellas.
Quiero lejos à cette sale rosse de bourgeois.
Qué pocas cosas necesito para morir: mis raros
tomitos de bibliófilo, algunas carretadas
de agavanzos y rosas, a Noemí y mamá
en la memoria, mi bastón con puño de nácar,
el amor de mi perrita, los gatos silvestres adoptados,
y, a ratos, contemplar con la mente
el mar de Barcelona y la bruma azul
envolviendo las torres de mi pazo.
Decidles a todos mis amigos que fui feliz.
Cabaleiro 153
El barón y poeta Jacques d’Adelswärd-Fersen construyó en 1905 la Villa Lysis en Capri como refugio tras un escándalo en París. La dedicó a celebrar distintos juegos y se convirtió en símbolo del decadentismo.
Pero Capri, escribió en un poema, era demasiado blanca, demasiado marmórea, demasiado observada por los ojos del mundo. Así que soñó con Venezuela, nombre descubierto en un atlas, verde, húmeda, con insectos diminutos aplastados por la lluvia. Y soñó también con el Orinoco, río lejos del latín, y soñó fatalmente con la Amazonía, porque América era una fiebre. Y hete aquí que se dejó de palacios y allí construyó modestas chozas.
Cito del libro de Carlo Benedetti, «Il Barone Esiliato. Fersen tra Capri e l’America», Milano, 1932: «Cuando pienso en Fersen en su choza amazónica, recuerdo al otro exiliado: Casanova en el castillo del conde de Waldstein. El veneciano, viejo y enfermo, clasificando libros, traduciendo pasajes de Homero, revisando su pasado como quien ordena un archivo. Fersen hizo lo contrario. Casanova encerró el mundo en volúmenes encuadernados. Fersen disolvió los volúmenes en la humedad verde».
Cabaleiro 152
EL DUELO DE ÁYAX Y HÉCTOR Y LA HIPÓTESIS HEIDELBERGENSE DE LA INTERPOLACIÓN HELENÍSTICA COMO HOMOLOGÍA A LAS RELACIONES DE ABASCAL Y FEIJÓO
REVISTA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS
El duelo entre Áyax y Héctor en el canto VII de la Ilíada termina —según el texto que nos ha llegado— con una escena sorprendente: tras horas de combate brutal, ambos héroes intercambian regalos y se despiden como rivales respetuosos. Un momento hermoso de la epopeya. Héctor entrega su espada; Áyax, un cinturón púrpura. El gesto ha sido leído tradicionalmente como una cristalización del llamado código heroico: el enemigo digno no deja de ser, en el fondo, un igual.
¿Seguro que son así las cosas? Según la llamada hipótesis heidelbergense, atribuida al filólogo Ulrich-Konrad Heidenreich, éste propone una sospecha incómoda y argumentada. El intercambio de dones, arguye, podría no pertenecer al núcleo arcaico del poema. Esta idea causó un terremoto en el pequeño orbe filológico. ¿Qué sostiene el sabio profesor alemán? Que su tono conciliador rompe la secuencia de violencia acumulada en el duelo: las lanzas que atraviesan escudos, las rocas arrojadas con furia, los heraldos obligados a intervenir para evitar la muerte. La transición resulta, cuando menos, abrupta.
Heidenreich sugiere que ese final civilizado refleja una sensibilidad posterior, probablemente helenística, más inclinada a suavizar la guerra que a mostrarla en toda su crudeza. El enemigo, así, dejaría de ser el temible adversario irreductible para convertirse en rival homologable y «amistoso». No una reconciliación, obviamente, sino una serie de reglas que rigen el conflicto.
Llegados a este punto la escena de los regalos no sería el testimonio de una amistad inesperada, sino la puesta en escena de una misma pertenencia. Áyax y Héctor combaten con violencia real, pero dentro de un mismo aire de familia aristocrático; ninguno puede existir sin el otro como antagonista.
No hace falta forzar mucho la imaginación (y entramos en un campo espinoso) para advertir analogías. Dos líderes alfa que disputan un espacio político similar pueden intensificar su confrontación pública sin dejar de compartir, de hecho, un mismo terreno simbólico y electoral. La tensión se vuelve estructural. Cada uno define al otro. El intercambio de espada y cinturón —si fue realmente añadido por manos posteriores— podría leerse entonces como la imagen literaria de ese equilibrio precario entre competencia y espacio común.
Dicho sin rodeos, el duelo homérico no es tanto una escena de reconciliación como un modelo de rivalidad en modo y manera de ritual: adversarios que se enfrentan con dureza, pero cuya oposición está contenida dentro de un marco paralelo. La épica arcaica, reelaborada por la tradición, seguiría ofreciéndonos así algo más que arqueología literaria: una metáfora persistente de cómo funcionan ciertas disputas políticas, incluso cuando se proclaman, en los media día sí y día no, irreductibles.
