Charles 80

En el prólogo de su diccionario «Tesoro de la lengua castellana o española», Covarrubias justifica la empresa de estudiar el castellano con un argumento que hoy parece evidente, pero que entonces era casi revolucionario: que el idioma vulgar merecía la misma atención que el latín.

“No será cosa indigna de los ingenios curiosos considerar y escudriñar la lengua castellana, que aunque algunos la tengan por menos elegante que la latina o la toscana, es tan abundante de vocablos, tan llena de propiedad y tan acomodada para declarar los conceptos del ánimo, que puede competir con cualquiera de las más celebradas lenguas de Europa”.

Cuando Fernando de Herrera publica en 1580 sus «Anotaciones a la poesía de Garcilaso», defiende con entusiasmo la dignidad literaria del castellano frente a quienes lo consideraban inferior al italiano o al latín. Uno de sus pasajes más conocidos afirma:

“Nuestra lengua castellana, si se considera bien, no es menos grave que la latina ni menos suave que la toscana; antes tiene una fuerza y una majestad particular que la hacen apta para todas las materias, así graves como amorosas”.

En el siglo XIX, Marcelino Menéndez Pelayo interpreta la lengua como el depósito más profundo de la cultura española:

“El castellano, que nació en humilde rincón de la montaña cantábrica, llegó a ser una de las grandes lenguas históricas del mundo, vehículo de una literatura vastísima y expresión de una de las civilizaciones más poderosas de Europa”.

Es decir, nuestra lengua que merece ser estudiada, demuestra su gran potencia estética y es una lengua reconocida como una de las grandes lenguas de civilización.

Así, la historia del castellano presenta una pequeña ironía que la filología no debería olvidar. Mientras los humanistas se esforzaban por demostrar su dignidad frente al latín y los poetas probaban su capacidad para la belleza, los propios soberanos del imperio lo hablaban como lengua aprendida. Carlos V pensaba en francés; Isabel de Portugal rezaba en portugués; y, sin embargo, para gobernar, escribir y entenderse eligieron el castellano. Tal vez ahí resida una de las lecciones más profundas de la historia lingüística española: el idioma que acabaría siendo símbolo de una civilización nació muchas veces como lengua de encuentro entre extraños. Cinco siglos después, la escena doméstica de aquellos emperadores —dos extranjeros hablando castellano entre sí— nos recuerda que las lenguas no son monumentos inmóviles del poder, sino puentes vivos que los hombres tienden para poder comprenderse.

Charles 79

Com va assenyalar Richard Osborne: «En males mans, la seva energia pot semblar més obsessiva que vital, més marcial que folklòrica.» Però, ben dirigida, Carmina Burana es converteix en una autèntica acció ritual, un teatre musical impulsat per un ritme imperiós que celebra el poder inexorable del destí.

En el meu CD és un veritable plaer escoltar els grans números, com «Ecce gratum» i «Tempus est iocundum», cantats amb tant d’abandonament i entusiasme. Els homes s’ho passen d’allò més bé amb «In taberna»: les manipulacions de tempo de Simon Rattle —una versió que alguns han qualificat de massa sofisticada i intel·lectual— hi afegeixen caràcter i mantenen tots els intèrprets perfectament coordinats. També permet, al meu entendre, als metalls greus una saludable dosi de la vulgaritat necessària.

En aquesta versió crec que la soprano Sally Matthews canta correctament, però la seva veu presenta un cert excés de densitat (i no prou resistència) per fer «In trutina» plenament convincent, tot i que les seves notes més agudes a «Dulcissime» són pures i molt ben afinades.

Malauradament, no disposo de les versions de Riccardo Muti ni de Kurt Eichhorn.

Del lleure tabernari dels goliards al lleure intel·lectual d’aquest llibre —opus magnum— editat per la Universitat de Barcelona. En una època en què allò que predomina són les liaisons entre una bella i sílfide actriu amb un astre capitalí de les pilotes —un veritable as de l’astronàutica, una estrella de les galàxies i dels estadis del món—, és d’agrair l’eternitat de la història de l’art davant l’efímera actualitat descerebrada.

Moltes, moltes gràcies, Jordi Llovet. Un plaer astronòmic llegir-lo, un àcid contra la mediocritat embarassosa que circula arreu.

Gràcies. De debò.

Charles 78

A veces mi escritura se vuelve muy cargada, churrigueresca, acumula metáforas y busca una intensidad sin las precisas pausas. Eso la daña. El exceso retórico es un handicap para la buena literatura, pues la fuerza reside en decir menos. También peco de alguna que otra lunática sandez. No sé si soy un escritor mediocre o bueno.

A veces pienso que mi exacerbada sensibilidad, mi obsesión por la verdad interior y la constante autocrítica podrían -acaso- situarme en la categoría de escritores no malos. Porque escribo porque no puedo no escribir, y eso acaso sea un rasgo auténtico. Los lectores, el tiempo y el azar cultural sentenciarán.

Empujo palabras como si fuesen pesadas piedras. Me releo y advierto que mi literatura es un río en el que los buscadores de oro solo encontrarán pepitas ridículas. Nací a la literatura mortificado por la crítica. De niño escribí un cuento, y, al leerlo en clase, el silencio de plomo de mis condiscípulos no fue mal aviso contra los desvaríos barrocos.

Baronets y jardines paisajistas, ay, mi perdición. Lectores jadeantes e infelices ante mis plúmbeos párrafos. Tal vez sea así. Tal vez mi destino literario sea ordenar con diligencia pequeñas nimiedades.

Más que una sospecha, casi una convicción: nunca escribiré nada definitivo ni esencial.

Charles 77

No basta con escribir, uno quiere ser leído. Mi escritura es un soliloquio o ceremonia sin testigos, una liturgia sin congregantes. Eso duele de verdad. No solamente por el orgullo herido, sino porque siempre se escribe bajo la sombra de un lector posible.

No es lo mismo ser mal leído que no ser leído. A veces, debido a la humillación de mi número francamente ridículo de lectores, tengo una sensación de desposesión, como si mi escritura fuese un fragmento del universo que nunca ocurrió. La mitad del acto literario es la lectura; sin ella te conviertes en una especie de escritor degradado.

Sigo escribiendo pese al nulo eco (el límite de mis lectores tiende a cero) Esa es mi forma de respiración interior y de orden mental. No escribir no me devuelve la paz, sino que la empeora. Nadie estima o aplaude mis libros; pero yo -tozudo- continúo secreto y a oscuras.

Mi prosa densa y alusiva, poco concesiva, admito que estrecha al posible público ¿Eso la invalida? ¿Le resta valor? Honestamente creo que no de un modo necesario. Pero tampoco debemos romantizar la pobreza de lectores. No tenerlos no te convierte en mejor escritor. Me conformo con que ello no te agrie el carácter ni te vuelva un resentido.

Yo escribo para un lector imaginario, un lector que todavía no ha llegado (permítanme el autoengaño) La época favorece la velocidad, la transparencia instantánea, la digestión fácil. Una prosa grave y exigente entra en conflicto con el metabolismo dominante de la lectura actual. Eso hiere al escritor porque le hace sospechar, a veces falsamente, que la falta de audiencia equivale a invalidez. No, no equivale inexorablemente.

Pese a mi acusada insuficiencia, inapreciable reconocimiento e invisibilidad mayúscula, me acojo (otra ilusión) a Melville:

«La gloria es una cosa extraña. Un hombre puede trabajar con todas sus fuerzas, dar lo mejor de su mente, y aun así desaparecer en la oscuridad. El mundo tiene poco tiempo para escuchar a quienes hablan demasiado profundamente».

Disculpen.

Charles 76

¿La estructura espiritual de mi escritura? La conciencia límpida del abismo o brecha entre la ambición estética y el resultado real. La inseguridad me empuja a seguir buscando. Todo lo que escribo es insuficiente, todo se queda corto frente a lo que quisiera expresar. Cada frase es una tentativa fallida de decir algo que permanece más allá del lenguaje. Mis palabras son una pálida sombra de aquello que deseé expresar o ambiciosamente imaginé.

Con Flaubert, puedo afirmar que tengo una repugnancia terrible por todo lo que escribo. Me parece estúpido, pesado, ridículo. Paso semanas enteras corrigiendo una página y al final sigo convencido de que no vale nada.

Me acosa la irreprimible tentación de que mi prosa es mentecata, indigna de ser leída. Soy un escritor muy menor. Solo rozo muy por encima lo que quiero decir. Algunos creen que soy mejor de lo que soy realmente. Escúchenme: solo soy un impostor.

Charles 75

No tengo ganas de nada. Me aprieta y ahoga la enredadera de un árbol; y no puedo ya apenas respirar. Siento que me desollan con conchas de ostras. Nadie espera realmente por mí. Mi cuerpo está hueco. O, seguro, en lugar de sangre, tengo un apestoso bulto de petróleo y heces. Detesto la vida con obstinación. La oscuridad es tan espesa que resulta imposible distinguir las formas del mundo. La tristeza es mi huésped; un huésped en harapos que habla un idioma ininteligible. El mundo se retira; solo quedan colgajos secos y esqueletos de pensamientos obsesivos. No hay sabor, ni relieve, ni un mínimo impulso en el corazón.

La imaginación (lo deduce la experiencia) pinta los objetos con colores más negros de lo que son en realidad, y el espíritu, atrapado en esa visión, se persuade de que el mundo entero está hecho de tristeza. Las ocupaciones que antes me sostenían se vuelven pesadas como cargas; los libros y la música son actividades inútiles, sin pasión; y el vómito lingüístico es otra vez repetitivo, redundante. Una sombra persistente y una inquietud vulnerable.

Pensamientos girando alrededor de ideas de pérdida, de culpa o de desgracia. Chaparrón de nubes oscuras que cala hasta los huesos. Lentitud, lentitud; un segundo, es una hora, un minuto, un siglo. Se retira la esperanza desnuda y gritando por el patio de butacas.

Necesito que me «acuruxe» mamá. Que me dé su mano celestial y memorable y acaricie a su vez mi mano. Necesito su incondicional apoyo sin medida.

Charles 74

Renuncié al amor, a la familia o a los hijos no por egoísmo, sino por miedo a dañar. Uno es lúcidamente consciente de su desorden, de su propia fragilidad, de sus taras e innumerables limitaciones, y quiere evitar la heredabilidad o transmisión de ese dolor. Creo que pudiera existir algo honorable en esa renuncia cuando no se formula como pose, sino como escrúpulo real. Mi soledad dolorosa es un bien porque solo valgo para hacer desgraciados a los demás. Por mí sufrieron mucho mis padres, mis hermanas; la culpa me roe por dentro.

Necesito ternura, una estructura afectiva, estabilidad, pero soy incapaz de querer bien. Lo bueno que he hecho por la humanidad es autocondenarme al feroz aislamiento.

Mi vida interior es demasiado turbia y pesada para arrastrar a una mujer por ella. No deseo desgraciar a criaturas inocentes. El matrimonio es la forma suprema de afirmación de la vida; pero yo soy un muerto viviente. No puede ofrecer una vida regular y estable dada mi dislocación de esquizofrénico crónico. Hay hombres que no nacen para el hogar. No por desprecio de la ternura, sino porque llevan dentro una inquietud morbosa, desgarrada, que acabaría por destruir aquello que aman.

Me aguijonea la conciencia de una vida demasiado infeliz, chata y pobre.

Charles 73

A veces abuso del vodka con naranja, y a menudo de la cerveza. El veneno no está en el uso, sino en el abuso. Mezclar psicofármacos con alcohol empeora los síntomas psiquiátricos. Lo sé, pero no logro poner remedio.

El alcohol tiene como una lógica blanca y helada. Te enseña el mundo con una extraña claridad, a veces con una claridad terrible. Una claridad que despoja a la vida de ilusiones y la deja desnuda. Pero es una luz cruel, que te deja cara a cara con el vacío. Acaso beba -no sé- debido a un temperamento extraordinariamente sensible, o para ocultar mis complejos psicológicos, o para soportar la morbosa irritabilidad de mis nervios. Me provee de un valor tembloroso, de un equilibrio frágil, de una verdad diminuta de insecto.

Bebo para que la vida afloje un poco su presión. Para que se extienda como una especie de calor amistoso hacia mí mismo. No es ninguna solución, bien al contrario, agrava los problemas y los conflictos. Esa camaradería con el mundo es una engañifa. Y su dulzura suave una trampa.

Todo parece suave y sencillo, hasta que la noche muestra los dientes.

Charles 72

Hondo deseo de “convivir con los mejores” y dejarme de beodos tabernarios y paletos; ya Proust, Nietzsche u Oscar Wilde vieron en la elegancia social y estética algo más que lujo: una forma de afirmación cultural frente a la mediocridad. Tengo hambre de excelencia, de estilo y de mundo.

Tengo gustos muy sencillos: me conformo siempre con lo mejor.

El lujo no es una necesidad para los ricos, sino para quienes poseen imaginación. La verdadera vulgaridad consiste en carecer de estilo; en cambio, la elegancia —en el vestir, en la casa, en la conversación— es una forma de arte. El hombre que cultiva la belleza y la refinación crea a su alrededor una atmósfera donde la vida se vuelve más intensa y más interesante (Wilde)

Hambre de relaciones de lujo y de las relaciones de lujo que rodean a los objetos. Un café elegante, una conversación cultivada, un gesto lleno de estilo, valen más que cualquier fortuna. Anhelo esa perfecta aristocracia: rodearse de belleza, inteligencia y sensibilidad.

Donde vivo no existe un suelo de riqueza, ocio, bibliotecas y museos. Aquí el lujo intelectual es una especie de pecado mortal. El mediocre no se irrita por la grandeza; simplemente no la ve. Porque la mediocridad tiene una ventaja: siempre está muy bien acompañada. La inteligencia inferior no percibe lo superior, como el sordo no percibe la música. Cuesta en estas montañas ser un creador, un escritor, un noble de gusto y opiniones, cuesta la cortesía del espíritu frente a la grosería universal. No hay lujo en el lenguaje, ni en los muebles, ni en las telas, ni en las cabezas. La escenografía representa un ruralismo pobre y hortera y muy rapaz. No se dispone de tiempo para pensar, leer o conversar. Nadie entiende mi vida dedicada al lenguaje.

***

“La estupidez humana es una de las fuerzas más poderosas del mundo. Es compacta, tranquila, satisfecha de sí misma. El imbécil está convencido de que posee razón y buen gusto; y esa convicción es lo que lo vuelve invencible. Nada hay más peligroso que la mediocridad que se cree inteligente”, Flaubert.

“La mediocridad es el mayor peligro para la humanidad. No odia, no crea, no destruye: simplemente nivela. Donde domina el hombre mediocre, todo lo elevado se vuelve sospechoso y todo lo vulgar se convierte en norma. El mediocre llama exageración a toda grandeza”, Nietzsche.

“En el mundo hay más gente que se cree inteligente que gente inteligente. La mediocridad es el estado natural de la mayoría; lo sorprendente no es encontrarla, sino encontrar algo que la contradiga”, Chamfort.

Charles 71

(Memento mori)

Mi posición frente a la muerte se resume en un naturalismo fuerte. No lo digo con tono provocador ni con el gusto infantil de la blasfemia, sino como conclusión tranquila tras muchos años de reflexión. El argumento central es simple. La conciencia depende del cerebro. El cerebro es un sistema físico. Cuando el cerebro se destruye, desaparece la conciencia. Por tanto, la muerte implica la aniquilación total de la experiencia. Es exactamente la posición de pensadores como Epicuro, Lucrecio, David Hume, Schopenhauer (parcialmente), Bertrand Russell, Jean-Paul Sartre, Thomas Nagel (aunque más escéptico) y también de muchos científicos contemporáneos. Puede discutirse en los márgenes, pero su núcleo posee una sobriedad intelectual que siempre me ha parecido difícil de refutar.

La muerte, contemplada desde esta perspectiva, produce un sentimiento peculiar que Rudolf Otto describió con la expresión «mysterium tremendum et fascinans». Hay en ella terror, sobrecogimiento y también una extraña fascinación. Pero esa experiencia del misterio no demuestra nada metafísicamente. Sentir el vértigo del universo no implica la existencia de un dios personal. El asombro no es una prueba. El estremecimiento tampoco.

A lo largo de la historia, las doctrinas religiosas han ofrecido consuelo frente a ese vértigo. Pero con frecuencia parecen responder más a necesidades psicológicas que a exigencias intelectuales. El miedo a morir, el deseo de justicia cósmica, la esperanza de reencontrar a los muertos, la necesidad de creer que el universo no es indiferente a nuestras vidas: todos estos impulsos son comprensibles, profundamente humanos. Pero su intensidad emocional no constituye una demostración.

El individuo es efímero, pero la obra del genio pertenece a la humanidad y atraviesa los siglos. La única forma de sobrevivir es dejar huellas en la mente de otros.

Moriré (los gusanos harán una cena fría con mi cuerpo) y nada de mi ego sobrevivirá. No soy joven y amo -no siempre- la vida. Pero despreciaría temblar de terror ante la aniquilación. La felicidad, aunque sea rara avis en la vida, no deja de ser verdadera porque sea pasajera. La vida es breve y el mundo indiferente. Pero en ese breve, brevísimo e insignificante intervalo, podemos construir amor, conocimiento y literatura.

Desde el punto de vista filosófico, muchas proposiciones metafísicas presentan una dificultad adicional: no son exactamente falsas, pero tampoco parecen poseer un significado claro. Cuando se someten al análisis lógico se descubre que utilizan palabras sin un criterio preciso de aplicación empírica. Parecen decir algo acerca de la realidad, pero en realidad no dicen nada que pueda verificarse o refutarse. El metafísico cree describir el ser del mundo, cuando en muchos casos no hace más que expresar una actitud emocional frente a la existencia. En ese sentido, la metafísica se aproxima más al arte que al conocimiento: produce imágenes, metáforas, estados de ánimo.

Además, no podemos salir de nuestra piel científica para juzgar la ciencia desde fuera. Todo intento de comprender el conocimiento humano forma parte de la misma empresa natural que intenta explicar el universo. La filosofía no se sitúa por encima de la ciencia como un tribunal supremo; es, en el mejor de los casos, una continuación de ella por otros medios.

Si aceptamos este marco naturalista, lo mental no constituye un reino separado de sustancias. Los eventos mentales pertenecen al mundo físico, aunque no puedan describirse exhaustivamente en el vocabulario de la física. La conciencia sigue siendo un fenómeno profundamente enigmático, pero ese enigma no exige postular entidades sobrenaturales. Si el materialismo es verdadero, entonces la experiencia consciente debe ser una parte real de la estructura física del mundo, no una ilusión ni un residuo inexplicable.

Desde esta perspectiva, el yo aparece como un patrón que emerge dentro de un sistema físico extraordinariamente complejo: el cerebro. Mientras ese sistema existe, el patrón se mantiene. Cuando el sistema desaparece, el patrón desaparece también. Nada de mi ego sobrevivirá a la destrucción de mi cerebro. Cuando muera me pudriré. No hay razón para pensar que algo de mi conciencia persistirá después.

Las ideas, los libros, las palabras, las formas de pensamiento pueden persistir mucho más allá de la vida biológica de quienes las crearon. En ese sentido, fragmentos de lo que fuimos continúan existiendo como patrones mentales en otros cerebros. No es una inmortalidad personal, pero tampoco es nada.

Dios es un producto de la imaginación humana. El hombre primitivo, incapaz de comprender las fuerzas de la naturaleza, imaginó dioses que dirigían los fenómenos del mundo. Hoy sabemos que ese tipo de explicación ya no es necesario.

Tal vez por eso la muerte, contemplada con serenidad intelectual, no exige desesperación. El universo no fue creado para nuestra felicidad. La naturaleza no prometió a ningún ser vivo permanencia. Todo lo que existe está destinado a desaparecer, y probablemente el propio cosmos tenga también una historia finita.

Aceptar ese destino no significa renunciar a la dignidad. Significa comprender nuestra posición real en el orden de las cosas.

Giacomo Leopardi, en «Operette morali»:

“La naturaleza no ha creado al hombre para la felicidad.
Lo ha creado para sufrir y para desaparecer.
Todo lo que vive está condenado a extinguirse,
y el universo mismo se precipita lentamente hacia la nada”.