
Me gusta morderte las ancas con sabor a amarilla cebada.
Chupar el rosario troyano y frailuno de tu coño.
Lamer las mandarinas soleadas, saltarinas de tus pezones.
Oler el olor a tormenta de tu sudor capitalino
y oírte hipar con mi leche cuajada corriéndote por la boca.
Para mí tus piernas son postes de luz.
Tus mofletes una playa de plumas donde haraganear.
El ronroneo de la cerveza burbujeante de tus labios
una luna llena de salivas y salitre en la boca.
Tu nariz ligeramente «retroussé»
es una columna con culto de magnolias caníbales.
Te follaría noche y día con la piel atezada e idólatra.
Te enhebraría traspuesto apretando con furor tu culo.
Quisiera convertirte en mi especialista putita tragasables.
Y no dejé de hablar nunca de amor en este poema.
