
Odio el poema cíclico, y no me gusta el camino que de aquí a allá lleva a la muchedumbre. No bebo en la fuente pública. Todo lo popular me repugna. Eso afirmó en un epigrama Calímaco. Imposible no sentirse como Verlaine o Baudeliare. Je suis l’Empire à la fin de la décadence. Je suis comme le roi d’un pays pluvieux. El vulgo siempre será espeso y municipal. Lo adornan jardines concurridos y secos. No creo, sé, que una vulgaridad cualquiera, ofende las formas divinas. Amo los pechitos puntiagudos y frescos de la adolescente, las lacas y los biombos. Detesto esa innoble servidumbre por la que evitáis la soledad. ¡Cómo teméis morder la cabeza de la serpiente, mujerucas cobardes!
El grueso de mi ejército cruzó la frontera: ¡Sin prisioneros!
