Ad populum 20

Sonrisas cómplices ante un puñado de emociones banales; así funciona hoy la industria cultural. La lágrima fácil -esos ojos de aguamarina de bisutería- sustituye al conflicto y a la verdad. En los estantes prolifera la chatarra best-seller, las novelitas Arlequín (trochas a la sensiblería más acusada), conspiranoias, autoayuda y pseudociencia de sucio pie enarenado. El consumo rápido se ha vuelto la gramática obligatoria. No se deshojan las hiedras que alegraban la vejez de los balaustres.

A la vez crece la fascinación por lo exagerado, lo grotesco, lo artificioso, lo teatral: lo camp como refugio y lo kitsch como moral. La ornamentación desplaza a la forma; el tumulto, al pensamiento. Lo que antes era arduo, selectivo, reservado a minorías exigentes, ahora debe ser universal y fácil, accesible y “amable”, sometido a esa ley espeluznante que convierte en vulgar todo lo que toca ¡Que nadie se agobie!

En este panorama, Jordi Gracia sostiene -en su panfleto optimista «El intelectual melancólico»- que la crítica apocalíptica no describe el estado del mundo, sino solo el estado de ánimo del intelectual cansado. Que la cultura no se hunde, sino que se reconfigura. Y que todavía hay pensamiento complejo, investigación seria, literatura valiosa. Hemos perdido el centro, afirma en su tesis, pero no la existencia.

Llovet, al contrario, ve con claridad la mutilación institucional; la universidad transformada en un engranaje burocrático, hostil a la tradición; el arrinconamiento de las lenguas clásicas, de la filosofía, de la literatura; la cultura convertida en adorno, no en un fin. Y diagnostica -con una melancolía que no es debilidad, sino lucidez- la lenta muerte de las humanidades como horizonte compartido.

A mi juicio, Llovet acierta en lo esencial, en la descripción del retroceso del lector fuerte, en la degradación del ambiente cultural saturado de ruidos y nulo silencio, en la fractura de la continuidad. Pero Gracia acierta en otro plano: al recordarnos que lo que muere no es la cultura, sino su hegemonía; y que las humanidades, aunque expulsadas del centro, siguen vivas en fértiles márgenes.

Yo, que propendo muy naturalmente a la percepción de Llovet, no puedo permitirme la parálisis de la melancolía (quiero mi alma pimpante, flamante y oronda) Llovet me explica por qué sufro; Gracia, cómo seguir trabajando sin sucumbir al sufrimiento. Y todavía existen -pocos, pero reales- lectores raros, intensos, solitarios; editoriales de culto; profesores silenciosos y serios; alumnos aplicados; comunidades discretas que preservan la llama.

Todavía hay chavalería que se deja los ojos y el magro sueldo fatigando bibliotecas y librerías.

Permítanme, pues, un «bri d’esperança»: si la cultura perdió el mundo, que no nos olvide a nosotros.

Ad populum 19

He sido cagueta con los que me quisieron, temerario cuando no correspondía, y vanidoso (sin que se notara) y un ególatra invencible casi siempre. Tengo un talento literario muy perfectible, al igual que narcisistas o presumidas zonas ciegas, y también oscuros «fallados» llenos de ratas. Pero no soy el peor ejemplar humano que holló el planeta.

Mi vida ha sido, en gran medida, corazón quemado por tierra ardiendo, demencia en amarillo, la historia de una conversación interior interminable. He leído mucho más de lo que he vivido, he escrito mucho más de lo conveniente, fui patológicamente cobarde en el amor, tras cada uno de mis gestos se embosca la ruina (y, a veces, un aguzado ingenio), y he vivido como quien espera puerilmente que la experiencia llegase siempre filtrada por una especie de duende literario.

Inquieto y cobarde. Enfermo y tímido. Cortés a la antigua. Reflexivo y cabal. Ironista de segunda. Cerebrotónico y neurasténico. Alma nórdica en este imperioso Sur dionisíaco. Polisilábico anfitrión del lenguaje solemne. Cachipolla, moscardón, ogro, pero, aunque pocas, grandes inteligencias ponderaron mi probidad.

El mundo no me sedujo ni yo lo seduje a él. Crecí rodeado de riquezas y comodidad, con una vida fácil y una educación hacendada y distinguida. Pero acabé en una aldea en las conchimbambas. Sofisticado y candoroso a partes iguales, más bueno que malo, y dado a explicar imaginarias intimidades. Leal a la literatura y a la bibliofilia. Leal a unos pocos maestros. Maniático, solterón, raro, contradictorio. Acaso culto, férreamente melancólico, alto, feo, simpático si quiero, y gordinflón.

El mundo me resultó siempre demasiado apresurado, demasiado ruidoso, demasiado dispuesto a traicionar mis ideales. Por lo que preferí la lentitud, la frase meditada, la palabra trabajada hasta que pudiera huir señorial. Sueño con esa muerte en que la mente se borra de la cabeza. No he sido un hombre sociable. No por soberbia, sino por incapacidad. Me gusta la gente, pero sin pasión.

Fui, a fin de cuentas, alguien que intentó convertir su maltrecha conciencia en una obra palabrera y deficitaria (pero, nótese, en mi auto-evaluación, acaso yerre; «errare humanum est»)

Perdonen a este pequeño monstruo, si es que lo fui tanto.

Ad populum 18

Escribo y leo. Azuzante soledad. La lluvia cae en la noche con una suavidad casi litúrgica. Poco viento, casi soplando con una compasión bautismal. No, no es un aguacero brutal, tropical, ni mucho menos, sino un deslizarse lento del agua, un orvallo filtrándose por los tejados, por las cornisas, por los empedrados que ya nadie pisa en estas aldeas olvidadas y enigmáticamente silenciosas de la Galicia profunda. Hay un consuelo extraño en esta música callada, en este derramarse calculado del cielo. Nada permanece excepto la caída suave, el rumor que me exilia de mí mismo y que, sin embargo, me devuelve a un lugar anterior, o más mío, o más secreto. Ese golpeo regular que conocen bien los pueblos de Galicia anticipa la muerte, su agonía y monotonía. Una lluvia que no empapa, sino que se diría que penetra mágicamente: atraviesa la ropa, la piel y el alma con paciencia diabólica.

Álvaro Cunqueiro: «Chovía en Mondoñedo con ese seu xeito de chover antigo, como se a auga viñese non das nubes, senón das historias contadas polos mortos. Era unha chuvia fina, teimuda, de fío dourado na luz das farolas. As pedras respiraban un vaho lixeiro, e un podía sentir que o mundo, naquela noite, era máis vello e máis verdadeiro. As noites de chuvia sempre queren dicir algo; só hai que saber escoitar».

Llueve despacio, llueve en mi soledad parada y silenciosa con suavidad de algodón, y las gotas resbalan por las balaustradas y por los tejados de los hórreos como lágrimas de un antiguo palacio en ruinas. La lluvia de la noche es siempre una plegaria antigua, un no sé qué incognoscible, y quien la escucha se siente dentro de una pequeña fábula.

***

Coventual y fría es mi pequeña aldea en las montañas. En la ciudad, en cambio, en las discotecas, la fiesta avanza como un huracán de mariposas y águilas aztecas. La música, tan alta que parece sangre a borbotones, traspasa las paredes y persigue a los vecinos por las calles adyacentes.

Las mujeres, los hombres, los chicas y chicos bailan, se encabalgan, se tocan, se miran, se cruzan, se envían potentes dardos de deseo, y bailan, bailan y chillan de manera ardiente, circular, estroboscópica. Olor a alcohol mezclado con perfume barato. Neón y vestidos ligeros. El DJ -gran chamán urbano de la noche- repite el mismo ritmo tribal (la música golpea el estómago y llaga los labios) Cocaína y polvos rápidos en los retretes. Es delirante tanto brillo suspendido y milagroso. Desde la barra, los vasos mojados brillan como peces recién sacados del agua.

He desperdiciado mi vida.

Ad populum 17

«La belleza estaba entonces resplandeciente al contemplarla con la bienaventurada banda de los dioses: visión pura, luminosa, simple, dichosa; nosotros seguíamos la rueda de Zeus viendo esta belleza. Y en la vida presente, cuando un alma advierte la belleza en un rostro, se estremece, siente en su interior el recuerdo de aquel resplandor divino, le brotan alas. Porque nada en este mundo tiene fuerza tan grande para hacer renacer lo divino en nosotros», Platón, «Fedro».

«La poesía despierta y engrandece la mente. Deja al descubierto los velos que cubren la belleza del mundo, y convierte los objetos más comunes en algo divino. Un poeta participa de lo eterno; su obra es un instrumento de la percepción más pura», Shelley, «Defensa de la poesía».

***

La belleza no son pamplinas ni gorgoritos ni migajas ni bagatelas. Son las venas por donde circula la sangre del universo. La belleza es el verde de los ojos al verla una tarde en el café, el relincho de un potro en la montaña, el sol orgulloso y exaltado calentando el rostro.

La belleza es el caballo al que se suben los jinetes de las palabras. Muchas cosas tienen una arrebatadora función estética, empezando por el lenguaje. La palabra «frámea» es niebla en una montaña conquistada por senderos y pendientes, hasta llegar a la cresta ventosa de la cima. La palabra «alhelí», con sus eles silabantes y su «i» de re de flauta, es un resplandor en la médula de los labios. Siento la electroquímica de palabras y frases.

Me deleitan las palabras no por lo que significan, sino por lo que son en sí mismas: pequeños cuerpos con color, temperatura y textura. Palabras como «repastar», «galerna», «visaje», entretejidas de rayos tranquilos de rosa, enterradas en las melancólicas pupilas de los diccionarios, palabras que saboreo como quien saborea un fruto demasiado perfecto. Una palabra puede tener el brillo de una gema y un diamante, o la violencia de un latigazo en la espalda.

Mi experiencia sensorial con el lenguaje implica, involucra la boca, el oído, la musculatura fonética, la memoria y la emoción. La belleza no es ornamento, sino principio estructural del mundo; aquello por lo cual la realidad vibra, respira, musita y se ordena. Son vestidos flotando errabundos al lado de las lunas.

La palabra irradia imágenes, golems y homúnculos como crece la hierba en los jardines de las más lujosas casas.

Ad populum 16

Pese a que en mis diarios hago mofa, burla y befa de la doblez vacía del lenguaje de nuestros políticos, o bien escribo poemas satíricos sobre la corrupción y nuestro atraso inmemorial, o me quejo de la secular ignorancia española (soy de la raza más típicamente española: la de los españoles descontentos o enrabietados con España), pese a todo, en absoluto soy -todo lo contrario- un escritor político o social.

Deseo que mis libros enseñen a vivir su soledad al lector, y así desarrollen su introspección y su auto-conocimiento. Y que conecten con emociones universales, a poder ser de la especie más alta. Quiero que mis lectores ejerciten esa habilidad espiritual de lograr sentirse cómodos en su propia piel. Descreo de funciones cívicas o de cambio social mediante la literatura. Con mis libros deseo expandir el «yo» a través de la confrontación con los miles de textos canónicos que cito, no como un fin en sí mismo, sino como una vía para encontrar la sabiduría.

Y que crezcan -ars gustus- atravesados por valores estéticos puros. Y aprendan – ars scientia- sostenidos por la fuerza cognitiva o la semilla de la verdad. Y que se iluminen -ars subtilis- gracias a la lumbre de la elucidación, del consejo dado uno a sí mismo, previa y abundante reflexión. Prefiero la prosa y la poesía suculentas a la prosa y la poesía revolucionarias.

Quito de mi literatura el foro político para poner en su lugar la conciencia, pues no pretendo regenerar naciones ni redimir sociedades, sino afinar mentes, enseñar a mis escasos lectores a habitar plácidamente su soledad. Y que cada uno recorra sus laberintos interiores sin preestablecidos mapas ideológicos o dogmáticos.

«El artista no debe ser ni demócrata, ni monárquico, ni socialista, ni conservador. ¡Que los imbéciles se comprometan! El escritor no tiene otra patria que la bella lengua que escribe. Me repugnan las doctrinas que quieren poner la literatura al servicio de cualquier causa; la literatura no sirve a nadie, porque es un fin en sí misma. La misión del escritor consiste en crear belleza, no en mejorar a la humanidad. ¡Que cada cual se cure como pueda», Flaubert.

Y Pessoa: «Desprecio toda forma de acción. El único revolucionario verdadero es el que se transforma por dentro. Lo demás es teatro para gentes ansiosas. Mi deber no es mejorar el mundo: es descifrarme».

¿Transformar el mundo o transformar el yo? Acaso falso dilema. Para Sartre, cada palabra suya era un compromiso; quien escribe sin querer cambiar nada es, afirmó, como aquel que habla sin querer significar nada. La literatura, añadió finalmente, es un acto: nombra y transforma. Brecht o Neruda tuvieron ideas similares.

Montaigne escribió palabras que yo podría poner en mi boca sin el menor cambio: «No escribo para el público, sino para mí mismo. Si me ocupo de los asuntos del Estado es solo de pasada, por accidente. Lo que busco es aprender a vivir conmigo, a ordenarme y a conocerme. Quien se gobierna a sí mismo hace bastante por la sociedad». Los Estados pueden reformarse con leyes; el espíritu solo se reforma con lenguaje. Las grandes obras no crean revoluciones: crean conciencias alertas, que es lo único que puede frenar a la barbarie.

Alumbremos la soberanía racional. La poesía no cambia al mundo, cambia al hombre.

Ad populum 15

«Los individuos creativos no temen la soledad; la buscan. En la soledad encuentran continuidad, profundidad y calma. Para ellos, el contacto social demasiado frecuente es tan agotador como para el resto lo sería una abstinencia prolongada. Sin embargo, incluso el más solitario de los creadores necesita algún tipo de relación humana significativa. La soledad es el suelo fértil de la vida interior; pero si en él no cae nunca la lluvia de un vínculo humano profundo, la tierra se endurece y se vuelve estéril. Nadie puede vivir enteramente de sí mismo sin pagar un precio emocional», Anthony Storr.

«La soledad aparece cuando la persona se siente incapaz de mostrarse auténtica ante otros seres humanos. Mantener la máscara durante mucho tiempo produce un agotamiento espiritual que no puede aliviarse con distracciones. La soledad más intensa no es la de quien vive aislado -pues esa puede ser elegida-, sino la de quien, estando en sociedad, debe representar continuamente un papel para ser aceptado. Esa persona termina sintiendo que su verdadero yo no tiene testigos, y esa ausencia de testigos es, psicológicamente, devastadora», Rollo May.

«La soledad no es simplemente estar solo. Es una experiencia subjetiva de desconexión que puede irrumpir incluso en medio de la multitud, incluso rodeado de amigos. El organismo humano ha evolucionado para vivir en compañía: cuando percibe aislamiento prolongado, interpreta esa situación como una amenaza. El cuerpo entero entra en estado de hipervigilancia, como si estuviera en territorio hostil. El solitario crónico no se siente solo porque sea débil, sino porque su cerebro funciona correctamente: está detectando la falta de vínculos profundos. Para aliviar la soledad no basta cambiar el entorno; es necesaria la presencia real de otro ser humano con quien exista reciprocidad emocional. Sin ese puente, la autoconversación se vuelve estéril, y el mundo pierde relieve», John Cacioppo.

«Yo amo a quien ama su propia alma, porque así no necesita mendigar afectos ni someterse a la multitud. Pero el que vive demasiado lejos de los hombres corre el riesgo de olvidar cómo hablar con ellos. La soledad es buena para el espíritu que desea hacerse señor de sí mismo; pero el mismo espíritu, si permanece en ella demasiado tiempo, empieza a perder la medida, y la altura se convierte en abismo. Nadie puede pensar grandeza sin retirarse del rebaño; pero nadie puede vivir únicamente de grandeza sin volverse un desierto», Nietzsche.

«El hombre que lleva dentro un alma distinta no soporta durante mucho tiempo la vida social. Se adapta, sonríe, conversa, pero su interior permanece retirado. Este retraimiento es su orgullo y su condena. El lobo estepario no odia a los hombres; simplemente no puede respirar en su mundo. Y, sin embargo, ninguna criatura puede vivir en absoluta soledad: incluso el lobo necesita la mirada de otro ser para recordar quién es. Su tragedia consiste en que su sed de profundidad lo separa de todos aquellos con quienes podría convivir, y su sed de compañía lo obliga a buscar, una y otra vez, aquello que en realidad teme», Hermann Hesse.

«La soledad es mi patria. Y, sin embargo, ninguna patria basta. Se cree que el solitario elige su condición; pero lo cierto es que está poseído por ella. Solo en la soledad soy libre, pero esa libertad tiene el peso del vacío. Cada día descubro que no puedo vivir sin los hombres, y que tampoco puedo vivir con ellos. Lo único soportable es la escritura: un monólogo que imagina un interlocutor invisible», Cioran.

Ad populum 14

La cita, en mi caso, no es un adorno ni un apoyo argumental; es una prueba de nobleza; un no recurrir a la autoridad, sino el invocar a la selecta tradición como en una sesión de espiritismo. Cito mucho. Las citas son como el pasaporte o la contraseña del intelectual. Me parece sonso decir «con mis propias palabras» lo que con palabras inigualables e inmejorables dijeron Montaigne o Azorín o Proust, o Pater o Nabokov. Son obtusas, a mi juicio, las perífrasis. En la traducción siempre se pierde calidad, porque uno (inevitablemente) tiene menos valor -infinito menos valor liteario- que el de los Inmortales. Las citas a menudo las atribuyo falsamente, o las reformulo modificando la voz original del autor (no demasiado, desde luego), o las invento: mis libros están llenos de apócrifos. Forman parte de mi JUEGO literario, de mi savia literaria. Pertenecen las citas a la página igual que una preposición, un nombre o un adverbio. Es una «ars combinatoria», una falsificación creadora, un ejercicio irónico y, sobre todo, una forma de inscribir mi voz en la genealogía de los muertos ilustres.

Los ecos crean densidad cultural, convirtiendo el texto en esa rara belleza, ese linaje llamado «aristocracia cultural». Pero, como falso aristócrata, también lleno mis libros de autores con sus citas inventadas, autores ficticios que crean un canon alternativo del que soy simultáneamente maestro y discípulo. Cualquiera de mis ideas está construida a partir de otras ideas, cualquier cojunto de palabras surge de otras palabras. Escribir es acompañar. Y citar no es repetir, sino reanimar.

Lo explicó maravillosamente E. Rausselin en «De la tradición secreta», Taurus, pág. 337: «Los escritores que inventan citas no engañan a nadie: revelan, en cambio, la verdad profunda de cualquier ejercicio en que consiste citar ¿Acaso no es cada cita una invención del que la usa, la retuerce, la corta, la ilumina de otro modo? La atribución falsa no es una mentira: es una proclamación de lealtad a la belleza. Incorporar fragmentos ajenos es como ver ilumiada una vidriera en una catedral. El escritor que cita es un alquimista siempre joven».

Ad populum 13

Seguramente la crítica tiene una función respetable, pero, no se olvide, el acto de crear es más importante que el acto de juzgar. Los veo -a los críticos- como una tribu lastimera, acaso erudita, pero un si es no es patética. Cada una de sus ironías me suenan a derrota personal.

Yo nací a la literatura mortificado por la crítica y la muchedumbre. En 5º de EGB gané un concurso de redacción en clase y, al leerlo, sentí, después de acabar mi exposición, el silencio denso y odioso del agravio y la incomodidad. Mis compañeritos eran como hutus pretendiendo exterminar simbólicamente a un pobre tutsi como yo. Creo probable (disculpen) que mi cuento sobrepasara las capacidades intelectuales de mis condiscípulos ¿Consecuencia? La apartada soledad. Tal fue mi destino, mi indefectible símbolo.

Descubrí con once o doce años que mi palabra me escindía del grupo. Esperaba aprobación y el aula, en cambio, me rechazó hostil. Buen aprendizaje. La masa infantil -cualquier masa- siempre reacciona igual: con burla, con incomodidad, con resentimiento. La inteligencia despierta rechazo y la literatura, en mi caso, nunca me convirtió en un tipo popular y querido.

La sociedad me tolera del mismo modo en que se tolera a un enfermo contagioso, a un estigmatizado, a un leproso: con una mezcla de ocasional fascinación y constante prevención. Soy un extranjero entre la sociedad de hombres ordinarios. E. M. Cioran, «Précis de décomposition»: «El escritor es el eterno desterrado: incluso rodeado de hombres, está solo. No puede hallar reposo en ninguna sociedad porque su oficio es precisamente descreer de ella. La multitud lo repugna: ve en ella la refutación de toda altura. Y, sin embargo, esa repugnancia es la otra cara del amor que siente por los que sufren en silencio. El escritor vive en el borde del mundo, como un vigía melancólico que sabe que no hay nada que vigilar».

Acepto mi destino. Solo puedo fingir, actuar en el teatro de los hombres. Si me mostrara tal cual soy, se evidenciaría que soy un intruso en la plaza publica, un desplazado sin hogar, un apaleado con los huesos rotos.

***

«El hombre que siente de verdad, que piensa de verdad, que crea de verdad, nunca está del todo en la plaza pública. La multitud le es ajena, y él a la multitud. Camina entre sus semejantes con la sensación de ser un extranjero en su propia patria, porque su patria verdadera no está hecha de carne, sino de espíritu. Y como el espíritu no llena teatros, se ve obligado a morar en soledad. Esta es la tragedia del escritor: ser contemporáneo y, sin embargo, no pertenecer a su tiempo», Unamuno, «Vida de don Quijote y Sancho».

«La masa repele al individuo que mantiene su conciencia despierta. Por eso el escritor, que vive precisamente de esa vigilancia perpetua, no puede ser masa ni formar parte de ella. Cuando entra en el grupo, lo hace como un cuerpo extraño del que la colectividad quiere deshacerse. La masa aspira a lo uniforme; el escritor es, por definición, irregular. Esa irregularidad es su riqueza, pero también la fuente de su exilio», Canetti, «Masa y poder».

«El hombre selecto, el que aspira a algo más que a seguir el compás de la multitud, vive en permanente minoría. Su destino es el de la soledad. No puede esperar comprensión inmediata, porque su vida interior atraviesa regiones a las que la masa no accede. Su aislamiento no es pose: es estructura. Y cuanto más auténtico es su esfuerzo creador, más se agranda la distancia entre él y el público, que se siente desconcertado ante cualquier altura que no pueda nivelar», Ortega y Gassset, «La rebelión de las masas».

«Siempre me sentí forastero entre mis semejantes. No por voluntad, sino por destino. Entre los hombres aprendí pronto que ser distinto es una forma de exilio. Y en ese exilio descubrí la poesía: una lengua que me permitía existir como no podía existir en la vida diaria. La multitud apenas tolera al que no se le parece. Yo aprendí a vivir fuera de ella, en un país más verdadero y más solo», Cernuda, «Ocnos».

«Quien escribe desde la hondura adquiere un tono que lo separa de la charlatanería pública. Y esa separación, aunque a veces sea dolorosa, es necesaria. Nada grande puede escribirse desde el bullicio. El escritor tiene que mantenerse al margen, desescuchando el ruido, desatendiendo los reclamos de la masa. Su oficio es, en el fondo, una forma de exilio voluntario», Rafael Sánchez Ferlosio, «Ensayos y artículos».

«Siempre he caminado por las calles como un forastero. Los ruidos, los movimientos, las prisas de la gente me llegaban como si pertenecieran a otro mundo. Esta sensación de exilio, de extranjería cotidiana, no me abandonó jamás. Creo que de ella nació mi vocación: de la necesidad de fijar en palabras aquello que no podía vivir plenamente entre los demás», Azorín, «Confesiones de un pequeño filósofo».

Perdonen este tsunami de citas, que, así acumuladas, cansan y aburren al lector en estos tiempos de lectura light, apresurada y en zigzag. Pero la idea que expresan es casi universal, e irrefutablemente (pocas dudas caben) verdadera.

Si escribe, afine su soledad. Será su refugio único y seguro, su ininterrumpida ciudadela secreta.

Ad populum 12

Madrugada. Insomne, ansioso y desvelado. Me pesa la noche como si me estrangulara una negra y sucia media de mujer, como si tuviera una rata moviéndose dentro del pecho. La conciencia es un animal tembloroso que ronquea. Con el cuerpo inmóvil en la cama oigo pasos, advierto presencias, como de desfigurados y enanos pallasos macabros. La sombra latiga mi corazón acelerándolo igual que si se estampasen bloques de estorninos contra la pared.

La aldea duerme, pero claridad fría, muy fría de miedo. Me aferro a un hilillo de vida y cada segundo amenaza al instante con quebrarlo. Todo adquiere una nitidez insoportable: la respiración, el mínimo crujido, el peso invisible de las horas que no pasan. El silencio es cemento. La soledad, un lobo rabioso. Un lodazal en la garganta seca. Una pinza real arrancándote cada uno de los dientes. Miedo. Miedo. Miedo y silencio. Una serpiente enroscándose entre la maleza del cerebro. La sangre, caliente y ruidosa.

Todo es extraño. Todo es inquietante. La inquietud pura, la conciencia sin sostén. La madrugada, lejos de traer alivio, intensifica esa tensión. Uno siente como si una fuerza invisible apretara la mano sobre su cabeza. Y comprende lo cerca que está del último abismo.

Ad populum 11

A Lamas y el Dr. Gracia, maestros y padres mágicos

Un libro para coleccionar: Joannes de Leit, «Hispania sive de regis Hispaniae Regnis et opibus Commentarius» (1629).

La referencia bibliográfica exacta: [Joannes de Leit] . Hispania sive de regis Hispaniae Regnis et opibus Commentarius. Lund. Batav. [Leiden]: Ex officina Elzeviriana [Abraham Elzevir], 1629.

Segunda edición. (110 x mm) pp. 520 [6]. Portada grabada, iniciales xilográficas en todo el texto, con ornamentos en la parte superior e inferior de las páginas. Encuadernación del siglo XVIII en piel verde roana, con etiqueta dorada en el lomo. Piel ligeramente desgastada en los márgenes, dos pequeños agujeros de gusano en la parte superior del lomo, biblioteca privada posterior en la guarda delantera. En general, muy buen estado.

Willems 313; Palau 129562 (primera edición como Sabin 38560).

Escrita por Joannes de Leit, director de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales nueve años después de su nombramiento, «Hispania sive de regis Hispaniae Regnis et opibus Commentarius» (1629), ofrece un examen detallado de las posesiones territoriales, los recursos económicos y la influencia política de la monarquía española a principios del siglo XVII, con especial atención a su vasto imperio territorial, incluidas sus posesiones en el Nuevo Mundo. Impreso por la importante imprenta Elzevir en Leiden, la obra refleja las perspectivas europeas contemporáneas sobre el papel de España como potencia mundial dominante.

***

Son muy ciertas las críticas sobre la Biblioteca Real de Juan de Santander a propósito de la pigricia de algunos bibliotecarios y la necesidad de nombrar un cronista de Indias que ordenara y catalogara los fondos para facilitar las consultas.

También, en carta al marqués de Esquilache del 31 de diciembre de 1759 escribe: «La formación de un «Diccionario latino-castellano y castellano-latino, exacto y claro respecto de ambas lenguas, conciso y reducido a una brevedad que, sin degenerar en confusión, facilite su mejor uso, podrá ser medio muy eficaz, no solo para ayudar al restablecimiento de la latinidad, tan decaída en España, sino también para evitar su última ruina, que cada día se va haciendo irreparable» [ Véase Manuel de Abella Peligero: «Disertación sobre los directores de la Biblioteca Nacional»]

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La referencia bibliográfica exacta: Didacus de Villalpando, «De Muscarum Voluptate, sive de subtili Onanismi Tortura. Tractatus physico-pornographus, in quo demonstratur quomodo muscae, per glandem dulci mermelata unctam currentes, excitent animi et corporis titillationes, ad usum solitariorum Hispaniae accommodatus». Amstelodami: Apud Henricum Wetstenium, 1723 (libro para sonrojar a sacristanes)

Primera edición, sumamente rara. (140 x 85 mm) [16], 214, [10] pp. Portada grabada calcográfica con emblema alegórico (una mosca posada sobre una copa rebosante de miel, con el mote: “Suaviter urit”), iniciales xilográficas, pequeños cul-de-lampe florales. Encuadernación holandesa de época en plena piel jaspeada, lomera con nervios, tejuelo de piel roja con título dorado (DE MUSCAR.), florones dorados en los entrepaños, cortes moteados. Roce leve en esquinas, una antigua marca de humedad en el margen externo de las pp. 97-104, exlibris manuscrito del siglo XVIII (“Ex lib. A. de Nájera, 1751”) en la guarda delantera. En conjunto, ejemplar muy fresco y bien conservado para una obra de circulación clandestina.

«De Muscarum Voluptate» es uno de los tratados libertinos más curiosos del siglo XVIII hispánico. Bajo la máscara de un frío examen “physico-pornographicus”, el autor -exiliado en Holanda- propone una serie de “experimenta voluptuosa” para el “solitarius lector Hispanus”, obsesivamente vigilado por la moral tridentina.

Muy perspicaces son las observaciones que hace Villalpando, en el «Praefatio ad Lectorem Hispanum», sobre la sujeción de las costumbres a la teología más rigurosa: “In Hispania, ubi etiam risus peccatum suspectum habetur, sola manet solitarii voluptas, sed ita compuncta, ut sit magis tormentum quam gaudium”.

Se adquiere en librerías anticuarias a un precio escandaloso.