
Guerra y paz es la novela típica en que te dices a ti mismo: «voy a dedicarle las próximas ocho horas en silencio y soledad«.
Acaso eso sea una reliquia o efecto secundario de vivir en un entorno en que no se tenía acceso a casi nada. Casi un recordatorio -leer estos novelones- a la época feudal, donde existían en la cotidianeidad espacios de ocio sin interferencias, sin despistes ni distracciones compulsivas.
Anne Todd es una escritora de veinticinco años -creo, no lo comprobé en Google. La típica chica americana. Vulgar, tonta, adicta al móvil. Con prosa máximamente tecleada y mínimamente elaborada. Pero no nos precipitemos en prejuicios solemnes sobre la literaturiedad o la excluyamos sin más de la República de las Letras. Su novela o saga After (una nulidad desde el punto de vista estético) es en muchos aspectos una cristalización del fenómeno y la fantasía juvenil Wattpad. ¿Una mamarrachada? Bueno, para mí sí; su libro no se distingue de una sesión o hilo de wasaps y su imaginación de un batiburrillo de fanfic y series de Netflix tardoadolescentes. Pero cuajó en el imaginario de la lectura y gustos colectivistas. Y acaso indique su caso un nuevo rumbo.
¿Las historias de los escritores en la Era de Internet se han vuelto interactivas?, ¿la lectura y la escritura subsiguientes responden a estímulos sociales constantes?. ¿La lectura será social y no solitaria?. ¿La escritura será social y no solitaria?. Parece el paradigma con que apuntan las maneras de las nuevas generaciones.
¿Leer Guerra y paz? ¿Middlemarch? ¿A Sterne o Thomas Mann? Algo de carrozas y dinosaurios extintos como la prensa de papel o el sombrero de nuestros abuelos, algo pasado indefectiblemente de moda igual que las galochas y el techado de paja y los serenos y el yugo de carreta. ¡Make it old!, se niegan a exclamar los nuevos escritores.
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La sociedad lectora se divide en dos clases o conjuntos, los lectores tradicionales o clásicos, de libros de papel especialmente, capaces de convertir la información en conocimiento (pues adquirieron el don de discernir, saben dirimir y procesar, pueden criticar y evaluar la información), y los «nuevos lectores», casi todos jóvenes o muy jóvenes, fascinados por las nuevas tecnologías, que leen y se informan en Internet, que se comunican ampliamente gracias a las redes sociales.
Este es un tipo de lector que lee muy pocos libros o ninguno (y, si los lee, son de pésima calidad), y que también en muchas ocasiones tiene dificultad para discriminar los mensajes, o, incluso, no entiende alguno de ellos.
Para los escolásticos el «trivium» consistía en el estudio de la gramática, la lógica, y la retórica. Una persona bien educada domina la gramática (entender), la lógica (analizar) y la retórica (opinar) En las civilizaciones con ingredientes de barbarie (como la nuestra), abunda la retórica sin lógica, e incluso la retórica sin gramática.
Cada vez tengo menos esperanzas en mis antiguos ideales ilustrados. El colegio hace mucho que no enseña gramática, en la enseñanza media la lógica es un desastre sin paliativos, y los universitarios son meros retóricos a la violeta.
Otro lenguaje (como ese tan degradado que empieza a ser tan frecuente) implica otro mundo y otros sentimientos de la vida. Prefiero, lo confieso, mi autismo monástico. Lo contemporáneo y juvenil me derrotó.
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«Cualquier talento se echa a perder cuando los temas que plasma carecen de valor. El arte de nuestro tiempo cojea tanto precisamente porque nuestros artistas más recientes carecen de unos temas dignos. Es algo que nos afecta a todos; tampoco yo he sido capaz de negar mi propia modernidad» Goethe, en Conversaciones con Goethe, de Eckermann.
