Tentativas 74

Apenas duermo. El insomnio no es simplemente la incapacidad de dormir, sino una tortura sostenida. Las horas se alargan con una elasticidad monstruosa, y la mente, privada de alivio, se ve obligada a contemplarse a sí misma sin descanso. Es un estado de exposición total, sin refugio. Convierte la noche en un laboratorio de desesperación. El cuerpo está exhausto, pero la mente permanece en alerta. La privación de sueño no solo agrava la esquizofrenia: la deforma, la intensifica, la vuelve más cerrada sobre sí misma. No dormir es no poder escapar de uno mismo. Mientras otros se entregan al olvido nocturno, el insomne permanece condenado a la repetición, a la maquinaria de su pensamiento, que gira sin producir nada salvo desgaste.



Tentativas 73

«He dedicado toda mi vida, no a enriquecerme —aunque no ignoro que la pobreza acompaña a menudo a los que aman las letras—, sino a rescatar del naufragio del tiempo las obras de los antiguos. Pues veía yo que, mientras los hombres se afanaban en negocios más lucrativos, los libros perecían, devorados por la incuria o por la ignorancia. Así, me propuse que lo que había sido pensado por los mejores ingenios no se perdiera para las generaciones futuras. Y si para ello debía trabajar noche y día entre tipos, tintas y papeles, lo hice con gusto, persuadido de que ningún esfuerzo es excesivo cuando se trata de devolver la voz a los muertos», Aldo Manucio.

«El arte de imprimir exige no solo diligencia, sino una especie de probidad que no tolera descuido alguno. Un error en una letra puede corromper una sentencia; una negligencia en la corrección puede desfigurar el pensamiento de un autor. Por ello, el impresor debe ser, en cierto modo, juez y guardián: ha de vigilar no solo la forma de las palabras, sino también su integridad. Y si bien su nombre rara vez aparece junto al del autor, su responsabilidad no es menor», Christophe Plantin.

«No basta con imprimir; es preciso imprimir bien. Y para imprimir bien, no basta con conocer el arte mecánico, sino que es necesario penetrar en el sentido de los textos, comparar los manuscritos, corregir las variantes, restituir —en la medida de lo posible— la pureza original. El impresor que descuida esto no es más que un artesano; el que lo cuida, participa del trabajo del filólogo», Robert Estienne.

«No se deben despreciar los libros por su número ni por su diversidad, pues la abundancia es la riqueza de una biblioteca. Y aunque muchos sean mediocres, sirven sin embargo de preparación o de contraste para los mejores. El librero —o el bibliotecario— ha de tener un ánimo amplio, capaz de acoger tanto lo excelente como lo imperfecto, sabiendo que el juicio se forma precisamente en esa comparación», Gabriel Naudé.

Tentativas 72

Su extraordinario texto [me refiero al artículo de Camilo de Ory en «Letras Libres»: «Torrente y el objeto ¿el objetivo? del humor»] se deja leer muy bien desde dos ejes: metacognición (la capacidad de pensar sobre el propio pensamiento) y diferencias cognitivas en la comprensión del humor (a menudo correlacionadas, aunque imperfectamente, con lo que se mide como CI)

La sátira funciona como un dispositivo metacognitivo: exige que el lector/espectador detecte la distancia entre lo dicho y lo querido decir. La metacognición implica no solo conocer, sino saber que se conoce —y saber cuándo no se conoce. Su ejemplo de Torrente es casi de manual.

Esto encaja con una idea clásica: La ironía requiere la capacidad de representar simultáneamente dos niveles de significado. Sin esa duplicidad, todo se aplana. Y entonces ocurre lo que describe:

el espectador literal no falla solo en comprender el chiste; falla en darse cuenta de que no lo comprende.

Recuerdo a Northorp Frye: «La sátira exige un lector competente; sin él, se vuelve indistinguible de aquello que pretende ridiculizar». No es solo que el espectador no entienda, sino que no sabe que no entiende. Lo que es un signo evidente de la sobreestimación del síndrome Dunning-Kruger.

La risa ya no está en el chiste, sino en la imposibilidad de comprenderlo.

Tentativas 71

Las dos de la mañana. En la oscuridad perlada de la madrugada de mi aldea, solo el sonido de un ladrido a lo lejos y el halo orgulloso de las farolas en algunos caminos que la circunvalan. Las ventanas de mi casa reflejan un negro azulado, y el huerto parece barnizado por ojos divinos, atentos. La tierra — fértil— exhala un vapor tenue que se eleva entre los cercados, y los árboles, aún en penumbra, parecen guardar el secreto de un día que ya ha sido vivido innumerables veces. Aire fresco, y ningún viento; aire ligeramente perfumado de hierba. Uno puede pensar sin interrupción. Volúmenes, líneas, superficies que el ojo debe reconstruir con un esfuerzo deliberado. Todo invita a quedarse un poco más, a alargar ese instante en que el mundo todavía no ha empezado a exigir nada.

Salgo al jardín a fumar sentado en la hamaca de hierro de tela naranja. Y pienso en lo extraordinario que es escribir, en el gozo y esta funesta manía deliciosa en que consiste la escritura. La alegría sensual, pictórica -textura y color, pincelada y composición- de la frase. La persecución interminable de un placer incomparable. Construir palabras como lugares de colores. Una necesidad tan absurda como absoluta. Goce refinado de un lenguaje. La vida pasa, pero la frase queda. Todo lo demás es accesorio.

Tentativas 70

Mi madre, gran jugadora de damas, solía recordarme que las damas han sido injustamente consideradas como un juego trivial. En realidad -decía- exigen una atención más constante y una vigilancia más sostenida que el ajedrez. Las piezas, moviéndose sobre un campo limitado, sin la variedad de posibilidades que complica el ajedrez, obligan al jugador a apoyarse, no en la memoria ni en la combinación espectacular, sino en la claridad de percepción y en la exactitud del juicio. Este era el tipo preciso de su inteligencia.

Las fichas, con un círculo de erosión apenas circunscrito, blancas y negras, sin rostro, se desplazan en silencio siguiendo trayectorias oblicuas como tercetos de la Divina Comedia. Cada avance es una amenaza, cada captura una pequeña debacle. El tablero, a cierta altura del juego, recuerda ciertos pavimentos antiguos. Las fichas, pulidas por el uso, reflejan la luz con una discreción casi pirrónica.

Toda la vida jugué partidas con mamá. La tarde suspendida, la mesa compartida, el sonido casi imperceptible de las fichas al rozar el tablero, el chasquido del golpe al comerse una ficha o al encadenar capturas. Una forma de dulzura, movimientos apenas distintos. No importaba quién ganara. Lo que importaba era ese estar ahí, frente al otro, compartiendo un tiempo que no pedía nada. Y siempre, el mismo juego.

Tentativas 69

Con mi hermana jugaba a las cartas en los tiempos de mi infancia y adolescencia. Barajaba las cartas con lentitud; jugábamos sin verdadera ambición de ganar. Alterábamos las reglas caprichosamente, y no mostrábamos una competitiva astucia: no existían tensiones ni visibles ni invisibles. Era irrevocable el candor y la ternura, no así el cálculo.

Recuerdo el leve sonido de los naipes al deslizarse entre los dedos, ese roce que parecía amplificado por la quietud. Hablábamos y gesticulábamos. Las partidas se llenaban de bromas y no tenían ni un asomo de sombra, ni de melancolía.

Todavía recuerdo esos rectángulos de cartón, esas superficies donde flotaba la tinta dibujando el as de oros, el trote elegante del caballo de espadas, los bordes de las calzas amarillas y naranjas de la sota de bastos. Cartas levemente combadas por el uso, de satinado imperfecto, con dobleces de huellas humanas.

Tentativas 68

Con papá, en la mesa de juegos de caoba negra pulida con su tapete verde manzana, jugaba al ajedrez. En el tablero, en los escaques, alternaban simétricamente luces de mediodía y negruras de invierno, alternancia rigurosa de claros y oscuros. Pequeño mundo ceremonial de leyes inmutables.

Mi padre era un gran jugador. Movía la reina con retórica ciceroniana, los saltos de los caballos eran de jinetes jenízaros, las torres describían líneas de fuerza como falanges romanas. Qué maravilla ver lo largo y ancho de su inteligencia a través de las piezas.

Cuando, a partir de los diez u once años, empecé a ganarlo, nunca más quiso jugar conmigo.

Tentativas 67

Debido al abuso de los ansiolíticos para amortiguar el efecto tan molesto e incapacitante de los ataques de angustia, ahora noto como si el mundo hubiera perdido filo y relieve: desapereció la urgencia más ansiosa, pero las cosas perdieron su vivacidad. Como si me hubiera tomado cuatro whiskis concentrados en las gotas. Cedió la profundidad emocional. Hay un estado más plano y menos vibrante. Ahora define mi sensibilidad la apatía.

El residuo post-crisis es de una fatiga y fragilidad extremas. Queda un estado de agotamiento; de alguna manera es casi como si te hubieran molido a palos. No estás en crisis, pero tampoco estás bien. Estás cansado, tembloroso. Una sombra que no es tormenta, pero tampoco calma.

Tentativas 66

Tuve una mañana deliciosa. A la tarde me las prometía muy felices (lectura de Richard Zenith, o Julien Gracq, o Pierre Boncenne, o bien Jonathan Swift) y resultó dramática. Un ataque de ansiedad tras otro, prácticamente seguidos, desde las cuatro hasta las diez de la noche.

Lo peor no es sentir el malestar, sino saber que no cesará. Que volverá, que ya está ahí incluso cuando parece ausente. Es como si el futuro está ya contaminado por adelantado. Una desesperación monótona. Revivir una y otra vez el miedo. No es el dolor lo que mata, sino su repetición. El hecho de que vuelva cada día, cada hora, idéntico, sin novedad. La desesperación no está en el momento, sino en la permanencia. Una angustia que no puede compararse con nada. No hay instante en que me deje. Todo penetrado por esa sensación de absurdo y de terror.

Los terrores que me asaltan no tienen forma definida; son ilimitados, y por eso mismo más horribles. No puedo asignarles causa ni término. Se despliegan ante mí como paisajes infinitos de sufrimiento, en los que mi mente vaga sin esperanza de salida. Como tener una alarma instalada en el cuerpo que no se apaga nunca. Incluso cuando no hay peligro, la alarma sigue sonando. Y al final uno ya no sabe qué es peligro y qué no lo es. Un pánico agudo como una tormenta en el cerebro. No hay tregua. Olas continuas de dolor que apenas dejan un intervalo de descanso, de pausa. Todo me pesa. Rumor dentado de fondo.

La inquietud devora con una crueldad refinada.

Tentativas 65

(De risu IV)

«Hay algo sospechoso en quien nunca se permite una ironía sobre sí mismo. La risa, cuando no es grosera, introduce una duda saludable en el discurso. Nos recuerda que todo lo que decimos podría haber sido dicho de otro modo, o incluso no haber sido dicho. En ese sentido, la risa no es frivolidad, sino una forma discreta de inteligencia», Javier Marías.

«Me interesa esa literatura que, sin dejar de ser seria, sabe sonreír. No una sonrisa complaciente, sino una que pone en cuestión el propio acto de escribir. Hay libros que parecen ignorar que son libros; a mí me interesan los que se saben libros y, por eso mismo, pueden permitirse una ironía, una leve risa que los salva de la solemnidad», Enrique Vila-Matas.

«Riure és una forma de resistència. No pas el riure buit, que només distreu, sinó aquell que desmunta les impostures. Quan un poble perd la capacitat de riure’s dels seus ídols, ja no és lliure. La sàtira no és un luxe, és una necessitat: és la higiene de la vida pública. I si a voltes el riure sembla cruel, és perquè la veritat també ho és», Pere Quart.

«El món és prou estrany perquè encara l’haguem de fer més seriós. La ironia és una manera de mirar-lo sense quedar-hi atrapat. Quan un personatge meu fa alguna cosa absurda, no és perquè jo vulgui riure-me’n, sinó perquè vull mostrar que la lògica que ens governa és més fràgil del que sembla», Pere Calders.

«La ironia és l’últim refugi de l’intel·lectual en una època de simplificacions. No es tracta de riure per riure, sinó d’introduir una distància que permeti pensar. Quan tot es presenta com a evident, la ironia recorda que res no ho és del tot», Jordi Llovet.