Cornaro 130

La libertad de prensa no es un privilegio gremial de los periodistas, sino la garantía auroral de que el ciudadano no es reducido a un súbdito desinformado. Sin una prensa dispuesta a asumir el riesgo de incomodar, sin su papel de mosca cojonera, la opinión pública es sustituida por la propaganda o el miedo, lo que a la postre diluye la soberanía de una sociedad para su autogobierno.

En ese clásico de las ideas -y que debiera ser revisitado en estos tiempos de zozobra-, «Verdad y política», de Arendt, afirma la pensadora de adopción estadounidense: «La libertad de opinión es una farsa a menos que se garantice la información objetiva y que no se cuestionen los hechos mismos. En otras palabras, la verdad factual establece los límites del poder político». Sobre el peligro de silenciar la crítica sigue vigentísimo otro clásico de Mill, el magistral «Sobre la libertad». Grábemonos a fuego: «Si se silencia una opinión, no sabemos si esa opinión es verdadera; y si lo supiéramos, el silenciarla sería un mal todavía mayor, porque si es falsa, los hombres pierden el beneficio de una percepción más clara de la verdad, producida por su choque con el error». Y Revel: «La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. La democracia no puede vivir sin la verdad, mientras que el totalitarismo no puede vivir sin la mentira. El hundimiento de la información es el hundimiento de la democracia». Y, last but not least, el gran Popper: «Necesitamos la libertad para evitar que el Estado abuse de su poder, y necesitamos al Estado para evitar el abuso de la libertad. La crítica libre es el único mecanismo que tenemos para detectar nuestros errores antes de que sea demasiado tarde».

Cornaro 129

Para Ockham el papa gobierna en lo espiritual; el emperador o príncipe en lo temporal y ninguno posee un poder absoluto que convierta a los cristianos en siervos. En el «Dialogus» sostiene: “Parece demostrable de varias maneras que en los asuntos temporales el papa no tiene poder directamente de Cristo. Pues así como el emperador se relaciona con los asuntos temporales, así el papa se relaciona con los espirituales en cuanto recibió directamente de Cristo su poder. Pero el emperador no tiene poder en los asuntos espirituales. Por tanto, en los asuntos temporales el papa no tiene poder directamente de Cristo”.

La Ilustración del XVIII suaviza las teocracias, no tanto destruyendo toda religión, como despolitizando la verdad religiosa. Locke lo formula con nitidez: “El gobierno civil no puede dar ningún nuevo derecho a la Iglesia, ni la Iglesia al gobierno civil. De modo que, tanto si el magistrado se une a una Iglesia como si se separa de ella, la Iglesia permanece siempre como antes: una sociedad libre y voluntaria. No requiere el poder de la espada por la llegada del magistrado, ni pierde el derecho de instrucción y excomunión por su retirada”.

España fue tradicionalmente católica. Aquí no encontramos una estricta separación liberal al estilo anglosajón ni un laicismo militante como el francés, sino una peculiar aconfesionalidad: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”, Constitución Española, art. 16.3.

Quizá entonces se entiendan muchas cosas.

Cornaro 128

Yo, Petrus Sánchez, no escribo solo la historia. La hago. La diseño. La modelo. Yo puedo rehacer el orden natural de los hechos, si así me lo exige la salud de España. El Supremo Dictador no es un hombre. Soy un principio, una idea, el eje sobre el cual gira el destino de este pueblo. Para gobernar un pueblo de ciegos no se necesita luz, sino una mano que nunca tiemble al cortar la mano del que intenta palpar las sombras. Mi mayor victoria no ha sido vencer a mis enemigos, sino extinguirlos, falsificarlos, trocearlos, expulsarlos de la memoria colectiva.

Yo, Sánchez Castejón, miento según mi arbitrio, manipulo a un ganado lelo, convierto este país en un nido de ladrones, de analfabetos y de cobardes. Un hombre de Estado no puede permitirse debilidades físicas ni morales. El día que un subordinado te ve pestañear o nota el olor de tu sudor, ese día dejas de ser un dios para convertirte en una presa. A los hombres no se les domina con discursos de libertad o prosperidad; se les domina conociendo sus vicios, sus deudas y sus ambiciones, participando de las corruptelas, haciéndoles saber que sus haciendas enteras penden de un hilo que yo sostengo con dos dedos. El día que yo falte, este país volverá a ser el muladar de donde lo saqué.

La chusma solo entiende la razón del fútbol y las tabernas. Los soñadores, los estudiantes, los intelectuales… todos sueñan con un país decente porque confunden la libertad con el desorden. Pero aquí, mientras Pedro Sánchez respire, la ley de la felonía se cumplirá a rajatabla. No me conmueven los llantos de los pobres ni las arengas de los poetas. La satrapía tiene un precio, y yo soy el encargado de cobrarla.

La verdad no es lo que ocurrió, sino lo que yo decido que aparezca en el boletín oficial. Si yo digo que la tierra es plana, la corte entera debe modificar la geografía y la ciencia. Qué hostias me importa a mí el juicio de la historia, si la historia la escribo yo a mi antojo y conveniencia, yo que he visto pasar más de diez generaciones de Ábalos, Leires, Koldos y Cerdanes, mientras sigo aquí firme en mi silla de mando oyendo el rumor de la UCO en los corredores del palacio, gobernando este mar de mierda donde nadie se atreve a decirme que el sol no brilla si yo digo que es de noche. Se gobierna como a mí me da la puta gana.

Cornaro 127

Comparteixo plenament la tesi central de l’article del mestre Llovet: el prestigi d’una literatura no depèn únicament de les seves obres mestres, sinó també de la capacitat d’una comunitat per establir-les, documentar-les, contextualitzar-les i transmetre-les amb rigor filològic.

Llegir un poema no és pas el mateix que saber quin poema va escriure realment l’autor, en quina versió, amb quines variants, en quin context editorial i després de quines revisions successives. En un poeta com Carner, que corregia, depurava i recomponia els seus versos amb una exigència gairebé incessant, aquesta tasca esdevé decisiva. Una tradició literària madura necessita filòlegs tant com poetes. Més enllà de la grandesa mateixa de l’obra carneriana, cal reivindicar aquest treball lent, discret, pacient i sovint invisible que fa possible que les interpretacions futures descansin sobre textos sòlidament establerts.

En elogi de Jaume Coll podríem recordar aquelles fórmules llatines que semblen escrites expressament per a la seva empresa: Textum restituit, memoriam servat, posteritati tradit; o bé Primum textum stabilire, deinde interpretari; i encara, en una formulació més humanística, Carnerum posteritati vindicat.

Recordem, així mateix, la Frankfurter Hölderlin-Ausgabe, un dels projectes filològics més complexos del segle XX, a causa de l’estat fragmentari de molts manuscrits; o les edicions Arden Shakespeare, Oxford Shakespeare i New Cambridge Shakespeare, veritables monuments de la filologia anglesa. Recordem també l’admirable edició de l’obra poètica d’Eliot a cura de Christopher Ricks i Jim McCue; el Quevedo de Blecua, fita major de la filologia hispànica contemporània; o la reconstrucció textual de Góngora duta a terme per Antonio Carreira.

Tot plegat ens recorda que una gran literatura no es compon tan sols de grans escriptors, sinó també de grans editors, grans filòlegs i grans lectors. La tasca de Jaume Coll situa Josep Carner dins d’aquesta noble tradició europea de les edicions crítiques exemplars. Una notícia excel·lent per a la cultura catalana.

Cornaro 126

(León XIV, go home)

Empecemos con una cita contundente del escritor colombiano Fernando Vallejo: “La puta, la gran puta, la grandísima puta, la santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala; la del Santo Oficio y el Índice de Libros Prohibidos; la de las Cruzadas y la noche de San Bartolomé; la que saqueó Constantinopla y bañó de sangre Jerusalén; la que exterminó a albigenses y a los veinte mil habitantes de Beziers; la que arrasó con las culturas indígenas de América; la que quemó a Segarelli en Parma, a Juan Hus en Constanza y a Giordano Bruno en Roma; la detractora de la ciencia, la enemiga de la verdad, la adulteradora de la Historia; la perseguidora de judíos, la encendedora de hogueras, la quemadora de herejes y brujas…”.

Un grupo de radicales, barbados y vestidos de negro, afloran del desierto. Se dirigen a Palmira y la emprenden a golpes con el templo de Atenea y sus estatuas. ¿Son terroristas del Estado Islámico en el siglo XXI? No, son fundamentalistas cristianos del siglo IV.

Con el «triunfo» del Cristianismo en el s.IV bajo Constantino, los cristianos demolieron templos paganos, derribaron estatuas de dioses, mutilaron relieves, arrancaron frescos y mosaicos, talaron arboledas sagradas, quemaron bibliotecas, rasparon pergaminos con textos grecolatinos… para escribir oraciones.

El Olimpo Grecolatino les parecia demencial, erróneo y pecaminoso… ¡Y procedieron a destruirlo!El Dios cristiano exigía exclusividad. Y tolerar a otros dioses equivalía a permitir el mal. Eso se llama intolerancia. Ser intolerante era ser virtuoso. Forzar a otro a salvarse era bueno.

«Tras reflexionar largamente sobre lo que ha surgido de este engaño sistemático —todas las luchas entre papas y soberanos terrenos, la destitución de reyes y emperadores, las excomuniones, las inquisiciones—, se siente uno obligado a preguntar si ha sido más la mentira que la verdad lo que ha influido de manera permanente sobre la historia de la humanidad. Pues nunca se ha mentido y engañado con tanta frecuencia y tanta falta de escrúpulos como en el campo de la religión. Y es cabalmente en el cristianismo, el único verdadera y realmente salvífico, donde dar gato por liebre está a la orden del día, donde se crea una jungla casi infinita del engaño desde la Antigüedad y en la Edad Media en particular.», Deschner, «Historia criminal del cristianismo», Tomo IV: Falsificaciones y engaños.

Las religiones, nos contaba mi maestro Mosterín, son subproductos hipertrofiados de nuestra evolución cognitiva. En el Pleistoceno, detectar intencionalidad donde solo había azar —pensar que el crujido de una rama era un depredador y no el viento— tenía un valor de supervivencia. Heredamos un cerebro diseñado para buscar agentes detrás de cada fenómeno. El problema surge cuando, en lugar de corregir ese sesgo mediante la ciencia, las culturas lo institucionalizan, creando agencias invisibles llamadas dioses. La religión no cayó del cielo; es un fósil cultural de la infancia de la humanidad que se niega a disolverse, un intento arcaico de hacer tecnología mediante el rezo y ciencia mediante el mito.

La religión procede de la infancia de nuestra especie, de una época en la que no sabíamos que la Tierra era redonda, ni que orbitaba alrededor del Sol, ni que la materia estaba compuesta de átomos, ni que las enfermedades eran causadas por microorganismos. Era nuestro primer y peor intento de explicar la realidad, de consolar nuestros miedos y de regular nuestra conducta moral. Al igual que la astrología o la alquimia, cumplió una función primitiva. Pero insistir en mantenerla viva hoy, cuando la ciencia nos ofrece una visión del cosmos incomparablemente más bella, vasta y comprobable, no es solo un anacronismo; es una traición a la madurez intelectual de la especie humana. Nos exige que sigamos teniendo miedo a la oscuridad cuando ya hemos aprendido a encender la luz.

P.S. Soy consciente del tono premeditadamente provocador del escrito. El catolicismo pasó en Occidente por un proceso de ilustración en el s. XVIII, lo que suavizó sus formas, bestialidades y oscurantismos. Asimismo, la cultura cristiana tiene una benemérita base filantrópica, y un patrimonio cultural y artístico soberbio. Solo soy un mamífero para poder entender misterios tremendos. Según Gómez Dávila, los ateos somos como monaguillos con acné pretendiendo enfrentarse a un coloso. Pero no puedo evitar mi propensión a no creer en una serie de cuentos metafísicos cuando lo plausible es decir, como mínimo, «NO SÉ».

Cornaro 125

La locura es un lugar extraño, un colosal marasmo léxico, donde las ideas y los pensamientos se entrelazan en una danza caótica. A veces, tengo la sensación de estar atrapado en una tormenta de pensamientos que me abruman («Dime todo sobre. Anna Livia! Lave quieta y no salpiques. Vea esta camisa. Vea qué suciedad), pero en medio de ese torbellino, también encuentro patrones y verdades que pueden parecer invisibles para otros. La lucha es constante, pero también lo es el deseo de comprender y crear. Sí, la mente puede ser un laberinto oscuro, lleno de ecos de voces que no siempre son nuestras (cuanto más corto el garrote se encona más el salvaje) En momentos de angustia la realidad, chof chof glups, se distorsiona, y la lucha por mantener un algo de identidad se convierte en una heroicidad. La escritura es mi salvación, un medio para dar voz a esos susurros y encontrar orden en el caos. La esquizofrenia es como estar atrapado en un juego de espejos, donde la realidad se fragmenta y se distorsiona. La soledad y el aislamiento que a menudo nos acompañan son abrumadores, pero es a través de la escritura que encuentro una conexión con el mundo. La literatura ofrece un refugio, un espacio donde la lucha puede ser compartida y entendida.

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«La esquizofrenia puede ser vista como un grito desesperado de una persona que siente que su identidad se desmorona. En este estado de angustia, el individuo no solo enfrenta la desintegración de su sentido del yo, sino que también se encuentra en una búsqueda de significado. La creatividad, en este contexto, puede ser tanto un refugio como un desafío, ya que permite al individuo explorar su dolor mientras busca una conexión con el mundo», Rollo May.

«La lucha contra la esquizofrenia es una batalla que se libra en múltiples frentes: el interno, el social y el emocional. Los pacientes a menudo enfrentan el estigma y la incomprensión, lo que puede agravar su sufrimiento. Sin embargo, la posibilidad de encontrar significado en la experiencia, incluso en medio de la locura, puede ser un camino hacia la sanación. La terapia debe ser un espacio donde se reconozcan y validen estas luchas», Irvin D. Yalom.

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Hoy escribí y leí mucho.

Cornaro 124

La crítica no consiste en dictar sentencias apodícticas, definitivas y napoleónicas. Consiste en aumentar la comprensión. El crítico ideal acaso no deba ser un juez que levanta el martillo o el pulgar arriba o abajo, sino un lector excepcional, algo arbitrario, que logra que los demás vean más de lo que habían visto sin su ayuda.

Permítanme citar al extraordinario prosista Alfonso Reyes: «La crítica no es un juicio de faltas ni una colección de censuras; es una función de acompañamiento y comprensión. El crítico es el ciudadano del mundo de las letras que sale al camino a recibir al viajero, a ofrecerle hospitalidad en su propia mente. Para ejercerla bien, se requiere una dosis inmensa de simpatía, que no es debilidad ni indulgencia, sino la capacidad creadora de ponerse en el lugar del otro. Una crítica que no sea, en alguna medida, una obra de arte ella misma, que no posea un ritmo, una luz y una sonrisa en su propia prosa, no es más que contabilidad literaria. El verdadero crítico no busca imponer una ley desde fuera, sino descubrir la ley interna que el autor se ha impuesto a sí mismo, y ayudar al lector a percibirla. Nuestra labor es traducir la belleza, deslindar el misterio de la creación con manos delicadas, sabiendo que la literatura es, ante todo, un fenómeno de la vida que se contagia y se celebra».

Para mí escribir crítica es, en esencia, un ejercicio de lectura minuciosa, de destripar el mecano o averiguar los pasadizos del castillo. El crítico no debe mirar el texto desde la distancia o dogma cerril de una teoría preconcebida, sino que debe meterse debajo de las frases como un niño leyendo bajo las sábanas con una linterna, examinar cómo están construidas las bisagras (aquello que técnicamente se llama en arquitectura «puentes de tráfico»), las bisagras de la novela o el ensayo, sentir cómo respira o asfixia un adjetivo, qué color tiene, cuánto pesa y qué cola de cometa dibuja. Mi enfoque es técnico, pero estético a la vez. El crítico debe poseer un oído musical absoluto para el lenguaje, debe ser un superdotado lingüístico; capaz de detectar la nota falsa o la impostura, el sonsonete perezoso y repetitivo, el cliché que afea, pero también advertir las geniales iluminaciones de inmensidad.

También mi ambición, cuando leo con ojos de escritor, es contagiar el entusiasmo por los libros, ese verdadero motor de mi vida, despojando a la literatura de la atmósfera de solemnidad académica. Me gusta ser conversacional, si puede ser ingenioso, ligero, pero profundo. Debe leerse con el mismo placer con el que se escucha a un amigo inteligente hablar en la sobremesa después de una buena cena. Al fin y al cabo, la literatura se inventó para hacernos más humanos y más felices.

Cornaro 123

Históricamente, los palcos no se diseñaban para ver mejor el escenario, sino para ser vistos por el resto del teatro. Estaban a la altura de los ojos de la masa, lujosamente decorados, iluminados de forma que la aristocracia y la alta burguesía pudieran exhibir sus joyas, sus pieles y sus alianzas. El palco donde los Marqueses eran el centro de gravedad de la atención de todo el teatro. Situado en el piso principal, en el sitio de honor, y sus colgaduras de damasco viejo, aunque acaso algo descoloridas, conservaban un aire de majestad rancia que se imponía a la muchedumbre de la platea y del gallinero. Sentada al borde, desafiando las miradas con una serenidad nacida de la costumbre del privilegio, estaba la marquesa, armada de sus eternos gemelos de nácar, que paseaba por el público como quien pasa revista a sus vasallos. A su lado, las jóvenes de la casa se exhibían como en un escaparate de modas, riendo a carcajadas mudas, haciendo señas con los abanicos a los jóvenes de la aristocracia que hormigueaban en el pasillo esperando el entreacto para asaltar el palco. Desde abajo, desde las butacas de la burguesía advenediza y desde los bancos de madera del gallinero, donde los menestrales sudaban y se asfixiaban, se contemplaba aquel reducto no como un lugar para disfrutar del drama, sino como el altar de la vanidad, donde se decidía quién era alguien y quién debía permanecer en la oscuridad del anonimato

«La Casita» de Bad Bunny opera bajo la misma lógica: sus ocupantes (actores, futbolistas, nepobabies) no están ahí para mirar el concierto; son parte de la escenografía del poder.

En la Platea de la ópera encontrábamos a la burguesía acomodada, el ciudadano con ciertos recursos que puede pagar el peaje para estar cerca del cogollo, pero sin pertenecer al círculo selecto. Es el terreno donde se asienta el verdadero poder: la burguesía del dinero. Allí, apretados en sus amplias butacas, se sientan los hombres de negocios, los agentes de bolsa, los abogados de moda, formando una masa compacta de cabezas calvas o encanecidas que huelen a oro y a influencia. Esos hombres no van a escuchar la música; van a vigilar sus inversiones sociales. Desde la platea, con las cabezas echadas hacia atrás y los ojos clavados en la curva de los palcos, los burgueses juzgan, tasan y sentencian. Calculan el valor de los diamantes de una condesa, estiman la deuda del marido por el tamaño del palco que ocupa y deciden qué reputación mercantil va a caer al día siguiente en la Bolsa. La platea es el patio de un cuartel general donde la burguesía, vestida de riguroso frac negro, contempla la decadencia de la nobleza con una sonrisa de triunfo frío, sabiendo que, aunque los palcos estén más altos, el suelo del teatro y el dinero del mundo les pertenece.

El Gallinero o Paraíso o Cazuela o Loggione (La Plebe) Donde el aire es rudo y la visibilidad reducida; ahí se apiñaba el pueblo llano. La carne de gallinero. Un hormiguero de cabezas aplastadas contra el techo de yeso, una masa de rostros encendidos que se asomaban por encima de la barandilla de hierro como una marea a punto de desbordarse sobre el vacío de la sala. Hacía un calor de horno; los hombres, en mangas de camisa, se secaban la frente con los pañuelos, mientras las mujeres, con los cabellos desgreñados por el tumulto de la entrada, respiraban con la boca abierta. Había un rumor continuo de risotadas, de gritos de un banco a otro y de crujir de avellanas. Aquella plebe de París, Madrid o Viena, hacinada en las localidades baratas, poseía la alegría ruda de los días de fiesta. Desde su altura, suspendidos sobre el lujo reluciente de los palcos y el terciopelo de las butacas, contemplaban el espectáculo con una familiaridad insolente. No les importaban las reverencias de la gente bien; querían su ración de carne, su música pegadiza y sus chistes procaces. Cuando las luces bajaban, un silencio ansioso corría por el gallinero; todas aquellas miradas ardientes se clavaban en el escenario, y de aquel foso de sudor y harapos brotaba un estremecimiento unánime, el rugido de la bestia popular lista para ser domada o para devorar a los comediantes.

A Bad Bunny le sostiene una «plebs sordida» (Tácito) Los del gallinero -alma de siervos- solo existen para validar el estatus de los ocupantes del palco.

Cornaro 122

Jonás de Orleans fue un obispo carolingio que escribió manuales de conducta para los nobles y reyes de su época. Su obsesión era recordarle a los poderosos que la verdadera nobleza no radica en la sangre, sino en cómo tratan a los miembros más frágiles de la sociedad. Escribió: «Quasi non una sit omnium conditio nascendi et moriendi, et una sit terra quae omnes suscipit… Memento te non dominum pauperum esse, sed conservum», «Como si no fuera una misma la condición de todos al nacer y al morir, y una misma la tierra que a todos acoge… Recuerda que no eres el señor de los pobres, sino su compañero de servidumbre».

Sin olvidarnos de Pedro Blesense: «Pauperum lacrymae crux sunt divitum; et vana est omnis religio, quae viduarum et orphanorum fletibus non medetur», «Las lágrimas de los pobres son la cruz de los ricos; y es vana toda religión que no ponga remedio al llanto de las viudas y de los huérfanos».

O también a Paulino de Aquilea: «Non despicias inopem in angustia sua constitutem, quia et te et illum unus Creator plasmavit en utero», «No desprecies al indigente que se encuentra en su angustia, porque un mismo Creador los plasmó en el vientre tanto a ti como a él».

Tengamos presentes a aquellos que padecen una herida profunda, un dolor oculto e insufrible; aquellos cuyo paradójico orgullo no es otra cosa que la impotencia del corazón para defenderse contra la injusticia del destino: Seres a quienes hirieron y a quienes hundieron, pero que siguen siendo tan dignos como nosotros. Hermanos condenados al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, a la desnudez.

En su obra póstuma e autobiográfica, «El primer hombre», Camus rinde homenaje a su madre analfabeta y a su familia, atrapada en la pobreza de Argelia: «Ella no conocía las palabras de los libros, ni la política, ni las grandes ideas del mundo. Su vida se reducía al espacio entre la cocina y el lavadero, a un trabajo silencioso que le gastaba las manos día tras día. Los ricos pasaban a su lado sin verla, como si fuera transparente, como si los pobres pertenecieran a otra especie que no necesita explicaciones. Y, sin embargo, en su mirada limpia, en esa paciencia infinita con la que soportaba el peso de la existencia sin quejarse jamás, había una nobleza tan pura que hacía parecer ridículas todas las grandezas de los hombres de poder. Ella no pedía nada, no exigía nada; su sola presencia era una acusación silenciosa contra la soberbia del mundo».

Cornaro 121

(La casita de Bad Bunny)

De Platón a los decadentistas del siglo XIX, la historia de la estética demuestra que el arte nunca ha tenido como fin reflejar al pulcro ser espeso y municipal, sino atrapar el relámpago dionisíaco del deseo y la desmesura de la carne. El culamen o posaderas o asentaderas melómanos de unas muchachas sigue siendo el único dios. Cuando Peter Paul Rubens pintaba, la delicadeza mística pasaba a un segundo plano. La obra cumbre de Gian Lorenzo Bernini en la capilla Cornaro esencialmente es carnal. Y Tiziano y la Venus de Urbino. O las nalgas rosadas entre cojines de seda y pastoras idealizadas que jamás pisaron un barrizal de Boucher. Jamás perdamos el placer de rodearnos de criaturas hermosas.

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(Política. Café, copa y puro)

(i) En la retórica de Podemos, la mentira o el «engaño estratégico» no se perciben como un déficit democrático, sino como una astucia legítima contra una «derecha golpista» o un «régimen corrupto». Nihil novum sub sole. Mutatis mutandis, y soy consciente que no se puede quebrar la visión mesiánica de un zurdo, se proyecta la idea de que los demás son tramposos para justificar la trampa propia. Viejo, viejo. Al final a quien engañó es a sus votantes, como el relato goebbelsiano que transmuta el engaño en «hazaña de resistencia». Ese genio maligno cojo fue un inteligentísimo tipejo.

Podemos perfeccionó el «principio del enemigo único» (otra de las aportaciones del don juán de Renania) desde su nacimiento; recordemos la machacona repetición de conceptos bulldozer como «la casta», «la trama» o, más recientemente, «el ‘lawfare’ judicial y mediático». Al igual que hacía el aparato de propaganda nazi, el truquito es dibujar a un enemigo macrocefálico que justifica cualquier maniobra interna de «la banda» en nombre -líbranos Señor de esa troupe- de un bien mayor.

Palabras como «público», «escudo social» o «antifascismo» se rezan como mantras religiosos en los medios (incluida la radio y televisión pública) No importa el contenido real de la gestión, importa la repetición del gesto. Es la victoria de la grasa sobre el filete: el fetiche de la palabra vacía para apelar a la emoción pura. Como en Juego de tronos.

(ii) Nixon creía sinceramente que la supervivencia de su proyecto justificaba saltarse la ley. Nixon, un tipo malvado y mentiroso compulso ¿Es el antepasado directo de Sánchez? Sí, probablemente sí, sin duda. Ah ese cinismo narciso final que afirma que el líder ya no niega la podredumbre, sino que la legitima en nombre de una «causa superior». Si el jefe dice que es por el bien del proyecto, la hueste lo acepta.

En 1977, en una entrevista famosa con David Frost, Nixon pronunció su frase más perturbadora: «Cuando el presidente lo hace, eso significa que no es ilegal». En una reunión privada en el Despacho Oval, le dijo a Henry Kissinger: «Los medios son el enemigo. Los medios son el enemigo. Los medios son el enemigo. ¿Lo tienes claro en la cabeza? Los intelectuales son el enemigo. Los profesores son el enemigo». Fango de Ferraz pisado en Galapagar.