
El medio más seguro para llegar a ser un imbécil escritor, es pretender ser muy escritor. O tener ideas y visión enanas subidas a la tarima privada de un cerebro que se comparten negligentemente en la tribuna pública.
Me encanta esta observación de Wilde sobre George Meredith: «Como escritor es un maestro consumado en todo menos en el lenguaje: como novelista puede hacer cualquier cosa menos contar una historia: como artista puede ser todo menos articulado«.
Leyendo mucha novela de mis coetáneos, diría que su principal carencia es no saber armar una historia, ignorancia para resolver elementales problemas técnicos y también la manía de copiar un modelo de prosa periodístico, liofilizado, nada dinámico, legible para párvulos, podado, mineral, homogéneo, monótono, común.
Es una prosa que sirve eficazmente para vender, pero da una impresión de rudimentos u obrador paupérrimos. Sin cabrilleo ni estremecimiento, de tono apagado, mate. Sin ese efecto poético singular que provoca la precisión irónica. Sin el cosquilleo del pensamiento encima de la verdad o bien debajo de la emoción.
Abunda así la prosa unicelular. Semillas que nutren plantas raquíticas y monocolores, anabolizantes didácticos que provocan una musculación rutinaria.
Este modelo de ficción pobre es el equivalente a la globalización económica. A la cultura embotada del analfabeto secundario. Parecería que debemos escribir todos como quien devora palomitas en el cine, se pone una peluca naranja al acudir al fútbol, se extasía con el pus televisivo, conversa sobre la última vicetiple famosa o comenta a Piqué en el Tik Tok.
No voy a nombrar a nadie. Allá cada uno si trabaja en un oficio del que solo sabe hacer mesas que cojean. Allá cada novelista con su organillo de juguete y su adoración de lectores difícilmente instruidos.
¿Es posible una literatura que ya no pacte de un modo definitivo con el entretenimiento y la banalidad?
¿Son posibles novelistas que no sufran alguna genopatía asociada al cromosoma X?
***
En la mente popular acecha la idea que, bajo cualquier humano, se encuentra una creatividad artística deslumbrante.
Los dones para registrar emociones en prosa, bailar coordinadamente, cantar con propiedad, componer un aceptable poema, ejecutar filigranas con el pensamiento o bonitos artefactos con las manos, están ampliamente distribuidos en nuestra especie.
Pero una creación, un artista, el arte, eso, debiera predicarse de aquellos objetos salidos de una mente fuera de lo común, absolutamente extraordinaria, con una voluntad férrea y astral (fáustica) al servicio de un punto de vista singular y grande sobre la vida y el mundo. Y esto sí que escasea alarmantemente entre nuestros congéneres.
Un tipo con labia y desparpajo que se sale con la suya, una suerte de bohemio que desea vivir fuera de la rutina burguesa y anhela una suerte de vida desembridada (o sea, no dar un palo al agua), un mero imitador de formas ya establecidas como de brasero de mesa camilla, es el pseudo-talento que hoy abunda pero que nada se aviene con el genio creador.
Todo quisque desea que sus expresiones se enjuicien como artísticas, pero de ello resulta un abaratamiento y descenso del nivel medio. Cualquiera puede tener creatividad, pero casi todos carecen de creatividad en el sentido fuerte que estipulé. No, el arte no es solo expresarse.
Si los escritores no saben alcanzar la virtud, al menos que no caigan en el vicio. Un libro potable no es tan difícil como demostrar un teorema o aprender Cálculo, pero tampoco tan fácil como respirar.
Me asombra la cantidad de mala literatura que orbita en el ecosistema literario.
