Sobre un tema de MacCaig

Mientras caminamos conviene aprender la Ciencia Celeste.

Agregaste a tu corazón este País demasiado obscuro

sin leve rumor de besos, sin caricias de sueños,

con pelos de gallina en el suelo de la jaula de los micos.

La idea se convirtió en mito, negras bodegas de zombis

ocuparon los limpios lagares. “Esto es el futuro”,

me dijo hace 30 años un profesor de literatura griega

mientras descorría una manta que cubría un computador.

Al mito y a la idea le salieron dientes cariados,

labios con pupas, tumores en hígado y piernas;

grandes corazones se volvían apóstoles del nuevo evangelio.

Protesté, me aislé: era hermoso escabullirse

por vaguadas y montes, gustar el color del musgo

que se sacude los pasos humanos sobre atestadas aceras.

Los subsidios y la democracia para lo peor eran el nuevo ideal.

Huyo a un pequeño pueblo, cerca del río: los campesinos

sanos, toscos, astutos, tozudos, valerosos, resistentes,

eran el tipo humano más noble, como nobles los congrios

y truchas del río, las nubes con agua, los pájaros al alba

y los mares repletos de caballas: monumentos para el espíritu

intemporal. Si me ponía el foulard y tomaba mi vodka de atardecida

de mí apartaba las mollejas en cerebros callosos. Hola valles,

montañas, corrientes y arboledas, hola estrellas que no os

apagáis sobre el llano, el alma lanza su fuego vano pero eterno,

adiós rebañego, esconded en la oscura caverna Verdad

y guirnalda de Belleza. Tú acaricias a la perrilla

y el cielo ardiendo se apodera de ti. Adieu, solo hay lobos para

alimentar a los lobos en las ciudades vacías, canaille

en el Parlamento y en los televisores, donde triunfan, faute de mieux,

contenidos impulsados por el primitivismo y la bajeza común.

Un incesante chorreo de imágenes estúpidas

cloquea a velocidad medusea en la sesera de la muchedumbre.

Solo quedan lobos alimentándose de lobos.

Jinetes tártaros agitan sus lanzas, hogueras humean en Roma.

Me preparo otra copa y desprecio sin esperanza

y admiro la púrpura emperatriz, al mirlo derramando

su fresco hilo de vendaval sagrado.

Adieu, adieu chusma digital, éternellement, adieu à tous…

P.S. (i) «Asyneti», «cataplex», «credulus», «thtuus», «grossus», «jebes», «idiota», «imbecillis», «inanis», «incrassatus», «inexpertus», «insensatus», «insipiens», «nescius», «rusticus», «stolidus», «stultus», «stupidus», «tardus», «turpis», «vacuas», «vecors», encontramos, entre muchas otras, como sinónimos a la palabra «tonto». No sé hasta qué punto yo me creo mis propios mitos. Cualquier ser humano posee un equipaje genético único y tiene unas experiencias también únicas e intransferibles. Probablemente sea aquello que los filósofos analíticos llaman «error de categoría», o aquello que los lógicos llaman «sobre-generalización», hablar de «multitud», «muchedumbre», «masa». Los humanos tenemos entre todos un aire de familia, en el sentido técnico que Wittgenstein atribuía al concepto. Pero exagerar es una forma de impactar, y el poema no es un ensayo sino un género retórico de ficción y persuasión emotiva.

(ii) La profecía de Auden, ¿se ha hecho realidad?:

«No hace falta ser un profeta para predecir las consecuencias…
La Razón se verá suplantada por la Revelación. El Saber degenerará en un caos de visiones subjetivas (sentimientos en el plexo solar inducidos por la subalimentación, imágenes angelicales generadas por la fiebre o las drogas, avisos oníricos inspirados por el sonido de una cascada) Se crearán cosmogonías enteras a partir de cualquier olvidado resentimiento personal, se escribirán dramas épicos en lenguajes de ámbito doméstico y los esbozos de los párvulos se impondrán a las grandes obras de arte…
El Idealismo cederá su lugar al Materialismo…Alejada de su habitual salida en torno al patriotismo o al orgullo cívico y familiar, la necesidad de las masas de un Ídolo accesible en el que confiar las llevará a elegir caminos irreconciliables en los que la educación no tendrá nada que hacer. Depresiones superficiales del terreno, animales domésticos, molinos destrozados o tumores malignos serán tratados con rango de divinidades.
La Justicia será reemplazada por la Piedad como virtud humana cardinal, y el miedo al castigo desaparecerá. Cualquier mozalbete se felicitará a sí mismo: «Soy tan pecador, que Dios en persona ha venido a salvarme» Cualquier mangante argumentará: «Me gusta cometer crímenes. A Dios le gusta perdonarlos. Realmente, el mundo está perfectamente organizado» La Nueva Aristocracia se nutrirá exclusivamente de ermitaños, vagabundos e inválidos permanentes. El Diamante en Bruto, la Puta Escrofulosa, el bandido al que su madre adora y la chica epiléptica que se lleva bien con los animales serán los héroes de la Nueva Tragedia, mientras el general, el estadista y el filósofo se habrán convertido en el objeto de rechifla de toda farsa y toda sátira»

(iii) «En esta estúpida y tediosa época lo más excéntrico que uno puede hacer es tener cerebro» Óscar Wilde.

«Yo festejo y acaricio la verdad en cualquier mano que la encuentro, y me rindo a ella alegremente, y le someto a ella mis armas vencidas en cuanto la veo acercarse» Montaigne, Éssais, III, VIII: 902

(iv) Estrellas del campus, célebres activistas mediáticos, profetas del mercado en sus selectos «Think tank».

Pequeñas e influyentes ideas en intelectos embarazosamente mediocres para pequeños acontecimientos propios de un mundo decadente.

(v) El capítulo 6 de la obra de N.Carr, «Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?», trata de cómo la tecnología digital cambia nuestro modo de leer (pp.125-131) y cómo cambia o cambiará nuestro modo de escribir (pp.131-142) Por claro y perspicaz y documentado resulta muy persuasivo. El mundo digital no es un simple cambio de tinta por píxeles. Cambia y trastorna toda la ecología y mecanismos de la lectura y la escritura. Y lo hace, encima, de un modo profundo. Todo lo que se conecta a Internet (en jerga, «se expande» «y mejora») incorpora cambios en el estilo de lectura y escritura. Nos volvemos autoindulgentes y descuidados en nuestros correos electrónicos, obviando consideraciones estilísticas, escribimos -o propendemos a escribir- como el modelo del medio en que nos encontramos; con frases no demasiado complicadas, sin expresiones deliberadamente rebuscadas, y tenemos inclinación a socializarlo todo, a incrustar las reflexiones o experiencias en redes sociales. La arquitectura modular típica del medio online nos incita a usar otros modelos de presentación narrativa, el «cortar y pegar» nos incita asimismo a crear libros nuevos a partir de retazos de libros viejos, y ya son una realidad videos y multimedia adheridos a textos, o bien textos donde hay hipervínculos desde las palabras (el silencio ya no es un ingrediente de la mente del lector o escritor, y la interrupción se enseñorea en todos los procesos como una hidra que devora el tempo lento y continuo). No, no podemos argüir con convicción que vivimos en la Era Tipográfica, en la Era del Libro, en la Edad de la Imprenta. Una época post-literaria eclipsa todo un conjunto de referentes y asunciones fijas. Cantemos o susurremos una elegía a Gutenberg.

Photo by karsten madsen on Pexels.com

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