Libro dos desabafos 17

Me siento triste, drogado por el Rivotril, y solitario. La soledad, como el colesterol, puede ser o muy buena o muy mala. Para mí, hoy, pesada, pelma y plomiza. A veces se llega a la soledad en coche-cama y a veces, como tras una maratón, derrengado y exhausto. Soledad de frío ártico. Cansado (insisto), lánguido y frágil, como si se te fueran agotando las pilas y la linterna solo parpadeara. “El talento se nutre en la soledad; el carácter se forma en las oleadas tormentosas de mundo”, Goethe; idea que copió Stendhal: “En la soledad se puede adquirir todo, menos el carácter”. Yo, ciego de talento y vacío de carácter.

De acuerdo, por cierto (es un inciso), con Márai: “Hoy en día, el escritor que intenta crear algo diferente de lo que la industria de consumo produce para alimentar a los lectores es como el cojo que anda con prótesis, pero de todas formas intenta presentarse a una carrera de cien metros” (fin del inciso)

Ahora me nutre este adobo de soledad como de sádico kapo nazi. Mañana pueden ser muy diferentes mis sentimientos. A la tarde mejoré algo. Escribí. Mi despacho tranquilo: el foco de luz, los cuadernos y el ordenador, la mesa ordenada, libros muy queridos y los libros de consulta. Para liberar mis palabras solo necesito estar enclaustrado entre estas cuatro paredes. Mi despacho también es un salón de lectura donde arremolinado en el sillón de cuero y con temperatura agradable paso horas y horas. Muy felices. Horas que justifican mi vida y niegan a la tumorosa soledad.

También sueño, ay, con lejanos viajes a las regiones del sur; camellos con campanillas de bronce, perfumes de oasis templados al mediodía, arena de plata, sexo y senos de huríes; el cielo enrojecido y el olor de piel del león. También invulnerabilidad, humildad y mansedumbre ante estas criaturas de los cañones del Sil que respiran conmigo el mismo aire y los mismos árboles. Y, ay, por último, no desdeñemos la poesía del aeropuerto, de la gasolinera, del hotel, del vagón de tren, del vagabundeo haragán y ocioso.

Y, ¿qué hay en el exterior? ¿Qué viene a mí a través de las ventanas de los medios? Subnormalidades… Por poner tres ejemplos. (1) Esto de la analfabeta astronómica arrabalera Ione Belarra que encontré en su Twitter: “Creo que sería mejor decirle la verdad a la gente. Hay que meter el terrorismo en la ley de amnistía porque el sector reaccionario del poder judicial está haciendo acusaciones de terrorismo por temas que evidentemente no lo son. Es lawfare sí. Hay que pararlo como sea, también”. (2) O esta “noticia” en el País: “La infanta Cristina e Iñaki Urdangarín firman el divorcio. La decisión de “interrumpir su relación matrimonial” se produjo en enero de 2022, después de que se conociera la relación del exduque de Palma con Ainhoa Armentia, su compañera de trabajo en un bufete de Vitoria”. (3) Y esta otra “noticia” en El Mundo: “La mejora de Carlos Alcaraz en el saque: estadísticas a su favor y un ejercicio en pretemporada. El español ha mejorado en su primer servicio en este Open de Australia después de trabajarlo en Villena durante la pretemporada”. Y así llenando una cinta métrica de miles y miles de kilómetros.

Sin duda prefiero estar embebido en mi melancolía negra, en lugar de en este régimen de chucherías insignificantes, de nimiedades bobas, de menudencias y pacotillas y futesas. Seguramente vienen a cuento, ante la ordalía de gilipolleces que nos envuelve, estas palabras del sabio Jordi Llovet: “Tiene que ver con el descrédito de las personas que tienen más conocimientos que las demás. Es un problema, en cierta medida, consecuencia de la democracia. La democracia lo iguala todo por abajo. Es una pena, pero no puede igualarlo todo por el medio y menos por arriba. De ahí que yo sea un gran defensor de la importancia de las élites. Una idea que han sostenido no pocos intelectuales europeos (Eliot, Valéry) desde hace tiempo. Es decir, desde que se ha visto cómo funcionan las democracias parlamentarias, con la aparición de grupos de presión y de opinión completamente manipulados. Flaubert ya se quejaba de eso. Yo defiendo una educación que permita aflorar a las personas con mayor valor y que se les reconozca. ¿Cómo conseguir dar valor a la palabra de los intelectuales? Eso es muy difícil. Me conformaría con que se diera valor a la palabra del maestro. Y la cosa ya falla por ahí. En la Universidad, no. La universidad es un espacio arquitectónico que impresiona mucho. Los estudiantes tienen un comportamiento muy correcto y no hay problemas de disciplina. Ninguno. Pero en la primaria y la secundaria hay muchísimos y eso está arruinando la educación del país. Los muchachos consideran la figura del maestro como inferior a la de cualquier oficio con el que tengan trato cotidiano. Lo ven como un profesional que les da información y no entienden que es la persona que los está formando. No como futuros profesionales, los forma como futuros ciudadanos”.

Un régimen o estado de cosas que invoca a Comala: “Comala es un pueblo muerto que vive en un no-tiempo, suspendido, inerte, sus habitantes no tienen existencia externa, dependen de Pedro Páramo para ser, están alienados mentalmente ya que todos sus recuerdos giran en torno al cacique, ese “rencor vivo” del que dependieron en la vida (alienados social y económicamente)”.

La decadencia avanza. Agigantada.

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