
Debido a mi epilepsia esquizofrénica mi memoria se desvanece. Ráfagas de electricidad psicótica anulan mi identidad.
Vagos recuerdos de cosas que sé: vivo en el campo, siento aversión por la pedantería de la novedad, me tonifica mi biblioteca y saboreo la soledad como un cuarteto de cuerda sonando a través de profundidades submarinas.
Y que soy un tipo al fin contemporáneo: me sumo a la fila de hombres tan abarrotada, huecos de una mínima memoria.
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Se ultraja, inventa y desacredita la verdad. Se evita la pretensión de verdad. Nadie (con superiores razones) tiene derecho a chistar sobre otro con opiniones surrealistas y astrológicas. Se sustituye la convicción sólida, la racionalidad, por el fanatismo o la frivolidad.
Un régimen “doxamaníaco”, noticioso, un relleno de trivialidades a imitación de las redes y los medios, deja un surco mucho más hondo en las mentes que una idea verdadera y compleja. Una idea falsa y elemental cava más hondo que una idea veraz y compleja.
Las creencias dejan de estar reguladas por el ideal de verdad. Reina, no la ciencia, sino tolondras ablandabrevas, se oye, no el matiz y la deliberación sutil, sino un tartaja macallo bodoque. Cunde la mentira, la banalización de la mentira, la verdad extramuros, la verdad en un polvoriento anticuario, la posverdad.
¿Cómo pretende gobernarse una sociedad a sí misma si es incapaz de dotarse con el poder del conocimiento? ¿Cómo puede funcionar una democracia con cerebros a quienes no les importa la verdad ni tampoco inquirirla?
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Leo al poeta catalán Fra Bernat Huc de Rocabertí. Confuso y desordenado, inhábil y farragoso. Me recuerda la silueta de una morsa despedazada por la hélice de un barco. Como este principio de siglo.
Alrededor del año 90 Quintiliano se retiró de la enseñanza y atendió tranquilamente al estudio y la composición de sus tratados.
El hombre que sabe vivir vive aislado despreciando al mundo.
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El sol entra por el valle, y con él el silencio de la aldea. Todo lento, distendido, distanciado.
Las nubes se entregan a las lomas, colinas y cerros. Estrujan un cubito de hielo imaginario: orla de frescura.
Mi memoria es calisténicamente pobre, una batahola sin contenido como las prosas de un filósofo francés post-moderno.
Una cicatriz purulenta en la cercanía. Un mandato: escribir hasta antes de la desintegración.
Noche y Luna. ¿Soy lo que creo que soy?
