Lectura de Esther Tusquets

Yo provengo de una familia propietaria, capitalista, de una alta burguesía de provincias culta, católica, serena, hacendada. Sí, mis abuelos ganaron la guerra, y toda nuestra estirpe gozó por ello de privilegios. Tuvimos casas en la montaña y en la playa, profesores particulares de idiomas y dibujo y música, unos usos y costumbres idiosincráticos. Por eso me interesaron mucho las memorias de Esther Tusquets narrando los primeros veinte años de su vida (años cuarenta y cincuenta); “Habíamos ganado la guerra”, Bruguera. El libro es una sucesión de anécdotas. La autora nos pasea por los cinco colegios diferentes a los que fue durante su infancia y adolescencia. Explica el carácter mujeriego de los hombres, la gazmoñería católica y su obsesión patológica por el sexo y el infierno, los veranos de tres meses -eternos y felices- en los pueblos marítimos de la costa norte de Cataluña, el señorío de su abuela y el talante antitético de dos de sus tías (Blanca y Sara), su temprano amor por los animales y el nacimiento de cierta difusa conciencia social ante la injusticia, el destino de ellas como cuidadoras de sus maridos (de los niños se ocupaban las tatas y el servicio) y de amas de casa en el joven franquismo, los pisos -anchos, oscuros, grandes- donde vivió, de la tumultuosa relación con su madre (primero adoración y después distancia y conflicto), de los enamoramientos, primero platónicos con amigas, y, después más sexuados con un profesor de literatura y con un joven y desclasado autor teatral, nos relata su infancia de niña tímida, “difícil”, retraída, imaginativa, asocial, miedosa, habla de un tío cura e intelectual que fue en su inmadura juventud un antisemita y antimasón recalcitrante, habla del Liceo como símbolo de una clase acomodada y autosatisfecha pero algo lerda, y, espolvoreado aquí y allá, nos enteramos del fenómeno de las “queridas”, de las “solteronas”, del desparpajo verbal y moral de las clases subalternas, de los guateques tan “blancos”, de lo germanófilos que fueron todos (sale hasta un tío suyo que tiene un museo nazi en su casa, un “nazi de opereta”), de los privilegios de que gozara de una coeducación (Colegio Alemán) y un moderado laicismo (el posible en un contexto de asfixiante nacionalcatolicismo), de la privilegiada relación con su hermano Oscar, etc…etc…El libro se hila al fluir del recuerdo (los temas son la familia y el yo), la escritora es diáfana y amena y casi no molesta nada Esther con sus largos incisos (un estilema muy suyo), y no se arrepiente en una especie orgía de culpa irracional por el hecho de tener facilidades y favores en una Barcelona pobretona, menesterosa, carente de tanto, fea y gris. Es bastante impúdica y sincera -lo que se agradece-, en resumidas cuentas, que las memorias corren raudas, pasadoras, sin desinteresar al lector. Esther Tusquets fue editora de Lumen durante cuarenta años (editó a Céline, V. Wolff, Quino, U. Eco, etc…) y una ludópata o jugadora empedernida. Murió mal, de Parkinson. Escribió novelas, relatos y ensayos. Tuvo, además de liasons heterosexuales, osadas inclinaciones sáficas. Perteneció (el libro acaba con una toma de conciencia crítica con el régimen tras una bastante tonta afiliación al falangismo) a la izquierda rica, la izquierda caviar, la gauche divine, y fue una comunista a su modo. Me gustó éste “Habíamos ganado la guerra”. Me recordó, por asociación, un linaje también mío, unos orígenes comunes. Mi hermana viró hacia la revolución, pero yo sigo fiel a estos “falsos aristócratas”, a saber, burgueses libres, cultos y cosmopolitas (a veces también bastante tontorrones). Son mi clase. También mi orgullo. Mi humus y destino. Debiera decirlo.

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