
Usamos el idioma como unos pelagatos comiendo gofres en un barucho yanqui. Nuestro panteón son las redes sociales. Nos dicen que vender es muy importante; comprar es más importante aún. El kitsch facilón se predica en los púlpitos (nos gusta más un David de Miguel Ángel de azófar que contemplarlo en la Galería de la Accademia). ¿Fue un coup de foudre esos cuadros donde representan ligueros y medias negras al más puro modo Pornhub?
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Oigo hablar (en la radio y la televisión, por la calle) en un estilo inflado de eufemismos, jerga, desgarbado, hipócrita y repleto de giros gastados.
Los vocablos griegos nôus, diánoia y lógos se tradujeron al latín por ratio, y ratio a su vez al español por “razón”. Un torbellino en el cielo indica que viene un tornado. La razón que se usa ya no indica inteligencia. Podemos considerar a las nubes las causas de las lluvias. La razón que se usa ya no causa inteligencia. La razón que oigo usar, transparentada en el idioma, no es ya ni efecto, ni intención, ni explicación, ni finalidad, ni implicación, ni significación de lucidez. El tedio somnoliento y vagabundo ocupa la testa de mis congéneres.
Triunfan conjeturas implausibles, contradictorias, sin comprobación, un ideario ideológico cutre e infantil frente a la comprensión, la verdad y la belleza. A veces creo que incluso no se es capaz de intuir los datos sensibles (debido a la inmersión en el oscuro Internet) Me comunico en el bar con camareros y parroquianos, en la plaza con transeúntes, y no me entienden y me contestan (no los entiendo) en un lenguaje rupestre.
La razón ilustrada devino en Disneylandia, la fe en alargamientos de pene para los obispos, los crepúsculos en operaciones de cirugía estética, las palabras en la mirada enrejada y sucia de los viudos.
El científico cartografía sucesivamente mejor el territorio con sus mapas. El escritor y el artista son unos rompe-pelotas poniendo bombas en la ópera. Una vocecilla muy íntima me dice que ellos son por lo único que vale la pena vivir.
Pero paseo sin rumbo por mi pensamiento y me invade, como una alucinación monstruosa, la rutina y sordidez de cada día. Y mis semejantes no pueden colorear la grisura que me rodea. Abro la luz de mi biblioteca en busca de ciencia. Al calor de la inteligencia el aliento de las palabras es más intenso. Las conversaciones de zombis con reptantes palabras-oruga, palabras-babosa, palabras-serpiente, me fatigan. Soledad: ¡Adormecerse! ¡Tranquilizarse! Y cultivar el desprecio como crepitante leña de chimenea.
Convalezco en la cama dando grandes sorbos a esta primavera fuerte. Solo y callado, vulnerable, alejado de todos.
