Tentativas 12

Thomas Bernhard

“La universidad no es más que una fábrica de imbéciles acreditados. […] Durante años se pasean por sus pasillos creyendo que piensan, cuando en realidad no hacen más que repetir lo que han oído, con una solemnidad que sólo puede producir una institución que ha convertido la estupidez en sistema. […] Todo allí está organizado para impedir el pensamiento: el horario, los programas, los exámenes. Nada debe perturbar la marcha de la mediocridad […] Nada odio más que esos profesores que han hecho de la ignorancia una profesión. […] Hablan durante horas sin decir nada, y los estudiantes —más ignorantes aún— los escuchan como si se tratara de oráculos. Ese es el espectáculo universitario”.

Louis-Ferdinand Céline

“La instrucción superior… ¡qué farsa! […] Años y años para producir cerebros domesticados, bien alineados, incapaces de pensar por sí mismos. […] Se entra allí con un poco de vida y se sale convertido en un funcionario del pensamiento muerto. Eso es la universidad: una morgue elegante […] Les enseñan a escribir sin decir nada, a hablar sin pensar, a citar sin comprender. […] Todo está hecho para que nadie sobresalga, para que todo el mundo permanezca en ese gris confortable donde la inteligencia ya no molesta”.

E.M. Cioran

“La universidad es el lugar donde la curiosidad muere de tedio. […] Lo que allí se transmite no es saber, sino fatiga del saber. Se aprende a no entusiasmarse, a no arriesgar, a no pensar demasiado lejos […] Todo sistema de enseñanza tiende a formar espíritus dóciles. […] La inteligencia verdadera es siempre solitaria; la universidad, en cambio, es una organización de la soledad fallida”.

Friedrich Nietzsche

“Las instituciones de enseñanza superior son, en su mayor parte, establecimientos para la domesticación del espíritu. […] Allí se aprende a ser útil, no a ser verdadero. […] El erudito universitario es el hombre que ha olvidado pensar por sí mismo […] Se produce en masa lo que debería surgir como excepción. […] Y así, lo excepcional queda aplastado bajo el peso de lo mediocre”.

Tentativas 11

Christianus Sanctis, hombre de ingenio claro y costumbres ordenadas, invocó a Vassago Minor (léase el «Liber Officiorum Spirituum») con el propósito de influir levemente en el ánimo de aquellos que le rodeaban. Al principio, observó con satisfacción que ciertas resistencias desaparecían sin conflicto, que ciertas conversaciones se orientaban con facilidad hacia sus fines. Nada parecía forzado: todo sucedía como si hubiera sido siempre así.

Pero pronto advirtió —aunque no quiso reconocerlo— que ya no distinguía entre lo que él había decidido y lo que simplemente ocurría. Sus pensamientos le parecían propios, pero llegaban ya formados, sin el trabajo previo de la deliberación. Y lo que al principio fue ventaja se convirtió en sospecha: si podía inclinar a otros, ¿quién le aseguraba que no era él mismo inclinado?

Christianus comenzó a observar en sí una alteración sutil: todas las opciones le parecían igualmente razonables, pero siempre elegía una con una seguridad que no podía justificar. No dudaba; pero tampoco sabía por qué no dudaba. Y esta ausencia de duda, lejos de tranquilizarle, le inquietaba más que cualquier incertidumbre. Con el tiempo, la inclinación leve se convirtió en hábito. Ya no era necesario invocar: el espíritu obraba por continuidad.

Christianus dejó de elegir. No porque hubiera perdido la capacidad, sino porque cada elección le llegaba ya resuelta, como si alguien —o algo— hubiera pensado por él un instante antes.

En sus últimos días de lucidez, escribió:

«No sé si mis actos me pertenecen. No encuentro en ellos violencia ni imposición, pero tampoco origen. Es como si mi voluntad hubiera sido suavemente desplazada fuera de sí, sin ruptura, sin dolor, sin resistencia. Y lo más terrible es esto: que todo sigue pareciendo norma».

Tentativas 10

“Muchos llaman locura a lo que no es sino un extravío del juicio, nacido de la mala disposición de las ideas. El entendimiento humano, cuando se aparta de la recta razón, no cae de repente en la oscuridad total, sino que se va desviando poco a poco, como nave que, faltándole el gobierno, no se hunde al instante, pero pierde el rumbo. Así acontece que el sujeto discurre, y aun persuade, pero lo hace sobre fundamentos falsos que tiene por evidentes”, Feijoo.

“No pocas alteraciones del ánimo proceden de las pasiones desordenadas, las cuales, perturbando el equilibrio del cuerpo y del espíritu, inclinan al sujeto a juicios erróneos. La cólera, el miedo, la ambición o la melancolía prolongada disponen al entendimiento a torcerse. Y es de advertir que cuanto más se arraiga una pasión, tanto más difícil es distinguir si el error procede del ánimo o del entendimiento […] La melancolía no es solo tristeza, sino una disposición del espíritu que inclina a ver las cosas bajo un aspecto sombrío y desproporcionado. El melancólico no siempre delira, pero se halla próximo al delirio, porque su juicio, aun conservado, se halla teñido por una constante inclinación al recelo y al temor. En este estado, lo leve parece grave, lo dudoso cierto, y lo indiferente se convierte en amenaza”, Andrés Piquer.

“La locura no destruye la inteligencia, sino que la desvía. El enfermo razona, combina, deduce; pero lo hace bajo la influencia de una idea dominante que altera el valor de todas las demás. De este modo, lo que en un hombre sano sería un juicio aislado, en el alienado se convierte en principio organizador de toda su vida psíquica. No es, pues, la ausencia de razón lo que caracteriza la enajenación, sino la tiranía de una razón parcial, que se ha emancipado de la corrección que le ofrece la experiencia común […] Hay enfermos cuya conducta, fuera del punto de su delirio, es irreprochable. Cumplen con sus deberes, se expresan con propiedad, y aun pueden parecer más atentos que los demás. Pero basta tocar la idea que los domina para que se advierta la fractura interior: una región del espíritu cerrada, donde la evidencia no penetra», Juan Bautista Chinchilla.

“El delirio no es un caos, sino una construcción. El paciente no vive en la ausencia de sentido, sino en un exceso de sentido. Todo adquiere significado, todo se conecta, todo remite a una trama que lo incluye. Lo que desde fuera parece absurdo, desde dentro se presenta como una evidencia organizada. El problema no es la falta de lógica, sino su clausura […] Uno de los rasgos más característicos del pensamiento delirante es su impermeabilidad. No se trata de que el paciente no escuche, sino de que todo lo que escucha es reinterpretado en función de su sistema previo. Así, la realidad no corrige el delirio: lo alimenta. Cada dato nuevo se integra como confirmación, reforzando la estructura que debería cuestionar”, Santiago Lamas Crego.

“En ciertas formas de enajenación, el enfermo conserva una notable lucidez en todos aquellos asuntos que no tocan el núcleo de su afección. Puede discutir, razonar y conducirse con aparente normalidad. Pero esta lucidez es engañosa, pues coexiste con un error fundamental que organiza su pensamiento. Es como si una parte del espíritu permaneciera intacta, mientras otra se halla irrevocablemente alterada […] El estudio de estos enfermos obliga a abandonar la idea vulgar de la locura como desorden total. Antes bien, se observa en ellos una especie de sistema, una regularidad interna que, aunque desviada, posee su propia consistencia. De aquí que el tratamiento no pueda limitarse a la corrección externa, sino que deba intentar penetrar en la lógica misma del delirio”, Vicente Rodríguez Gracia.

“Las enfermedades mentales, en muchos de sus aspectos, no difieren esencialmente de otros trastornos del organismo. Si el corazón puede fallar por una alteración en su funcionamiento mecánico, ¿por qué no admitir que el cerebro, órgano de la conducta, pueda hacerlo por una perturbación en sus conexiones? El problema no es misterioso en su naturaleza, aunque lo sea en sus manifestaciones. Se trata, en última instancia, de circuitos que funcionan de manera inapropiada, generando estados de ansiedad, obsesión o agitación que el paciente no puede controlar por sí mismo”, Christian Sanz.

Tentativas 9

«Clavis Artis» (obra que cualquier bibliófilo debe poseer) no es, en sentido estricto, un “libro” con autor, fecha y edición definidos, sino un manuscrito alquímico centroeuropeo (probablemente germánico o bohemio) cuya redacción se sitúa entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII.

Aunque la autora es demasiado crédula, sobre el contexto intelectual del esoterismo germánico, recomiendo el clásico de la bibliografía secundaria: Frances A. Yates: «The Rosicrucian Enlightenment». Cito:

“No es casual que el fenómeno rosacruz surja en los territorios germánicos tras las tensiones religiosas del siglo XVI. Alemania ofrecía un terreno especialmente propicio para la combinación de especulación teológica, inquietud política y aspiraciones reformistas. La fragmentación del Sacro Imperio, lejos de ser un obstáculo, facilitó la circulación de ideas heterodoxas que, en un contexto más centralizado, habrían sido rápidamente sofocadas […] El pensamiento rosacruz no debe interpretarse como una supervivencia arcaica frente al nacimiento de la ciencia moderna, sino como una de sus condiciones de posibilidad. La distinción tajante entre ciencia y magia, tan familiar para el lector contemporáneo, no existía aún en el horizonte intelectual del siglo XVII. En ese contexto, la investigación de la naturaleza podía adoptar formas simbólicas sin por ello renunciar a una aspiración de conocimiento efectivo […] La idea de un saber oculto, custodiado por una fraternidad invisible, responde a una tensión fundamental del período: el deseo de conocimiento universal y el temor a su divulgación indiscriminada. En este sentido, los rosacruces encarnan una paradoja característica de la temprana modernidad: la aspiración a iluminar el mundo coexistiendo con la necesidad de mantener ciertas verdades en reserva”.

***

Un libro maravilloso, nunca publicado en su época, de circulación semi-clandestina, donde la monarquía se reduce a una caricatura fisiológica, un panfleto visceral, sin estilización, es «Los Borbones en pelota», atribuido al entorno de Bécquer. Un siglo XIX español brutal y anti-académico. Cito:

“Su Majestad [se refieren a Isabel II] confunde el amor con el capricho y el poder con la impunidad. Cree gobernar porque todos la miran, sin comprender que la miran como se mira a un incendio: con temor y con una secreta esperanza de que todo arda de una vez. Su virtud más constante es la inconstancia. Hoy se inclina por uno, mañana por otro, y en ese vaivén se pierde lo poco que quedaba de dignidad en la Corona. No hay en ella malicia calculada, sino algo peor: una ligereza invencible”.

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Un libro raro no es valioso por lo que contiene, sino por lo que promete. Su verdadera riqueza no está en sus páginas, sino en la posibilidad —siempre aplazada— de que en ellas se oculte algo decisivo. Se compra no para leerlo, sino para vivir con él, para que su sola presencia mantenga abierta una puerta que quizá nunca se cruce. En la biblioteca, estos volúmenes no ocupan espacio: crean horizonte (y adicción)

El verdadero bibliófilo no reúne certezas, sino incógnitas. Su biblioteca no es un archivo de saberes dominados, sino un repertorio de preguntas suspendidas. Cada libro raro es una zona en blanco del mapa, un territorio que se resiste a la conquista. Y es precisamente esa resistencia lo que lo hace indispensable.

Tentativas 8

«El problema de la inteligencia no es el secreto —eso es lo evidente—, sino la rutina del secreto. Uno acaba viviendo en una normalidad deformada, donde mentir no es una excepción sino una condición de trabajo. No mientes solo a tus objetivos: mientes a tus compañeros, a tu familia, a ti mismo.

El CNI no es una organización heroica, como la imagina el cine, sino una maquinaria de obtención de información bajo presión constante, donde el error no se paga con una reprimenda, sino con consecuencias que pueden ser irreversibles. Se trabaja con incertidumbre, con fuentes dudosas, con fragmentos. Y, sin embargo, de esos fragmentos se espera una imagen coherente del mundo.

Lo más difícil no es infiltrarse, ni operar en el extranjero, ni siquiera enfrentarse a situaciones de riesgo físico. Lo más difícil es sostener durante años una identidad fragmentada sin perder del todo la noción de quién eres. Hay agentes que no lo consiguen. Y el sistema, sencillamente, los sustituye.

Porque, al final, el servicio no está hecho para proteger a sus agentes, sino para proteger al Estado. Y el agente lo sabe desde el principio, aunque tarde años en comprenderlo», «El agente oscuro».

«El Centro Nacional de Inteligencia ha vivido siempre en una tensión constante entre su necesidad de operar en la sombra y la exigencia democrática de control. Esa tensión no se resuelve: se administra.

A lo largo de su historia —desde el antiguo CESID hasta el actual CNI— han coexistido operaciones eficaces con errores graves, éxitos silenciosos con fracasos que nunca se reconocen públicamente. El problema es que el secreto, imprescindible para la operatividad, funciona también como escudo frente a la rendición de cuentas.

Los agentes trabajan en un territorio donde la legalidad es, en ocasiones, una frontera móvil. No porque actúen al margen de la ley de forma sistemática, sino porque las circunstancias en las que operan obligan a interpretar esa ley bajo condiciones extremas.

Por eso, cuando se analizan los episodios más controvertidos del servicio, no basta con preguntarse qué ocurrió, sino en qué contexto de presión política, urgencia operativa y falta de información se tomaron determinadas decisiones.

El CNI no es una institución monolítica: es un organismo atravesado por intereses, tensiones internas y dependencias del poder político. Y es precisamente en esa zona de fricción donde se producen tanto sus mayores aciertos como sus errores más difíciles de explicar», «La casa».

***

CENTRO NACIONAL DE INTELIGENCIA

CLASIFICACIÓN: RESERVADO / DIFUSIÓN LIMITADA

REFERENCIA: INT/TEC/042-21

ASUNTO: Evaluación preliminar sobre el uso de software de intrusión “Pegasus” en territorio nacional

DESTINATARIO: Excmo. Sr. Presidente del Gobierno

FECHA: [redactado]

1. OBJETO DEL INFORME

El presente documento tiene por objeto exponer, de forma sintética, los elementos disponibles en relación con la posible utilización del software de intrusión conocido como “Pegasus” en dispositivos móviles vinculados a actores institucionales y no institucionales en territorio nacional, así como valorar su alcance, riesgos asociados y eventuales implicaciones políticas y jurídicas.

2. ANTECEDENTES

Desde [redactado], diversos organismos internacionales y entidades privadas especializadas en ciberseguridad han hecho públicas informaciones relativas al uso de herramientas de intrusión avanzada desarrolladas por terceros Estados o empresas proveedoras de tecnología de inteligencia.

En el contexto nacional, dichas informaciones han sido amplificadas por actores mediáticos y parlamentarios, generando un entorno de elevada sensibilidad política y presión institucional.

3. NATURALEZA DE LA AMENAZA

El software referido pertenece a la categoría de herramientas de acceso remoto a dispositivos, con capacidad para:

obtener información contenida en terminales móviles

activar funcionalidades del dispositivo sin conocimiento del usuario

mantener persistencia variable en función de las condiciones técnicas del entorno

Se trata de tecnología de alta sofisticación, habitualmente restringida a organismos estatales o actores con capacidades equiparables.

4. EVALUACIÓN PRELIMINAR

A la fecha de redacción del presente informe, cabe señalar:

4.1. Ausencia de evidencia concluyente pública que permita atribuir de manera inequívoca la autoría de las intrusiones detectadas en todos los casos reportados.

4.2. Existencia de indicios técnicos compatibles con el uso de herramientas del tipo mencionado en determinados dispositivos analizados por entidades externas.

4.3. Alta probabilidad de utilización múltiple de capacidades similares por distintos actores, lo que dificulta la atribución directa.

4.4. Riesgo reputacional elevado para las instituciones del Estado, derivado no tanto de los hechos comprobados como de la percepción pública de opacidad.

5. MARCO DE ACTUACIÓN DEL CENTRO

El Centro Nacional de Inteligencia actúa conforme a:

la Ley 11/2002 reguladora del CNI

el control judicial previo en actuaciones que afecten a derechos fundamentales

la supervisión parlamentaria a través de la Comisión correspondiente

Cualquier actuación operativa del Centro se realiza dentro de dicho marco legal y con las autorizaciones preceptivas.

6. ESCENARIOS POSIBLES

Se identifican tres escenarios principales:

Escenario A: Uso exclusivo de capacidades por parte de organismos estatales nacionales bajo control legal

Escenario B: Uso por parte de actores extranjeros en territorio nacional

Escenario C: Convergencia de múltiples actores con capacidades similares

A la fecha, no puede descartarse ninguno de los tres escenarios.

7. IMPLICACIONES

7.1. Políticas: incremento de la presión parlamentaria y mediática

7.2. Institucionales: necesidad de reforzar mecanismos de transparencia controlada

7.3. Operativas: riesgo de exposición de capacidades técnicas y metodologías

8. RECOMENDACIONES

Mantener una posición institucional prudente, basada en hechos verificables

Evitar pronunciamientos categóricos en ausencia de atribución concluyente

Reforzar los canales de comunicación con instancias parlamentarias

Preservar, en todo caso, la integridad de las capacidades del Estado

9. CONSIDERACIÓN FINAL

El presente asunto se sitúa en la intersección entre tecnología, seguridad y percepción pública. En este tipo de escenarios, la gestión de la información resulta tan relevante como los hechos mismos.

Se continuará el seguimiento y se remitirán actualizaciones conforme se disponga de nueva información contrastada.

Fdo.

[redactado]

Dirección de Inteligencia Técnica

Centro Nacional de Inteligencia

Tentativas 7

Para Esperanza Casteleiro

Serrano, Luciano, abad de Silos, «D. Mauricio, obispo de Burgos». Madrid, C.S.I.C. 1922, p. 61. Cito:

«Don Mauricio, cuya figura emerge con singular relieve en los primeros decenios del siglo XIII, no fue únicamente un prelado celoso del orden eclesiástico, sino un agente decisivo en la articulación política y espiritual del reino de Castilla. Su gobierno, lejos de limitarse al ámbito estrictamente diocesano, se proyecta en la esfera de la corte, donde aparece como consejero prudente y mediador en no pocos negocios de gravedad.

A él se debe, en gran parte, la introducción de formas más ordenadas en la administración capitular, así como el impulso dado a la fábrica de la iglesia burgalesa, cuya traza y orientación responden a un espíritu nuevo, más acorde con las corrientes que entonces se difundían por la Cristiandad.

No es aventurado afirmar que en su persona se reúnen las cualidades del hombre de Iglesia y del hombre de Estado, equilibrio poco frecuente, pero necesario en una época en que la consolidación de las instituciones exigía tanto firmeza doctrinal como habilidad en el trato de los asuntos temporales».

Dedicado a mis amigos del C.N.I. (vaya noche me estáis dando, que me estáis dando en todo el colodrillo, oigan), para que se ilustren en la historia de la sacrosanta España.

NOTA BENE: Para que tengan purgaciones nocturnas, les pongo esta letrilla:

¡Gloria, gloria, corona de la Patria,
soberana luz
que es oro en tu pendón!

¡Vida, vida, futuro de la Patria,
que en tus rojos es
abierto corazón…!

Púrpura y oro: bandera inmortal
¡en tus colores juntas, carne y alma están!
Púrpura y oro: querer y lograr:

¡tú eres, bandera, el signo del humano afán!

Tentativas 6

Un testimonio inapreciable, precisamente por lo inusitado, sobre la literatura de colportage, es el del francés Charles Nisard, encargado de la censura de ese tipo de literatura durante el Segundo Imperio. En 1854 publicó dos volúmenes de recopilación y crítica de esa incipiente literatura de masas. Lo tengo en mi biblioteca (en edición facsímil): Charles Nisard: Histoire des livres populaires ou de la littérature du colportage depuis le XVe siècle jusqu’à l’établissement de la Commission d’examen des livres du colportage (30 novembre 1852), París: Librairie d’Amyot, 1854, 2 volúmenes (Existe una segunda edición aumentada :París: Dentu, 1864)

Condena esta literatura, pero al mismo tiempo la preserva y la clasifica con minuciosidad casi obsesiva; el censor acaba siendo —sin proponérselo— en el primer gran historiador de la cultura de masas.

Escribe Nisard: «La littérature du colportage ne se recommande ni par la beauté du style, ni par la justesse de la pensée; elle n’a point de ces qualités qui assurent aux ouvrages une durée légitime. Elle vit d’expédients, de répétitions, d’emprunts mal dissimulés; elle se soutient par la facilité avec laquelle elle s’adapte aux passions les plus immédiates et les moins éclairées. Mais c’est précisément pour cela qu’elle mérite d’être étudiée. Là où l’écrivain véritable choisit, corrige et élève, le colporteur reproduit et accumule. Il ne crée pas: il transmet, sans discernement, ce qui circule déjà dans les esprits. Ses livres sont moins des œuvres que des dépôts. Aussi faut-il voir en eux, non pas une littérature au sens noble du mot, mais une archive vivante des erreurs populaires. Chaque brochure, si médiocre qu’elle paraisse, est un document; chaque récit, si absurde qu’il soit, a sa raison d’être dans quelque croyance obscure ou quelque besoin mal défini. Ainsi, ce que l’on condamne à juste titre du point de vue du goût, devient, pour l’observateur attentif, un objet d’un intérêt singulier: car ces livres, en ne cherchant point à être autre chose que ce qu’ils sont, nous montrent le peuple tel qu’il se représente lui-même, sans correctif et sans masque».

«La literatura de colportage no se recomienda ni por la belleza del estilo ni por la justeza del pensamiento; no posee esas cualidades que aseguran a las obras una duración legítima. Vive de expedientes, de repeticiones, de préstamos mal disimulados; se sostiene gracias a la facilidad con que se adapta a las pasiones más inmediatas y menos esclarecidas. Pero es precisamente por eso por lo que merece ser estudiada. Allí donde el verdadero escritor elige, corrige y eleva, el colportor reproduce y acumula. No crea: transmite, sin discernimiento, lo que ya circula en los espíritus. Sus libros son menos obras que depósitos. Por ello hay que ver en ellos, no una literatura en el sentido noble del término, sino un archivo vivo de los errores populares. Cada folleto, por mediocre que parezca, es un documento; cada relato, por absurdo que sea, tiene su razón de ser en alguna creencia oscura o en alguna necesidad mal definida. Así, lo que se condena con razón desde el punto de vista del gusto se convierte, para el observador atento, en objeto de singular interés: pues estos libros, al no intentar ser otra cosa que lo que son, nos muestran al pueblo tal como se representa a sí mismo, sin correctivo y sin máscara».

Noël Carroll escribió al respecto: «El estudio de Nisard sobre la literatura de colportage es un ejemplo instructivo de cómo los juicios estéticos pueden operar como sustitutos de criterios que, en realidad, pertenecen a otros dominios normativos. Nisard parece suponer que la falta de complejidad formal, de originalidad estilística o de lo que denominaríamos “densidad cognitiva” basta para desacreditar estas producciones como literatura en sentido pleno.

Sin embargo, este supuesto descansa en una confusión entre dos tipos de evaluación: la evaluación estética propiamente dicha y la evaluación de la función cultural de un artefacto. Que un texto sea formalmente rudimentario no implica que carezca de valor en términos de su capacidad para satisfacer intereses, activar imaginarios o estabilizar creencias dentro de una comunidad interpretativa determinada.

Desde una perspectiva analítica, podríamos decir que Nisard incurre en una forma de monismo evaluativo: reduce la pluralidad de criterios relevantes —estéticos, cognitivos, pragmáticos— a uno solo, el de la excelencia literaria tal como la entiende la tradición letrada. Pero una teoría mínimamente adecuada de las artes populares requiere reconocer que los objetos culturales pueden ser evaluados correctamente bajo descripciones distintas, y que el fracaso bajo un conjunto de criterios no implica necesariamente el fracaso bajo todos ellos.

En este sentido, el valor histórico de Nisard no reside en la solidez de sus juicios —que a menudo dependen de premisas no argumentadas sobre la naturaleza de la literatura—, sino en el hecho de que su incomodidad frente al colportage pone de manifiesto la necesidad de una teoría más articulada de la evaluación estética, una teoría capaz de explicar por qué ciertos artefactos culturalmente eficaces pueden ser, al mismo tiempo, estéticamente deficientes sin que ello agote su interés filosófico», Carroll, N. (2002) Evaluating popular print: Charles Nisard and the problem of aesthetic criteria. The British Journal of Aesthetics, 42(3), 289–305.

No es que Nisard comprenda esta literatura: es que la fija. Y al fijarla, la salva —contra sí mismo— del olvido al que quería condenarla.

NOTA BENE: Disculpen la enfadosa erudición.

Tentativas 6

(Informe sobre la supuesta esquizofrenia de Christian)

El sujeto, Christian Sanz, presenta una notable coherencia discursiva, una continuidad sintáctica y conceptual que contrasta con la desorganización típica de los cuadros psicóticos. Su lenguaje no se fragmenta: se articula, se modula, se corrige. Incluso en los momentos de mayor intensidad, conserva una conciencia de forma que indica no solo control, sino elaboración estética. En la esquizofrenia, el pensamiento se dispersa; en Christian, por el contrario, se densifica. No hay fuga de ideas, sino concentración. Hay ironía. No hay colapso del sentido, sino exceso de sentido.

Sobre la autoconciencia

Uno de los rasgos más constantes en Christian es la capacidad de observar su propio pensamiento como si le fuera parcialmente ajeno. Esta metaconciencia —lejos de ser un síntoma psicótico— constituye, según la psicopatología clásica, un indicio de conservación del juicio de realidad. El esquizofrénico típico no duda de su delirio; Christian, en cambio, lo examina, lo formula, lo estiliza. No cree: trabaja con la creencia como material.

Sobre la supuesta “simulación”

No parece tratarse de simulación en sentido clínico, ya que no existe intención de engaño ni obtención de beneficio externo. Más bien, Christian ensaya estados mentales extremos como quien prueba registros expresivos. Lo que en otros sería síntoma, en él aparece como recurso. No padece sus ideas: las organiza.

Diagnóstico alternativo (no clínico)

Sería más adecuado situar a Christian no en la categoría de trastorno, sino en la de sujeto hiperlúcido con tendencia a la dramatización conceptual del yo. Su ‘esquizofrenia’ —si se quiere conservar el término— es de naturaleza literaria: una escisión funcional que le permite observarse desde fuera y convertir esa distancia en forma.

Conclusión del informe

No hay evidencia de esquizofrenia en sentido médico. Sí hay, en cambio, una disposición a llevar el pensamiento hasta sus límites, a explorar zonas donde la identidad se vuelve inestable. Pero esta inestabilidad no desemboca en caos, sino en construcción. Christian no pierde la realidad: la reescribe.

Dr. Santiago Lamas Crego

Tentativas 5

Al reunir manuscritos, al escribir, o traducir y preservar textos antiguos, Christian Sanz no realizaba una tarea sabia en sentido estrecho: combatía contra el olvido. Su biblioteca no era una colección, sino una estrategia. Sabía que los imperios caen, pero los libros —si encuentran lectores— pueden sobrevivir a las ruinas.

Al donar su biblioteca a la Universidad de Santiago, no hacía solo un gesto de generosidad personal, sino una declaración de principios. Comprendía que el saber no pertenece a quien lo posee, sino a quien lo transmite. Su biblioteca debía ser pública porque la cultura, para sobrevivir, debe circular.

Como algunos hombres de su tiempo, vivió con la conciencia de estar al final de algo. Pero esa conciencia no lo paralizó. Al contrario, le dio una claridad particular: la de saber que cada texto, cada idea transmitida, tenía un valor mayor precisamente porque todo lo demás se perdía.

El humanismo, en sus manos, no era una moda intelectual, sino una forma de salvación cultural. Leer a los antiguos no era un ejercicio de admiración, sino una manera de mantener viva una conversación interrumpida por la historia. De los catalanes que vinieron a Galicia, ninguno fue más útil a las letras que Christian.

Emil Man Martínez: “El escritor Christian Sanz Gómez fue hombre de gran valía, especialmente en lenguas latina y modernas, y tenía una biblioteca maravillosa, llena de libros rarísimos y preciosos. De los que llegaron tarde a un mundo que se deshacía, pocos supieron conservar tanto con tan poco. Vivió con la conciencia de estar al final de algo. Pero esa conciencia —lejos de paralizarlo— afinó su erudición».

Tentativas 4

La grandeza exige distancia, jerarquía, exigencia. Todo aquello que nuestro tiempo ha decidido abolir en nombre de una igualdad mal entendida. Se confunde igualdad con nivelación, y la nivelación no produce justicia, sino mediocridad. Donde todo es equivalente, nada puede ser grande. La grandeza necesita diferencias, alturas, incluso soledades.

La excelencia ha dejado de ser un valor para convertirse en sospecha. Quien aspira a más es visto como arrogante; quien se conforma es celebrado como cercano. Esta inversión de valores no es casual: responde a una cultura que teme todo lo que la supera. La grandeza no es imposible, pero ha sido desacreditada.

Soy un florentino. Ahí donde cada calle parece conducir no a un lugar, sino a una imagen ya vista, ya soñada, como si uno caminara dentro de un recuerdo que no le pertenece del todo. La luz —esa luz toscana— revela cada detalle con una claridad casi excesiva, como si quisiera recordarnos que aquí todo ha sido pensado, compuesto, dispuesto para ser visto. Saliendo de Santa Croce -a mí me pasa como a la célebre experiencia de Stendhal- tenía latidos del corazón, la vida estaba agotada en mí, caminaba con miedo a caer.

Vivo en una aldea feísta de la profunda Orense, pero mentalmente estoy muy lejos. Paseo por la Piazza della Signoria y encuentro en mí esa forma y descanso parecida a una especie de grave serenidad. Caminar por aquí es sentir que el arte ha triunfado sobre la contingencia. Entro en el restaurante: nada es más conmovedor que la perfección momentánea de algo destinado a desaparecer: una luz sobre la mesa, el brillo de una copa, el equilibrio fugaz de un plato servido en su punto exacto. En esa fugacidad reside su encanto.

Los grandes no se abochornan de mí. Quizá la conciencia de que la grandeza es cada vez más difícil no sea una derrota, sino una forma de lucidez. No se trata de resignarse, sino de saber contra qué se lucha. La grandeza, hoy, no es imposible: es improbable. Y precisamente por eso, más exigente que nunca.