
Gracias (de corazón) a las dos o tres personas que me leen. Insisto, en lugar de leer el farfullar tartaja de incoherencias con prosa pastosa y estropajosa, se me ocurren decenas de alternativas más faustas: habitar la cadencia polícroma, concertada y solemne de los párrafos de Gibbon en “Decadencia y ruina del imperio romano”, fatigar la descripción de Ruskin de San Marcos, en Venecia, poblar la mente con las almenas custodiadas por centinelas de hojas enrolladas de Proust, sentir en las manos el combustible para el invierno de Musil, arraigarse en los candelabros solemnes de palacio florentino de Bach ETC…O simplemente enriquecerse y empaparse de los días redondos y monótonos.
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Decía el filósofo analítico John Searle: “Si no puedes decirlo claramente, se debe a que tú mismo no lo entiendes”. Yo aspiro a una especie de rigurosa CLARIDAD incandescente. Detesto lo innecesariamente oscuro. Algunos autores usan la jerga como un modo de hacer que su trabajo parezca más difícil e importante de lo que realmente es (una prueba inequívoca de papanatismo) Nunca deliberemos vaga y ambiguamente, con pseudoprofundidad. Para cada palabra, una idea, para cada frase, un pensamiento, para cada párrafo, un argumento. Los diferentes componentes de un coche, digamos el carburador, los pistones, las bujías, el eje del cigüeñal, etc.., cuando funcionan armoniosamente forman una máquina motriz que tiene el objetivo de impulsar al coche; de manera análoga la masa verbal de palabras y locuciones, bien combinadas y engrasadas, crean una ARMONÍA.
La mejor definición de armonía la encontré en De Quincey: “Los dos secretos del arte de la composición de la prosa son: primero, la filosofía de transición y conexión, o el arte por el cual cada grado en la evolución del pensamiento surge del otro; toda composición fluida depende de las conectivas; en segundo lugar, el modo en que las frases se modifican unas a otras; pues los efectos más potentes en la elocuencia escrita provienen de esta reverberación, entre frases en rápida sucesión”.
La buena prosa o “stylo” es una música interior “ondoyant” (el escritor debe tener buen oído para aliteraciones, asonancias, simetrías y rupturas de simetría, modulaciones, alusiones, evocaciones de grupos silábicos y demás)
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Pero con el lenguaje además de crear BELLEZA mediante la claridad y la armonía, tiene a mi ver otros fines: el CONOCIMIENTO y la EMOCIÓN. La emoción se correlaciona con símbolos, metáforas, alegorías, claroscuros, imágenes. En definitiva, la emoción exige negar el axioma de la exacta claridad.
Mi deseo o propósito (no logrado en nada) es que mis libros “Diario de un esquizofrénico”, “Pertinencias e impertinencias” (ya publicados) y “Diario del falso aristócrata” (que probablemente se publique en septiembre) expresaran emoción, información y belleza. Pero no son, ni de lejos, enjoyados cartularios. Solo sombras de una lejana sombra.
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Como escritor soy igual a un sacristán de iglesia, jorobado y diminuto, enfermizo, que lleva un sucio alzacuello y sobrepelliz. Aunque me extasíen los arrullos de las palomas, me fue hurtada la Luna. Pero estudié y leí (demasiado monacalmente) Mi vida fue como una corte de papagayos de terciopelo posándose en el jardín. Vencí la hosca oscuridad cegada y polvosa. Pese a la melancolía y la locura, he sido. Leí y releí, con renovada pasión adolescente, a los Grandes.
La literatura es superior a todo: un libro de poesía vale más que un avión o un banco.

¡Dale…!
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