Periódico 30

La perfección no existe, pero, la dignidad en el esfuerzo y la lealtad a una tradición, sí. Me dejo guiar por una humildad noble: no necesito cambiar el rumbo de la historia de la literatura para formar parte de ella. Soy como ese científico que aportó su pequeño ladrillo a un edificio milenario.

A menudo me digo a mí mismo: Haz tu obra tal que, si es una contribución a la cultura de tu pueblo, quede en ella como queda el grano de arena en la base de la montaña. No te cuides de que tu nombre se repita; cuídate de que tu esfuerzo sea limpio. El científico que descubre una ley menor, el artesano que pule una madera con paciencia, el escritor que alinea sus páginas con honestidad, todos ellos salvan su alma en su trabajo. No hay ridículo en no ser un genio; el único ridículo es el del vanidoso que no hizo nada por miedo a no ser eterno.

La literatura no es para los superhombres. Es el producto de hombres comunes que, por una misteriosa paciencia, logran poner en palabras el peso de su tiempo. Al igual que el biólogo que pasa años frente al microscopio para avanzar un milímetro en el conocimiento humano, el escritor pasa la vida puliendo su estilo para añadir una brizna de verdad al caos del mundo. Esa pequeña contribución es nuestro único y verdadero título de grandeza.

Cumplí con mi deber.

Periódico 29

Una mañana apacible, de lectura y escritura. A la tarde, sin embargo, el perro negro de la melancolía, la araña peluda de la angustia, las alucinaciones. Se instaló una tormenta de tinieblas sin parangón, una especie de flojera, desasimiento, parálisis, un desesperado bloqueo de la energía vital.

Estoy solo, en el fondo del abismo, y el agua sigue subiendo. No es el miedo a la muerte; es este frío, esta distancia de todo, esta imposibilidad de tocar la realidad con las manos desnudas. El mundo se vuelve un escenario de sombras y yo soy la sombra que observa a las demás.

De pronto, la llanura de la tarde se vuelve pesada, monstruosa. Siento esta lasitud en las manos, en las piernas; es un vacío pastoso que lo tiñe todo. Los objetos parecen salirse de sus nombres. Yo mismo me siento de más, una excrecencia blanda y gris en medio de la casa.

Juan Casiano, en su obra fundamental «Instituciones cenobíticas» (especialmente en el Libro X), diseccionó este estado de acedía, «el demonio del mediodía», que perfectamente podía extenderse por la tarde: «Nuestro sexto combate es contra lo que los santos Padres llaman acedía, y que nosotros podemos denominar tedio o ansiedad del corazón. Este vicio es pariente de la tristeza y ataca principalmente a los solitarios, siendo un enemigo terrible y frecuente en el desierto. Rompe las fuerzas del alma sobre todo hacia la hora sexta [el mediodía], de tal manera que algunos ancianos la llaman ‘el demonio del mediodía’. Cuando este demonio sitia el alma del desdichado, le infunde un horror espantoso por el lugar donde se encuentra, un disgusto por su propia celda y un desprecio hacia los hermanos que viven con él, a quienes empieza a mirar como negligentes o poco espirituales. El monje se vuelve entonces lánguido e inerte para cualquier trabajo espiritual dentro de su celda», Juan Casiano, «Instituciones cenobíticas», Libro X, Cap. 1-2

Leo a Casiano y me arrastro por su Libro X. Hace mil quinientos años ese maldito monje ya sabía que mi tarde sería una ciénaga. Describió exactamente lo que me ocurrió hoy: la mañana fértil, pero al llegar la tarde, el «demonio» alterando el tiempo, trayendo la angustia de las alucinaciones (las «tinieblas y pensamientos vagos» del monje) y dejándome en ese estado de «languidez y desasimiento». Los monjes sabían que ante la acedía, el peor error es desesperarse por no poder trabajar, leer o escribir. Cuando el barro se respira pesado, la única victoria es resistir el embate quietamente, sabiendo que el mediodía y su tarde no son eternos.

Periódico 28

Alabo y me maravillo con tantos desnudos como el arte occidental nos ha proporcionado, pero me repugna la desnudez dominguera, es decir, hablando en plata, que la gente común y corriente se ponga en bolas, en pelotas, o en bikini…A favor del cuerpo desnudo o en bañador (se llame Ana de Armas, Margot Robbie o Chris Hemsworth), pero rotundamente en contra de la vulgar desnudez, por muy naturista o ecológica que fuere, o de la vulgar exhibición en la playa de cuerpos asimétricos y rechonchos. Una playa en Benidorm (con mujeres de tetas caídas y hombres barrigones) me parece un espanto, y exactamente lo contrario al arte. En esto soy elitista y probablemente lo somos todos los estetas: lo artístico es elaborado y bello, mientras que lo estrictamente natural tiende a vulgar y feo. Por eso el desnudo artístico está lleno de reglas, limitaciones y trucos de pose, en tanto que la mera desnudez no deja de ser una grosería, no moral -no hay de ese puritanismo en mi idea-, sino estética, que es mucho más grave. El cuerpo fofo es -metodológicamente- un pecado.

Ya lo advertía Winckelmann al estudiar a los griegos: la belleza corporal se fundamenta en la armonía matemática de las partes, donde las formas se encadenan unas con otras como las olas de un mar en calma. Esa belleza suprema, que hoy solo atisbamos en la simetría supraceleste de una Gal Gadot y sus pares, no excita los sentidos de manera grosera; al contrario, eleva el alma a una contemplación pura, libre de fluidos y miserias materiales. Es el milagro que tanto obsesionaba a Santayana: la capacidad de transformar un impulso puramente animal y posesivo en una emoción espiritual desinteresada. Ante la perfección, el deseo se suspende; ante la flacidez, el deseo simplemente muere.

Admirar un cuerpo hermoso es una de las experiencias más intensas y efímeras que nos son dadas. Ese acorde perfecto de líneas, esa cualidad de la luz jaspeada sobre la piel joven, esa actitud de reposo o de gracia contenida, existen solo para el momento. La belleza física es como el curso de un río helado que se funde: una combinación constante de elementos flotantes que cambian antes de que podamos atraparlos. Lo demás es recordarnos, a través de la celulitis y las lorzas adiposas, nuestra propia e higiénica decadencia biológica. Kristen Stewart recortada contra el horizonte donde palpitan llamas y aguas de oro. O César o nada, o placer visual o nada. Exijamos el derecho de admisión en las playas públicas.

Periódico 27

El acto de «hojear» («feuilleter», en francés, o «browsing», en inglés) es una de las mayores delicias de la experiencia lectora. No es leer en el sentido estricto; es una exploración táctil, visual y olfativa, un vagabundeo caminante del ojo y de la mano que se entrega al azar, al seguro azar.

Hojear un libro es un arte que los lectores excesivamente serios desprecian injustamente. Consideran que es una pérdida de tiempo, cuando en realidad es un saboreo como de carne tierna de liebre. Al hojear, el espíritu mantiene su soberanía plenipotenciaria; no se somete a la dictadura ni a la tiranía del autor. Saltamos de la página veinte a la ciento cincuenta, nos detenemos en un adjetivo, contemplamos el blanco de los márgenes, admiramos la arquitectura de un párrafo. Hojear es dialogar con el libro en igualdad de condiciones, tentando el terreno, disfrutando del peso del volumen en la mano y de la música que hacen las hojas al rozarse entre sí. Es el aperitivo del espíritu «joguener».

Hay una impaciencia en ese primer contacto. El pulgar desliza las páginas con rapidez, provocando una ráfaga de aire que trae consigo el olor a tinta, a papel o a tiempo (solo somos un río de tiempo) acumulado. Es un instante de pura promesa. En esos pocos segundos en los que el libro desfila ante nuestros ojos como un cinematógrafo de papel, todo es posible. Vemos una palabra en cursiva, el inicio de un capítulo, un diálogo interrumpido… y la imaginación vuela, construyendo el libro antes de haberlo leído. Hojear es el placer de la anticipación en su estado más verosímil.

El verdadero amante de los libros necesita el crujido del papel, el peso del tomo equilibrado en la palma de la mano y, por encima de todo, la felicidad, la inmensa felicidad de hojear, de demorarse en el hojeo. Escuche el sonido que hace un buen libro cuando pasas las hojas rápidamente bajo los dedos: es un susurro, una música que te dice que el libro está vivo y dispuesto a entregarte sus secretos. Hojear es como asomarse a las ventanas de una casa extraña mientras caminas por la calle al atardecer.

«La lectura más placentera no es la que se realiza de manera continua y sumisa. Existe un placer de la deriva, que se produce cuando hojeamos, cuando saltamos páginas, cuando leemos a saltos y a tirones. Al hojear, el lector corta el hilo del discurso, crea lagunas, inventa su propio ritmo. Es una lectura desinhibida que busca las zonas de intensidad del texto. Deslizar los dedos por las páginas, detenerse en una línea porque nos atrae su tipografía o su sonoridad, y luego continuar el viaje hacia adelante o hacia atrás, es un acto hedonista. Hojear desmitifica el libro como monumento sagrado y lo convierte en un espacio de juego y de placer físico», Roland Barthes, «El placer del texto».

Periódico 26

La gente ya no vive su vida; vive la vida vicaria de los futbolistas enriquecidos y simiiformes, consumiendo la mercancía que les venden entre gol y gol. España es poco más que un vulgar ejemplo de subliteratura. El poder ya no necesita bayonetas para controlar a la juventud o a las masas; le basta con darles un Mundial y programas de debate futbolístico durante la semana. Ven los partidos con su sialorrea inevitable, y el nalgatorio, posaderas o asentaderas perfectamente posado en el sofá.

Yo me quedo leyendo, mientras la cloaca socialista hace de las suyas y los moscardones se comen mis rosales, mientras la grisalla atroz anubarra el mundo, yo leo «Le Vite de’ piu eccellenti pittori, scultori, e architettori, Scritte da m. Giorgio Vasari pittore et architetto aretino, Di Nuovo dal Medesimo Riviste Et Ampliate Con i Ritratti Loro Et con l’aggiunta delle Vite de’ vivi, & de’ morti Dall’anno 1550 insino al 1567».

Clásico que contiene más de 140 retratos de los artistas biografiados insertos en el texto. Cada retrato está enmarcado en una cartela xilográfica manierista diferente (algunas con figuras alegóricas de las artes, grutescos y mascarones). Estos grabados son atribuidos tradicionalmente al maestro Maestro Giovano (o grabados bajo la supervisión del propio Vasari y ejecutados por Domenico Basa)

Papel verjurado de trapo de alta calidad, de gran consistencia y grosor, típico de las prensas de los Giunti (un ejemplar de la Giuntina de 1568 se considera hoy una pieza de museo) Presenta marcas de agua (filigranas) habituales de la Toscana de mediados del siglo XVI (frecuentemente flores de lis o ánforas)

Recuerden, amigos: Stultis circumstantibus, prudentiores ad artes et litteras confugimus.

***

En la prosa de críticos de arte actuales habitualmente encontramos unos galimatías propios del más opaco terrorismo lingüístico. Así observamos como sustantivan verbos y adjetivos de forma innecesaria («la espacialidad de la vacuidad trans-objetual»), describen un objeto mundano con gravedad filosófica (una superficie pulida del banal Koons se traduce como «un cuestionamiento ontológico del reflejo del ser en la hiper-realidad mediática») o bien afean su estilo con una sintaxis laberíntica: oraciones subordinadas interminables que agotan al lector y diluyen la falta de contenido real.

Vasari utilizaba conceptos claros como la maniera (el estilo), la proporción o la gracia. Cuando elogiaba a Miguel Ángel, describía minuciosamente cómo el artista extraía la musculatura del mármol, argumentando que la obra superaba a la naturaleza mediante el esfuerzo, el intelecto y el dominio técnico. El texto de Vasari acercaba el arte al lector a través de la admiración por el hacer humano.

Por el contrario, la prosa que rodea a Hirst o Koons suele ignorar por completo el proceso de producción material (ocultando a menudo que fue fabricado en masa por talleres anónimos en Alemania o China) para forzar analogías con pensadores como Baudrillard, Derrida o Marx. Se produce una paradoja irónica: se utiliza terminología anticapitalista y radical para validar las piezas decorativas de los multimillonarios de Wall Street.

Vasari es un clásico de la elegancia. La humareda verbal sobre el arte contemporáneo es un signo de bizantinismo confuso.

Periódico 25

A una isla desierta me llevaría «Anatomía de la melancolía», de Burton, un tomo de más de mil páginas, impreso en papel ahuesado de buen gramaje, con amplios márgenes. La portada debería estar revestida en plena tela o piel oscura, quizá verde botella o burdeos profundo, con hierros dorados discretos en el lomo. No conviene una encuadernación ostentosa; Burton detestaría el lujo vacío. Le corresponde una nobleza monástica. Un volumen destinado más a la conversación intelectual que a la exhibición.

Miles de citas en latín, griego, italiano, francés y español; referencias a médicos árabes, filósofos antiguos, cronistas medievales, poetas renacentistas, astrónomos, teólogos, viajeros y locos. El lector no avanza por un camino recto, sino por un laberinto de senderos que se bifurcan continuamente. Burton habla de la tristeza, pero termina hablando de todo: del amor, de la amistad, de la religión, de la música, de los sueños, de la política, de la educación, de la muerte y de la condición humana.

Se puede abrir al azar y encontrar una observación brillante sobre Hipócrates, una sátira feroz contra los pedantes o una defensa apasionada de la música como remedio del alma. Es uno de esos rarísimos volúmenes que justifican la existencia de una biblioteca. No es casual que escritores tan distintos como Samuel Johnson, Charles Lamb, Jorge Luis Borges o William Osler lo venerasen.

Periódico 23

Mi biblioteca (alrededor de 25.000 volúmenes ocupando todas las estancias, incluida la cocina y el baño) pertenece a una tradición muy antigua de la bibliofilia: la del coleccionista que no busca únicamente los «grandes libros» o libros canónicos (que siempre es un placer releer y estudiar), sino los libros excéntricos, aquellos donde la inteligencia humana, el error, la imaginación y el delirio han dejado su rastro. Hay bibliotecas que parecen construidas para demostrar una tesis, una cosmovisión compacta y racional; otras, para demostrar que el mundo ha sido mucho más extraño de lo que suele admitir la historia o las intuiciones precipitadas.

Manguel evoca a lectores cuya vida quedó absorbida por los libros: desde Richard de Bury, que sacrificaba recursos y comodidades para adquirir manuscritos, hasta coleccionistas modernos que organizaban su existencia alrededor de bibliotecas concebidas como un mapa (o su íntima biografía) del universo. Alberto Manguel insiste en que, para algunos, una biblioteca no es un depósito de volúmenes, sino una autobiografía obsesiva de celulosa: cada adquisición testimonia una curiosidad, una compulsión o un ineludible encuentro intelectual. También recuerda figuras como Aby Warburg, cuya biblioteca estaba ordenada por afinidades mentales antes que por disciplinas, y Thomas Phillipps, cuyo afán de reunir manuscritos llegó a ser enfermizo.

Supongo que ya sospechan que una de mis mayores alegrías no vendría de incorporar un incunable —que también lo celebraría, si fuera muy rico—, sino de hallar un opúsculo de cuarenta páginas impreso en una ciudad alemana en 1827 por un profesor desconocido que «demuestra» la imposibilidad del infinito, o una edición elzeviriana en doceavo sobre magnetismo animal con anotaciones manuscritas de un lector del siglo XVII. Son esos libros fronterizos, a medio camino entre la erudición y la extravagancia, los que convierten una biblioteca en un auténtico gabinete de curiosidades intelectuales.

En ese ámbito les puedo hablar de los «circle squarers». Toda una tradición editorial de folletos victorianos dedicados a trisecar el ángulo, duplicar el cubo o cuadrar el círculo. Muchos fueron impresos por sus propios autores en tiradas mínimas. Son una delicia para cualquier bibliófilo. El mentor de todos ellos es James Smith, quien durante décadas publicó libros demostrando haber resuelto definitivamente la cuadratura del círculo. Cada nuevo matemático que lo refutaba era, según él, víctima de un gigantesco complot académico. Grande y locuelo este James.

Me chiflan autores muy recónditos, olvidados por cualquier ojo lector y por cualquier centella de la memoria. Yo seré uno de esa estirpe. Así, Pierre Boutang, cuya prosa avanza mediante espirales y símbolos. O Gustave Thibon, campesino, místico y moralista, un híbrido o cruce de La Rochefoucauld y Simone Weil.

Me chiflan aquellos tratados que representan sistemas lógicos mediante estructuras algebraicas, cómo retículos, álgebras de Boole, álgebras de Heyting y estructuras relacionadas permiten estudiar lógicas clásicas y no clásicas con herramientas algebraicas. La idea central, expresada sin tecnicismos, es hermosa: en lugar de manipular fórmulas una por una, se estudian las «formas» abstractas que obedecen todas las inferencias posibles.

Uno de los tesoros de mi biblioteca es un facsímil de Magia naturalis de Giambattista della Porta. Vivió en una época de transición entre la alquimia y la ciencia experimental, una época de frontera, por lo que en su libro conviven experimentos ópticos auténticos con recetas para invisibilidad, filtros amorosos y observaciones botánicas muy modernas.

Y cómo no hablar de las enciclopedias. Las Etymologiae (Etimologías) de Isidoro de Sevilla (c. 630). El Speculum Maius (El Gran Espejo) de Vicente de Beauvais en el siglo XIII (reúne más de cuatro millones de palabras que sintetizan el saber de su siglo). Los 12 libros que cubren las artes liberales, la filosofía natural y la filosofía moral en el muy usado manual universitario Margarita Philosophica de Gregor Reisch (1503). Y la Britannica, la Espasa, la Wikipedia, la de Chambers o la de Gessner. Un festín orgiástico.

Libros, libros… desde semánticas de Lambek para lingüística formal, desnudos pneumáticos, biografías de estrellas del rugby, o Ken Follet, Georges Palante y Joyce, hasta Antonio Magliabechi, el legendario bibliotecario de los Médici. Vivía rodeado de montañas de volúmenes, dormía vestido entre ellos y poseía una memoria tan prodigiosa que podía indicar el lugar exacto de un pasaje en miles de obras sin necesidad de consultarlas. Su casa era descrita por los visitantes como una biblioteca habitada por un hombre más que como la vivienda de un erudito.

La única pasión de mi vida.

Periódico 22

Llovet: «Los medios de comunicación, la opinión pública fantasmagórica que se ha creado, aquí y en todo el mundo occidental, ha hecho que no importe nada la soberanía intelectual que debe poseer todo ciudadano en una nación o en un Estado democrático. Y sin esta soberanía individual, compartida por la vía del diálogo (dia-logos, un lenguaje, una voz, un discurso, que se pueden atravesar), las naciones pueden derivar hacia un constructo similar a las tiranías. Es el gran problema de las democracias actuales, y diría que en todas partes: no están basadas en el acuerdo dialogante entre la ciudadanía que conforma un Parlamento, sino en una especie de logomaquia, una guerra de palabras, de frases hechas, difundidas por los partidos políticos, que han minado la posibilidad del disentimiento racional y sensato».

La «opinión pública» contemporánea no es el resultado del debate ciudadano libre, sino un artefacto mediático («fantasmagórico») que sustituye el juicio crítico individual por marcos de pensamiento prefabricados. Nada conviene más al hombre que el uso de la razón compartida. No existe comunidad política allí donde los ciudadanos han perdido el juicio recto sobre lo justo y lo injusto, la verdad y la mentira.

Tres ideas clásicas recorren Occidente: la importancia de la autonomía del juicio, la verdad como fruto del diálogo y el peligro de la propaganda cuando sustituye a la deliberación.

A propósito de ello, pocas páginas resultan tan actuales como el célebre análisis de la guerra civil de Córcira. Tucídides escribe:

«Las palabras cambiaron incluso su significado habitual para adaptarse a los hechos. La temeridad irreflexiva pasó por valentía; la prudencia fue considerada cobardía; la moderación, disfraz de la debilidad; la inteligencia para examinar todas las cosas fue juzgada incapacidad para actuar.»

Habermas es quizás el paralelo directo más estrecho con la tesis de Llovet sobre el vaciamiento de la racionalidad dialogante por parte de los partidos y los medios de comunicación. Fue un profeta de la malhadada era Trump. Parafraseándolo libremente:

«Con la expansión de los medios de comunicación de masas de tipo comercial, la esfera pública cambia de función: se convierte en un espacio en el que se exhiben ofertas de consumo cultural y de prestigio político, más que en un foro para el debate racional. La comunicación pública se ve sustituida por la escenificación mediática. Los partidos políticos no buscan la formación del juicio político de los ciudadanos mediante la discusión y la deliberación racional, sino la coacción publicitaria sobre los votantes. Las frases hechas, los eslóganes fabricados por asesores de imagen y las técnicas de relaciones públicas han transformado el debate parlamentario en un espectáculo de cara a la galería, donde el disentimiento racional ha sido anulado en favor del alineamiento dogmático».

Sin ciudadanos capaces de juzgar, las instituciones se vacían. No deleguemos nuestro pensamiento. Pensemos por nosotros mismos.

P.S.: Este es un texto redactado por mí a partir de una selección y edición de ideas filosóficas localizadas con ayuda de una IA. Acaso sea una exageración llamarlo híbrido, pero también sería deshonesto considerar su autoría inquebrantablemente personal. Resulta cuando menos curioso que haya usado la máquina para exigir el rescate del juicio humano.

Periódico 21

Como aconseja Chateaubriand: “Hay ciertas épocas en que no debe uno derrochar el desprecio, dado el considerable número de necesitados”. España no es un bellísimo kimono de seda tintado con colores naturales, que alguien aprieta en una mano y lo lanza al aire hasta caer sobre una bruñida mesa de caoba sobre la que se desliza hasta el suelo en la oscuridad iluminada por la Luna. España es tosca y carece de esa elegancia. En España no tiran la basura, la convierten en gobierno. El demonio es optimista si cree que puede hacer peor el voto de los españoles. El gobierno degeneró en oclocracia.

¿Excesivo comparar Ceuta y Melilla con «Pánico en el Transiberiano»? En absoluto. Tienen exactamente la misma claustrofobia sobre raíles: un microclima aislado donde los pasajeros —ciudadanos y gobernantes por igual— se ajustan la corbata y mantienen la etiqueta del vagón restaurante mientras, al fondo del pasillo, la criatura va absorbiendo la soberanía sin meter ruido. Es la misma trampa de falsa hospitalidad que retrató Naschy en «El huerto del francés»: la sonrisa del anfitrión afable que te invita a cenar mientras calcula por dónde va a enterrar el cadáver.

Porque en la política exterior española con Marruecos no hay diplomacia, sino hermetismo esotérico. Al no explicarse nada, la ciudadanía se ve obligada a ejercer la Cábala renacentista: como en el De Arte Cabalistica de Johannes Reuchlin, hay que escudriñar los signos ocultos, las sombras y los silencios —un volcado de teléfono por aquí, un giro sobre el Sáhara por allá— para intentar descifrar las intenciones inefables de la alta política. Una danza macabra que Saint-Saëns o Stravinsky habrían orquestado con deleite.

¿Y en el centro del escenario? El gran ilusionista, el amado líder. A Polibio, cuando llegó a Corinto poco después de la derrota griega, le horrorizó ver a soldados romanos utilizar el reverso de valiosas y hermosas pinturas como tableros de juego. Yo siento lo mismo que Polibio al observar a nuestro gobierno. Porque ante semejante panorama, la figura de Pedro Sánchez no pide un réquiem, sino el ritmo contagioso de «Sarri, Sarri»: esa capacidad casi mística para meterse en el bafle justo cuando la policía rodea la plaza y salir por la puerta de atrás sonriendo a la cámara.

Periódico 20

«Los libros son el mejor avituallamiento que he encontrado para este viaje humano. Nada conozco que alivie tanto las fatigas de la vejez como su compañía. Siempre los tengo a mano; me consuelan en la soledad, me libran del peso de la ociosidad, apartan de mí las preocupaciones importunas y, cuando el dolor o la enfermedad me asedian, encuentro en ellos un remedio. No me exigen ceremonias; puedo abandonarlos cuando quiero y volver a ellos sin queja alguna. Converso con los espíritus más excelentes de los siglos pasados, escucho su juicio, confronto el mío con el suyo y hago de esa conversación silenciosa una de las mayores felicidades de mi vida», Montaigne, Ensayos, III, 3

No basta con saber leer; importa saber qué merece ser leído. ¡Cuántos hombres han fechado una nueva época de su vida a partir de la lectura de un solo libro! La palabra escrita es la reliquia más preciosa que poseemos: algo más íntimo con nosotros y, al mismo tiempo, más universal que cualquier otra obra de arte. En ella conversan directamente las mejores inteligencias de todas las edades con quienes todavía no han nacido.

Vivir ilustradamente hoy significa aceptar que la complejidad será castigada, que la duda será tomada por debilidad y que la lentitud será interpretada como irrelevancia. Y, aun así, persistir. No por optimismo, sino por decencia intelectual.

«Cualesquiera que hayan sido los placeres que me hayan apartado del estudio, siempre he vuelto a él con mayor avidez. Me he consagrado a la antigüedad porque este tiempo presente siempre me ha desagradado de tal manera que, de no haberme impedido la piedad divina, siempre habría preferido haber nacido en cualquier otra época; y he procurado olvidar esta en la que vivo, viviendo en espíritu con los clásicos. Mis estudios han sido las bellas letras y la filosofía moral; de la poesía me serví como de un ornato, y de la historia, como de una maestra de la vida… No he buscado las riquezas sino para no depender de nadie; la soledad de mi biblioteca me ha sido siempre más dulce que los palacios de los príncipes», Petrarca.

Huyo de conversaciones llanas como acera de calle, de ideas ordinarias que no suscitan pensamiento ni ensoñación. El filisteo juzga suficiente el éxito material; la cultura, en cambio, pregunta continuamente si esa forma de vivir hace mejores a los hombres. Por eso solo converso con los muertos.

Así, leo ese compendio disparatado de Torres Villarroel donde pretende diseccionar, mediante la razón científica, temas absolutamente especulativos: el aire, las brujas, la composición física de los demonios y los fluidos corporales. O la Historia de la vida del hombre de Lorenzo Hervás y Panduro, un ensayo monumental de siete volúmenes que intenta clasificar la vida humana según el grosor de las capas de la piel, la digestión de las comidas regionales y la influencia de la fase lunar en las decisiones políticas —lomo en piel de pasta española con tejuelos de tafilete rojo y verde, cortes veteados; contiene mapas estadísticos de mortalidad en el siglo XVIII—. Y no me desagrada leer, ni mucho menos, a Tom McCarthy, Iain Sinclair o Mark Z. Danielewski.

Libros, locura de mi vida.