Educación en la caverna

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La oralidad se diferencia mucho de la escritura. La primera se alimenta de la energía improvisada y desordenada de su propia dramaturgia, Es una corriente o torbellino que no permite estructurar el sentido, sentido que surge y desaparace de ella en una corriente de tensión dinámica.

Solo la escritura fija el lenguaje y lo somete al control de un sistema secuencial y lógico de reglas gramaticales. La escritura es el hogar de la cultura y el pensamiento. La cultura, desengáñense, o sigue ligada a los libros o no es cultura. Con las imágenes no podemos transmitir cultura.

La imagen no piensa; depende de demasiados determinantes contextuales y emocionales (como la oralidad)

Esta es una civilización bárbara porque es una civilización donde todo esta bañado por una oralidad ilustrada, por una oralidad glosada con imágenes.

Cualquier proceso escrito de formación de sentido exige un entrenamiento en la frustración, una demora cognitiva. El entretenimiento justo enseña lo opuesto. Las nuevas modas pedagógicas conciben la clase del profesor como un entretenimiento. Se deben aprender matemáticas, física, música o historia, como si la muy despistada tropa discente (con mentes ya dispersas por la televisión y las nuevas tecnologías) estuviera experimentado un videoclip de Youtube. Si los padres -por ignorancia irresponsable- les intuban el Youtube Kids, los “pedabobos” y una nueva clase de profesores jóvenes criados ya en este paradigma de emocionalismo y “divertisssement” con renuencia a la exigencia y las competencias intelectuales, enseñan ya sus materias como meros e ignaros profesores de hip hop.

El buen profesor es aquel y solo aquel que más conoce su materia (a enseñar se aprende en tres meses), y no el bufón carismático al tipo “profesor Keating” en la extremadamente nefasta, ideológicamente torticera, y maquiavélicamente sugerente película “El Club de los poetas muertos”.

Profesores del Instituto donde me echaron me explican que ahora los chavales no soportan, son incapaces de estudiar diez minutos seguidos. La educación es un desastre sin paliativos, hiperbólico. España (y no solo España) es una hidra de semi-analfabetos y telebasura.

Quien no domina perfectamente el lenguaje y no puede escribir con unos estándares mínimos de corrección, es incapaz de pensar correctamente. Pigmalión, la comedia de Shaw, enseña qué significa conquistar esferas del lenguaje que antes nos eran inaccesibles. Elisa conquista al final de la obra el mayor patrimonio (que no son yates ni coches deportivos) humano: los más nobles pensamientos que han penetrado en el corazón de los hombres expresados con una extraordinaria, elegante, imaginativa y armoniosa mezcla de palabras.

Quien es incapaz de expresarse correctamente, su propio interior, la realidad y la vida, les permanecen muy oscuros, desagradablemente opacos. Pero la nueva educación no expulsa a sus alumnos de la caverna; los engritella más y más en ella.

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