Tentativas 32

Esquizofrenia: ruptura de la conexión significativa. Las ideas ya no se enlazan según una lógica comprensible; aparecen yuxtapuestas, desplazadas, interferidas, como pedazos de órganos en una autopsia. El pensamiento no se desarrolla: se dispersa.

La conciencia se descompone en una multiplicidad de fragmentos apenas coordinados. Las ratas corretean en el laberinto. Esta descomposición afecta tanto al pensamiento como a la afectividad y la voluntad. El resultado es una existencia psíquica sin eje.

Restos, fragmentos, ecos sin continuidad. Intento seguir una idea, pero se me escapa. No porque la olvide, sino porque deja de estar ahí. Otra cosa aparece en su lugar, y luego otra, sin relación. No hay camino, solo saltos.

No puedo mantener una línea. Todo se interrumpe: el pensamiento, la intención, incluso la emoción. Empiezo a sentir, oír o idear algo y se corta, como si alguien hubiera cambiado de canal, entrar y salir de ratas por las tuberías. Todo se me deshace en la cabeza. Las palabras ya no obedecen a ninguna gramática; vienen, se superponen, se anulan. Es como intentar construir con arena seca: nada se mantiene. Proliferación de comienzos sin fin. Imposible retener el agua en las manos.

Un movimiento perpetuo que no conduce a ninguna parte.

Tentativas 31

Empecé intentando leer a Saint-Beuve, continué con Agatha Cristie, y acabé con un Tintín. No pude con ninguno. Parecía que debía empezar a aprender las letras de cada palabra, las palabras de cada párrafo, los párrafos de cada capítulo. No pude; mi mente estaba totalmente descontrolada y destructurada, y aparecían ratas entre las páginas. No era el fautor de mis propios actos psíquicos; mis pensamientos parecían deshechos e impuestos.

Nada parecía depender de mi voluntad. La pérdida del control sobre el curso mental constituye uno de los signos más profundos de mi enfermedad. El yo deja de ser el centro organizador; las asociaciones se aflojan, la afectividad se disocia y la voluntad pierde su continuidad. No logras gobernarte. Vivía mis procesos psíquicos como entes olvidados e incomprensibles.

LLego siempre tarde a lo que ya está ocurriendo en mi cabeza. Las ratas toman el contro. Mi cuerpo obedece a órdenes que no he dado. Mi mente es como una habitación sin cerradura. Todo entra: palabras, imágenes, voces, órdenes. Y no hay manera de decir “no». La conciencia es un escenario invadido.

No el exceso, sino la usurpación. Las ratas como único horizonte vital. Todo sigue ocurriendo —pensar, sentir, moverse—, pero ya no bajo mi autoridad. Soy el lugar donde algo piensa, no quien piensa. Hay una humillación más profunda que el sufrimiento: la de no poder detener lo que ocurre en uno mismo. Querer callar y no poder. Querer ordenar y no poder. Querer ser y no poder.

Tentativas 30

Hastío. Ya viví demasiado conmigo mismo. Ya di demasiadas vueltas a mis dos o tres obsesiones. No es que uno quiera morir —eso sería demasiado exquisito—; lo que uno quiere es dejar de estar expuesto a esta continua deformación que es vivir entre los hombres. El desgaste y la desesperación de estar entre ellos. Con su sudor, hedor, burricie y mucosidades. Entre la cabeza hueca de hombres fabricados en serie, con la sesera rellena de paja. Donde todo es un déja vu de oscuridad azul petróleo.

Anhelar el alivio de los pasillos vomitados del manicomio. Detener la carnicería del movimiento. Explotar como grisú en una mina; salir del salón de fiestas. Ser alimento.

Tentativas 29

La claridad es la primera ley del estilo; pero no una claridad superficial, sino aquella que nace de la exactitud del pensamiento. El escritor que no piensa con precisión no puede escribir con claridad. El estilo no es un adorno: es la manifestación visible del rigor interior. Cada gran escritor crea su propio lenguaje, que es la forma necesaria de su pensamiento. La crítica que juzga el estilo como algo accesorio no ha comprendido la naturaleza del arte.

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No hay estilo sin visión. El escritor no describe las cosas: las recrea en su sensibilidad. Y esa recreación exige lentitud, exactitud, amor al matiz. Una prosa rápida es casi siempre una prosa superficial.

“El estilo no es un instrumento para comunicar algo previamente concebido, sino el lugar donde el pensamiento se forma. La dificultad no es un defecto: es la consecuencia natural de un pensamiento complejo. La claridad puede ser, muchas veces, una forma de simplificación engañosa. La verdadera prosa debe resistirse, debe exigir al lector”, Juan Benet.

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“Estoy enamorado de esta verde tierra; del rostro de la ciudad y del campo; de las indecibles soledades rurales y de la dulce seguridad de las calles. Aún conservo en mí un gusto por la tierra; pero no desconozco tanto las formas más artificiales de la vida como para no hallar en ellas también placer. El estilo de escritura que más estimo es aquel que menos parece estudiado, el que parece brotar a medida que se escribe, como una efusión inmediata de la mente del autor, más que como el resultado de una composición laboriosa. Y, sin embargo, esa negligencia debe ser una negligencia estudiada: un arte que oculta el arte”, Charles Lamb.

Un buen estilo no es el que es meramente correcto, sino el que está vivo; el que comunica el temperamento del escritor, su alegría o su melancolía, su facilidad o su pasión. Debe tener gracia, pero no rigidez; familiaridad, pero no vulgaridad.

Quiero un estilo que sea a la vez preciso y raro, un estilo que restituyera las más mínimas matizaciones de la sensación. Las palabras ordinarias no bastan para expresar ciertas impresiones; hay que forzarlas, desviarlas, enriquecerlas. El estilo es una alquimia.

El estilo es la manera en que la verdad atraviesa a un hombre.

Tentativas 28

Una de las voces que oigo —y no es la menos fiable— es la del demonio. No porque mienta, sino porque dice las cosas sin el barniz con que vosotros las hacéis soportables. Y lo que dice, en lo esencial, es cierto.

No me duele vuestro apartamiento tanto como cabría suponer. Hay en él incluso una lógica, casi una higiene. Todo aquello que no puede ser reducido, simplificado o integrado en vuestros mecanismos de reconocimiento acaba siendo apartado. No por maldad, sino por incapacidad. No odio a los hombres: los encuentro inviables. Son demasiado limitados para lo que pretenden, demasiado satisfechos para advertir en qué se han convertido. El demonio lo argumenta obsesivamente.

Sois, en conjunto, una maquinaria de rebajamiento. Todo lo que tocáis lo volvéis manejable, es decir: lo empobrecéis. No soportáis la densidad, ni la ambigüedad, ni aquello que no se deja consumir rápidamente. Necesitáis que todo descienda hasta un nivel donde pueda circular sin fricción entre vosotros. Cuando uno mira de cerca a los hombres, lo que encuentra es una mediocridad sin fondo.

Vuestra literatura es el ejemplo más claro: una superficie continua de frases intercambiables, de intuiciones ya usadas, de afirmaciones que no comprometen nada. No escribís para pensar, sino para confirmaros. Y en esa confirmación mutua encontráis una forma de consuelo que os basta. No hay nada que desprecie más profundamente que la conversación literaria humana. Esa sucesión interminable de lugares comunes, de torpezas, de afirmaciones sin pensamiento.

Hablar con vosotros es asistir a una repetición incesante: las mismas ideas debilitadas, los mismos gestos de asentimiento, la misma incapacidad para sostener una tensión real. No es que seáis malvados —eso exigiría una cierta energía—, es que sois sistemáticamente insuficientes. Y lo más notable es que no lo sabéis.

Por eso, cuando algo irrumpe que no encaja —una experiencia, una percepción, una forma de pensamiento—, la reacción no es la confrontación, sino el deslizamiento. Un leve retroceso, casi imperceptible. Una reducción progresiva del contacto. No hay rechazo explícito: hay retirada.

Así funciona: nadie expulsa, pero uno queda fuera. Nada es más grotesco que la perseverancia humana en escribir. Cuanto más conozco a los hombres, más me inclino a apartarme de ellos. No por misantropía, sino por simple terapia.

Tentativas 27

La experiencia psicótica puede ser una ruptura del yo en un mundo que no ha sabido acogerlo. No es que el individuo fracase en adaptarse a la sociedad: es la sociedad la que fracasa en ofrecerle un lugar donde su experiencia tenga sentido. El resultado es el aislamiento, el miedo de los otros, el rechazo sistemático.

Lo que llamamos esquizofrenia puede ser una respuesta comprensible a un mundo incomprensible. Pero quienes la padecemos no solo sufrimos la propia experiencia, sino la reacción de los demás: la evitación, la sospecha, el desprecio.

Siento que los demás viven en una superficie compartida, mientras yo estoy atrapado detrás de una mampara. Ellos -vosotros- se miran, se reconocen, se comentan, cuchichean amigablemente; yo soy una presencia incómoda, una anomalía. No es solo la enfermedad: es la conciencia de no pertenecer a ningún lugar humano.

Hay una forma de soledad que no es estar solo, sino ser visto como alguien de quien hay que apartarse. Eso lo percibo claramente en mis contactos de Facebook. Ya casi ni interactúo con vosotros. Me rechazáis. Para qué. No es que me odiés; es peor: no sabéis qué hacer conmigo. Es muy incómodo percibir el modo en que me apartáis.

El hombre que se desvía mínimamente de la norma es inmediatamente señalado, aislado, eliminado del trato social. No se tolera ninguna desviación, y mucho menos una que afecte a la mente. La enfermedad mental no se castiga por sí misma, sino por la incomodidad que produce en los sanos.

Me ponéis la etiqueta de «loco», y de ahí surge el rechazo, la evitación y la exclusión. Pese a que os consideráis poetas, cultos o escritores, estáis hechos de la misma pasta deleznable que el resto de la gente.

Tentativas 26

Barcelona. Ratas grandes como perros jóvenes salen disparadas de las sombras y cruzan el puerto; el agua negra parece hervir de ellas, y en los almacenes abandonados su correr era un continuo rumor de vida baja y obstinada. Se adivinan antes de verse; y esa latencia, ese casi-ruido, produce una incomodidad más fina que el miedo. Sí, una vaga aprensión, como si algo pequeño, ignorado y persistente, se moviera en los márgenes de la percepción.

Las ratas corren por los rincones con un sigilo casi cortesano, como si conocieran mejor que los hombres los pasadizos de nuestra España ruin y nocturna.

Tentativas 25

«Nada revela tanto la decadencia como la alegría colectiva en lugares inadecuados. La playa es una conspiración de cuerpos que han renunciado a toda dignidad. Se amontonan, se exhiben, se abrasan, y llaman a eso descanso», observó mi maestro Bernhard.

Semana Santa de sol abundante. Broncearse militarmente y girarse cada cierto tiempo como pollos bien entrenados. Hacer todos lo mismo que los demás, pero en bañador. El sol brilla y el mar es azul como en las fotos de las agencias de viajes. Hacinamiento, comida mediocre y precios obscenos.

Yo tengo mi ciceroniana biblioteca y mi jardín. Viajo por mi habitación, pasando páginas. En la biblioteca, el espíritu aprende a demorarse, y esa demora es ya una forma de conocimiento. Yo nunca imaginé el paraíso bajo la especie de una discoteca.

Hoy leeré «The Private Library», de Conan Doyle; hojearé «A Gentle Madness», de Basbanes; y tendré entre mis manos «Algebraic Logic», de Halmos, elegante y severo, como ciertas verdades que no admiten consuelo. Releeré a Valle-Inclán, esa perla verbal donde el idioma parece recordar de pronto su propia grandeza.

No me verán entre la multitud.

Tentativas 24

Desde mis estudios de Exactas (como oyente) desarrollé una especie bastante ortodoxa de platonismo matemático, una visión de las matemáticas de las que discrepaba amablemente mi maestro Josep Pla i Carrera.

Creía que los objetos matemáticos formaban una realidad objetiva, independiente de nuestras construcciones mentales. No eran creaciones arbitrarias del espíritu humano, sino entidades descubiertas, de modo análogo a como los objetos físicos son descubiertos en la experiencia. Asimismo sostuve que la intuición matemática no era algo místico en un sentido peyorativo, sino una forma de percepción racional que nos permitía acceder a una realidad no empírica.

El conocimiento matemático, en este sentido, implica una especie de percepción intelectual. No es una percepción sensorial, sino una captación directa de estructuras que no dependen de nosotros. Cuando comprendemos un concepto matemático —por ejemplo, el de número natural o conjunto— no lo estamos inventando, sino que nos ponemos en relación con algo que ya está ahí, aunque no en el espacio ni en el tiempo, insisto.

***

A. Gillies hizo una defensa crítica del realismo matemático:

«El platonismo matemático sostiene que las entidades matemáticas existen independientemente del pensamiento humano. Esta tesis, aunque metafísicamente exigente, parece estar respaldada por la práctica matemática misma. Los matemáticos no actúan como inventores libres, sino como exploradores de un dominio que ofrece resistencia, que impone restricciones, que revela verdades inesperadas. Si las matemáticas fueran una construcción arbitraria, no se explicaría la profunda sensación de descubrimiento ni la objetividad intersubjetiva de sus resultados».

Y añade:

«El éxito de las matemáticas en la ciencia —su capacidad para describir estructuras del mundo físico con una precisión extraordinaria— constituye un argumento indirecto a favor del realismo. No es necesario adoptar un platonismo ingenuo; pero negar toda forma de existencia independiente a los objetos matemáticos parece empobrecer nuestra comprensión tanto de la matemática como de su eficacia». (An Aristotelian approach to mathematical ontology. In Ernest Davis and Philip J. Davis (Eds.) Mathematics, Substance and Surmise. Views on the Meaning and Ontology of Mathematics, Springer, pp. 147-176)

Luca Incurvati ofrece un platonismo analítico, semánticamente sofisticado:

«La objetividad de las matemáticas no puede reducirse a convenciones ni a reglas inferenciales. Cuando afirmamos que un enunciado matemático es verdadero, no estamos simplemente siguiendo una regla, sino describiendo una realidad abstracta. El desafío principal para el platonismo no es su ontología, sino su integración en una teoría general del significado y del conocimiento. Sin embargo, cualquier alternativa que renuncie a la referencia a objetos abstractos enfrenta dificultades aún mayores para explicar la verdad matemática», Conceptions of Set and the Foundations of Mathematics. 2020, Cambridge University Press, xvi + 238 pp. pág. 133.

Sin olvidar a Donald A. Gillies:

«El matemático, en su práctica cotidiana, se comporta como si estuviera investigando una realidad independiente. No decide arbitrariamente qué es verdadero, sino que busca descubrirlo. Esta actitud no es una ilusión metodológica, sino una indicación de la naturaleza misma de la matemática. El platonismo proporciona una explicación natural de esta práctica: los objetos matemáticos existen, y las teorías matemáticas son intentos de describir sus propiedades».

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Mis propias especulaciones al respecto sobre la naturaleza de las matemáticas se han ido modificado a lo largo del tiempo desde un realismo a cierto formalismo matizado. Creo que una teoría matemática es un sistema formal constituido por signos, axiomas y reglas de inferencia; la verdad matemática se reduce a la derivabilidad sintáctica dentro de ese sistema. Los números, los conjuntos, son ficciones útiles, marcas en un papel.

Esta nueva filosofía matemática aniquiló mi teísmo, modificó mi ontología. Grosso modo, hoy tiendo a pensar que una teoría matemática no es sino un sistema formal: signos, axiomas, reglas de inferencia. En ese marco, la verdad no es una adecuación a un dominio abstracto, sino la consecuencia de una derivación correcta. Los números, los conjuntos —aquellas entidades que antaño me parecían casi tan reales como los cuerpos— han quedado reducidos a ficciones útiles, a inscripciones gobernadas por reglas.

Y, sin embargo, algo persiste. Porque incluso ahora, cuando reduzco las matemáticas a manipulación simbólica, no logro disipar del todo la impresión —tenaz, casi obstinada— de que, bajo esa sintaxis, hay una necesidad que no hemos inventado. No sé.

Tentativas 23

Los hay, seres alados (Dios nos los conserve en su invernadero) que estudian los Manuscritos de las cuevas de Qumrán, textos que arrojan nueva luz sobre el surgimiento del cristianismo y del judaísmo rabínico. Otros no se apean de Bruckner y Xenakis, con lo que demuestran concentración y atención intelectual intensa (el primer caso) y una resistencia al tedio hercúlea (caso segundo)

Yo tuve pujos intelectuales, ínfulas de erudito (en el fondo no fui más allá del diletantismo) y, cada Semana Santa, me entrometía en una relectura de «La muerte de Virgilio», la kakania sin centro de Musil, o me devanaba los sesos sobre la orquestación del acto final de la «Norma» de Vincenzo Bellini.

Abdico de la delicadeza de gusto y opinión, y de la lectura. Mis píos propósitos a partir de ahora serán ver fútbol ataviado con una camiseta imperio mientras chuperreteo por el gollete una fría cerveza. ¿Por qué no transformarme en un filisteo sin vida interior?De reacciones prefabricadas, con emociones de segunda mano. Y sin ver las cosas: solo reconocer etiquetas. Y, si siento la bilis negra por la literatura, no ir más allá de «Lo gayter del Llobregat», Núñez de Arce o Defreds. La cultura es tortura y, como una marca de Caín, te prohíbe y expulsa el acceso a novias pneumáticas.

¡Se acabó mi impostura! A guardar los libros de Teoría de Conjuntos y sustituirlos por prensa deportiva, y, liberado, rascarme los pliegues del estómago con blockbusters. Se acabó el hablar sin decir nada, el escribir para no pensar.

Permanecer opaco al refinamiento. Ni por asomo ver ni sentir lo elevado.

No descarto apuntarme a la telerrealidad.

Señor, hazme un merluzo… ¡pero no todavía!