Zangolotinos y mamarrachas

El interior se puede amueblar con extensas palabras y contempladas meditaciones, con convicciones y sólidas reglas de conducta.

Con convicciones construyes catedrales, escribes libros de álgebra, arriesgas tu vida en las cruzadas. Si el interior se puebla de uno o dos dogmas simplones sustitutivos de la religión, y de naturaleza histérica, tardo-adolescente, y exhibicionista, tienes a una serie de zangolotinos y mamarrachas que ensucian cuadros en los museos creyéndose «Robinhoods», pero, los pobres, son tan gaseosos que no superan el estadio de protagonistas chuscos del antiguo programa «Reina por un día», o, mejor, de «Sálvame».

Tienen estos zangolotinos una «doxamanía» histriónica, un «opinionismo» histérico, y de sus toscas «perfomances» (una muestra de pensamiento mágico y pueril) se desprende inconsistencia y fragilidad, un rendirse a la evanescencia más brutal, un vivir tributando el gamberrismo más fugaz e inane.

La idea es superior al efecto, el análisis al eslogan, la deliberación al grito, el argumento al bote de pintura, la libertad al dogma, lo sutil a lo esquemático, la educación a la barbarie, la ley a la horda activista delictiva.

El mundo es frágil. Se desatienden los hechos, las evidencias lógicas, los constreñimientos legales. Todo debe ser un mecanismo caótico de estímulos nuevos y espectaculares que indican un pensamiento esquizoide y una conducta desorganizada. La legión de idiotas y la invasión de imbéciles son noticia en los museos del mundo. Y no porque no entiendan nada del arte del museo (que también), sino porque les permitimos su publicidad oligofrénica.

Son chicos y chicas rellenos por dentro de gas, sin idea de lo magno, sin ideas claras y distintas entre medios y fines, sin prelación entre lo sustantivo y la anécdota. Sus mentes no entienden lo grandioso, su ecologismo mesiánico sustituye el emocionalismo efectista y barato por lo recio y no vaporoso.

Son seres inconcretos, que viven la realidad con catatónico estupor, sin instinto de lo posible ni de lo real, extremistas cuyo contenido radical se podría cambiar por cualquier otro objetivo, incluso opuesto. El museo es símbolo de lo eterno. Ellos son símbolo de la fugacidad. El museo es símbolo de la tradición y la civilización, ellos son dinamiteros de la civilización. El museo es bello, ellos se visten sin duchar y con pelos teñidos de colores extravagantes. El museo acuerda, ellos son unos irresponsables en busca del conflicto. El museo es serio, ellos son niñatos y niñatas con habla descosida como de garabatos de crío de tres años. El museo es eterno, ellos son noticia efímera de diez minutos.

Mi abuelo, alto mando en la comandancia de la guardia civil en Barcelona, los hubiera fusilado a todos y todes.

Era un hombre con convicciones.

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