SOLAPA INTERIOR «AD HOMINEM»

Solapa interior «Ad hominem»

Christian Sanz estudió Ciencias y Letras, donde cosechó no pocas Matrículas de Honor. Pecado menor. Hoy su vida se reduce deliberadamente a lo esencial: leer, estudiar y escribir como forma de vida.

«He consagrado mi vida al ocio honesto. No ambiciono cargos ni honores; me basta con tener tiempo para leer, para escribir y para conversar conmigo mismo. Mi biblioteca es mi reino, y en ella ejerzo una soberanía tranquila. No he hecho nada más útil que retirarme a mí mismo. Si mi vida tiene dignidad, se la debe a esta elección», Montaigne, «Ensayos», III.

«La lectura y la escritura no son actividades suplementarias de la vida; son la vida misma cuando se ha elegido vivir en profundidad. Todo lo demás es distracción. Un hombre que lee y escribe con seriedad no se evade del mundo: lo habita de un modo más exacto y más intenso», Proust, «Sobre la lectura».

Así culmina mi vida. Les deseo lo mejor.

CONTRATAPA «AD HOMINEM»

Contratapa «Ad hominem»

El autor recibió de los hombres un trato áspero, desdeñoso, cuando no abiertamente hostil, que no devolvió. Sus respuestas fueron la cortesía, las formas y la caballerosidad, que, por contraste, acusaban la impiedad recibida.

El autor vivió siempre en una especie de segundo plano de la realidad. Los hombres le parecían lejanos, como vistos a través de un vidrio opaco. No los odiaba; simplemente no sabía vivir entre ellos. Su verdadera patria fue siempre interior, un territorio hecho de símbolos, melodías y palabras. La sociedad expulsa a quienes callan de un modo distinto.

Siempre vivió al margen, no por desprecio hacia los hombres, sino por delicadeza. Estar demasiado cerca le hería. Prefirió las afueras, los paseos solitarios, las habitaciones pequeñas. Desde allí escribía con modestia, con cuidado, con una cortesía que el mundo no entiende, pero que le permitía seguir existiendo.

Hieronymus Silvanus Aretinus, «De vita secreta», Florentiae, saec. XVI: “Extra turbam vixi non misanthropia, sed cura formae. Cum alii asperitate uterentur, ego urbanitatem servavi, sciens mores esse ultimum hominis refugium. In latebra mansisse non fuga fuit, sed iudicium.”

Donde otros embisten, el autor se retira a sus apacibles cuarteles de invierno.

Salud y libertad.

Tu quoque 107. Postscriptum

Ayer, de madrugada, concluí mi libro. Ahora nieva. La nieve produce una suspensión en el espacio-tiempo. Bajo su manto, la voluntad se enfría, las pasiones se aplacan, y la conciencia aprende a esperar. No es muerte, sino una pausa severa. En ese clima, la obra comprende que ha llegado a su límite y que prolongarla sería una forma de hybris.

La ciudad, bajo la nieve, pierde su insolencia. Las avenidas se vuelven discretas, los palacios modestos, y la ciudad parece pedir silencio. En esa blancura, el paseante tiene la impresión de que la ciudad fue hecha solo para él. Caminar bajo la nieve es como moverse dentro de un pensamiento que decidió detenerse. Las calles, habitualmente ruidosas y ásperas, parecen haber sido domesticadas. Los pasos resuenan con timidez, como si nadie quisiera perturbar aquella tregua. Manresa, bajo la nieve, parece por un instante menos cruel, menos apresurada, como si hubiera olvidado su descalabro habitual.

La nieve simplifica el mundo para que podamos volver a mirarlo. Reduce las opciones, calma el impulso de añadir, enseña a aceptar lo suficiente. En un paisaje nevado, todo parece ya escrito. La nieve cubre lo que está dicho, sin borrarlo. Atenúa el deseo de añadir. Enfría la tentación de prolongar. Y ese callar —blanco, leve, exacto— es una forma alta de final.

Agradezco a los dioses el símbolo.

Tu quoque 106

«Un escritor es verdaderamente maduro cuando deja de escribir para demostrar algo y empieza a escribir para decir exactamente lo que ve, aunque eso no agrade, aunque no sea brillante, aunque no sea nuevo. La juventud literaria busca efectos; la madurez busca precisión. No se trata de tener más ideas, sino de eliminar las falsas. La obra madura no añade: descarta», Proust. Y Borges: «He sospechado que la madurez literaria consiste en aceptar una voz y renunciar a todas las demás. El escritor joven imita, prueba, exagera. El escritor maduro reconoce sus límites y los convierte en estilo. No hay mayor madurez que escribir con naturalidad aquello que uno ya no puede dejar de ser».

Concluyo aquí mi octavo libro «Ad hominem». Un libro está terminado cuando añadir algo ya no lo mejora. El momento de detenerse es técnico y ético. Corregir no es continuar: es limpiar. La obra acabada pide silencio, no expansión.Hay un instante en que el libro deja de crecer y empieza a repetirse. El escritor que no percibe ese umbral cae en la hipertrofia. La obra concluida no exige nuevos capítulos, sino reposo, distancia, una última mirada fría. El verdadero final no es un acto creativo, sino un acto de renuncia.

Lo que queda ahora no es escritura, sino pulido, última limpieza de las lentes. La obra ha terminado. Toca pulir y repulir. Toca leer (se me amontonan lecturas pendientes) Fue un libro que me divertí escribiendo. Saludos. Vale.

Tu quoque 105

Durante años escribí versos porque escuchaba algo que no sabría explicar. No era una idea, era un ritmo, una presión o una melodía musical interior. Un día esa música se retiró. Comprendí entonces que la poesía no depende de la voluntad. Cuando desaparece, el poeta no debe fingir ni buscarla vanamente. Yo elegí la prosa, porque escribir versos sin oír previamente esa música es una impostura. No dejé la poesía; fue la poesía la que me dejó a mí.

El poeta debe aceptar largos periodos de esterilidad como parte de su trabajo. A veces, el poema no vuelve jamás, y entonces hay que aprender a vivir sin él, como se vive después de un gran duelo. Esto es crucial: la poesía no siempre regresa. La poesía es un don intermitente, no un oficio estable, un don que puede huir definitivamente de ti.

Soy un ex-convicto de la poesía.

Tu quoque 104

Ser escritor es aceptar una vida de privaciones voluntarias. Escribir es una manera de vivir mal para poder escribir bien. Todo sacrificio es poco cuando se trata de alcanzar una frase justa y hermosa. El destino del escritor no es protegerse, sino transformar la vulnerabilidad en forma. Donde otros se rompen, el escritor escribe; no porque sea más fuerte, sino porque no tiene otra defensa, otro destino. El escritor no debe esperar recompensa alguna; ni dinero, ni fama, ni comprensión. Su única obligación es para con la obra, y su única dignidad consiste en no traicionarla.

Soy un escritor enfermo. El escritor enfermo vive demasiado cerca de la jauría de sus pensamientos. Todo se vuelve significativo, todo pesa, una película de alquitrán cubre los objetos. Todo te alude en un sistema autorreferencial obsesivo. Escribir es un gesto de arrogancia contra la enfermedad. Escribir ordena durante un tiempo, pero la lucidez, a veces, no concede descanso. El destino es resistir mientras se pueda.

No sé cuánto tiempo me queda de escritor en sus cabales. No sé cuánto tiempo me queda hasta que se rompa mi mente. El destino de un escritor como yo es pelear incluso contra las palabras, aunque al final pierda las batallas y las mismas palabras se conviertan en seres extraños.

Tu quoque 103

Los días de la infancia feliz no se distinguen en el momento de vivirlos; sólo mucho después, cuando la vida ha adquirido asperezas y pliegues, advertimos que allí se encontraba una reserva de dulzura que nos ha acompañado en secreto. Aquellas horas pasadas sin conciencia del tiempo, en la seguridad de ser amados, fueron quizá las únicas en que el alma descansó por completo. Más tarde, toda felicidad no será sino el eco —a veces deformado, a veces milagrosamente fiel— de aquella primera plenitud, escribió Proust en «Contre Sainte-Beuve».

Cuando pienso en mi infancia, pese a los electroshocks que borraron algunos momentos, no recuerdo tanto hechos como una sensación continua de bienestar, de confianza y regocijo hacia los hombres y la vida. Era feliz, indisputablemente feliz, no porque comprendiera el mundo, sino porque el mundo aún no me había exigido comprenderlo ni domeñarlo .Aquella felicidad sin análisis, sin esfuerzo, fue la base sobre la que más tarde pude soportar el dolor, la enfermedad y la culpa.

Cuando eres un niño feliz, el mundo no te ha roto todavía, y esa integridad se convierte en combustible. Todo lo que he hecho no ha sido sino un intento de volver a aquella sensación de asombro, de seguridad, de alegría. Las infancias felices no enseñan a huir del mundo, sino a amarlo.

Tu quoque 102

Queridos Reyes Magos:

Os pido La Loeb Classical Library, uno de los logros más perdurables de la filología editorial moderna. Cada volumen se caracteriza por su encuadernación en tela robusta, de color distintivo según lengua (verde para el griego, rojo para el latín), pensada no para el escaparate, sino para el uso continuado, casi escolar en el sentido noble del término. El papel, ligero pero resistente, permite una tipografía clara, de serifas clásicas, cuidadosamente equilibrada para sostener la doble página canónica: texto original enfrentado a la traducción inglesa literal, sin concesiones estilísticas superfluas. Son volúmenes hechos para durar décadas de consulta, para ser abiertos mil veces sin perder dignidad.

Os pido La Pléiade, ante todo, una estética moral del libro. Sus volúmenes, encuadernados en piel flexible, con lomos dorados en oro fino, se distinguen por el uso de papel biblia de altísima calidad, casi translúcido, que permite concentrar una obra completa —a menudo toda una vida literaria— en un solo tomo de densidad milagrosa. La tipografía es minúscula, pero soberanamente legible, diseñada para lectores pacientes, lectores que aceptan el pacto de la atención prolongada. El aparato crítico, sobrio y riguroso, se integra sin ostentación, como un murmullo erudito al margen del texto. Cada volumen de la Pléiade es un objeto de consagración, un libro que no se compra para leer una vez, sino para instalar definitivamente a un autor en la biblioteca y en la vida.

Os pido I Meridiani, que conjugan como pocas colecciones el equilibrio entre erudición y belleza material. Encuadernados en tela satinada, con sobrecubiertas ilustradas de gusto sobrio, estos volúmenes poseen una presencia física noble sin caer en la ostentación. El papel es cremoso, opaco, de excelente gramaje; la tipografía, amplia y respirada, favorece una lectura prolongada sin fatiga. El aparato crítico —introducciones extensas, cronologías, variantes textuales— se ofrece como hospitalidad intelectual. Son libros para lectores maduros, para bibliotecas que aspiran a una armonía clásica.

Os pido La Biblioteca Clásica Gredos, en el ámbito hispánico, sinónimo de fiabilidad filológica. Sus volúmenes, de formato sólido y reconocible, encuadernados con sobriedad académica, privilegian el contenido por encima de cualquier artificio decorativo. El papel, pensado para el estudio prolongado, acoge traducciones que se han vuelto canónicas, acompañadas de introducciones sustanciales y notas que esclarecen sin abrumar. Gredos no promete lujo, promete criterio; no seduce al coleccionista frívolo, sino al lector que desea comprender a fondo. Son libros que envejecen bien, que aceptan subrayados, fichas intercaladas, marcas de uso.

Os pido, finalmente, «Begriffsschrift», de Gottlob Frege, Oxford University Press. El libro que rompe definitivamente con Aristóteles y funda la lógica moderna. Tipografía severa, simbolismo bidimensional que parece grabado con buril. Y «Formale Logik», de Carnap, Springer. Papel honesto, ecuaciones limpias, prosa sin concesiones. Libro que no consuela, pero ordena. Os pido «Summulae Logicales», de Pedro Hispano, Editions Vrin. Manual escolástico por excelencia. Latín compacto, estructura diamantina. Lógica como disciplina moral.

Y os pido, ya por último, «De Stylo Cogitandi: Prosa, Ratio et Figura Mentis», de Aurelius Severinus Montaltus († incertus), Adelphi Edizioni, 2019. Y «Melancholia Logica: De Tristitia Formarum et Gaudio Ordinis», de Hieronymus Lugdunensis, Gallimard, 2024.

Deseando que se cumplan algunos de mis deseos, se despide cariñosamente de vosotros

Christian

Tu quoque 101

«El ciudadano medio no tiene acceso directo a los hechos complejos del mundo moderno. Vive en un pseudoentorno compuesto de rumores, imágenes simplificadas y narrativas fabricadas.

Pretender que tal ciudadano, desinformado por estructura, pueda decidir racionalmente sobre política internacional, economía o ciencia es una ilusión peligrosa. La democracia no falla por corrupción, sino por epistemología: exige a las personas juicios que exceden sus posibilidades cognitivas. El resultado no es autogobierno, sino gobierno de símbolos, de consignas y de quienes saben manipularlas.

El sufragio universal, cuando se ejerce sin educación, no es un instrumento de progreso, sino un mecanismo de estancamiento. No afirmo que solo los instruidos deban gobernar, pero sí que el voto del ignorante no puede valer lo mismo que el del informado. La igualdad política no exige que se ignore toda diferencia de capacidad; exige, por el contrario, que se aprovechen las capacidades para el bien común. Un pueblo que no sabe discernir entre un argumento y un eslogan, entre un demagogo y un estadista, se convierte en presa de quienes explotan sus pasiones. No es tiranía exigir competencia para participar en decisiones que afectan a todos; es una forma de responsabilidad.

La democracia otorga poder político a personas que son ignorantes, irracionales y profundamente sesgadas respecto a los asuntos públicos. No exigimos preparación para opinar sobre política, pero sí para conducir un coche o ejercer la medicina. Sin embargo, una decisión política equivocada puede causar más daño que un mal conductor. La epistocracia no es el gobierno de una élite social, sino el gobierno de los competentes, de aquellos que pueden demostrar un conocimiento básico de los hechos relevantes y un mínimo de razonamiento crítico. Excluir la ignorancia no es injusticia; es una obligación moral hacia quienes sufrirán las consecuencias de decisiones incompetentes», Arthur H. Wainbridge, «The Burden of Knowing: Notes Toward a Civic Aristocracy», Penguin Random House, Londres–Nueva York, 2020, p. 217.

Tu quoque 100

Tácito empuja al límite una posibilidad ya existente en el latín tardorrepublicano e imperial, a saber, decir mucho con muy poco. Su frase no se despliega, se contrae, se tensa; corta enlaces lógicos que el lector tiene que reconstruir; acumula sentido en sustantivos y giros que pesan como dictámenes. El efecto rítmico es singular; no es un fluir continuo, sino un avance a golpes, como si cada miembro de la oración fuese una pieza de hierro que encaja con chispazos. Por eso su musicalidad no es cantabile; es percusión seca, cadencia de sentencia, de veredicto.

Prefiero leer a Tácito, que votar o bien ver informativos chuscos sobre Venezuela.

Chesterton hace una comparación inolvidable: la frase de Ruskin no es larga por hinchazón, es larga como una flecha de arco largo; no dispara una varilla, dispara una lanza; y aun así “va ligera como un pájaro y recta como una bala”. La metáfora explica el ritmo: Ruskin sostiene largos periodos con energía continua, como un arco tensado; el lector siente una trayectoria: arranque, elevación, giro, caída final.

Me importa la prosa de Ruskin, no los mentecatos de Trump o Maduro.

Y me preocupa la tendencia general a la reducción de la longitud media de la frase desde el XVI hasta hoy, con variación leve según género, registro y lengua. En el siglo XVI una frase contenía entre 55 y 60 palabras, en el XVIII entre 35 y 40 palabras. En el siglo XXI la media de palabras por oración es entre 10 y 15. La prensa, y más adelante la comunicación electrónica, favorecen frases cada vez más cortas en aras de la rapidez de lectura.

Esto me importa, y no el teatrillo de monigotes político internacional.