Defensa de la poesía

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Oyendo sutilezas en la gravedad del púlpito

que evocan un alma que vuela muy lejos y muy alto,

así, acaso, vivieron algunos majestuosos antiguos.

Almas con “charm” (“sortilegio”, “encantamiento);

y no se olvide que el término “charm”,

ay, procede del latín “carmen”, “poema”.

Desaparecieron oráculos, profetas, prodigios y gallardas sorpresas.

Vivimos en villas con estatuillas de vulgar quinta de recreo.

Al igual que escribió Cicerón en su epistolario,

ésta es una República enferma, mísera, mudable,

donde quienes debieran protegerla solo piensan

en salvar sus piscinas; soborno en la opinión,

torpeza en el juicio, corazones con estiletes buidos.

La sangre de mis muertos se levanta en mi aldea

en el alto cielo laborioso. Y me acompañan las noches

el cascabaleo de las OEuvres complètes del cardenal de Retz

(prosa de lecho con dosel y baldaquino, prosa de Nice hechizera)

Soy poco, muy poco, pero aún me emociona el poniente

púrpura, las amapolas nocturnas, la luna bordada de capiteles.

Dulcemente espero a la muerte,

ese viscoso desnudo de las montañas.

Cubierto con una fina piel de lobo

cotemplo altanero esta mediocre y uniforme decadencia.

Y, al igual que el poeta, no participo de esta Miseria

pues no estoy disfuesto a asfixiar mi feraz individualismo,

mi grado de disidencia, esta Libertad.

La soledad es mi estímulo y mi recompensa,

la única defensa de la poesía.

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