Libro dos desabafos 99

Yo escribo en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia y en distinto soporte. Sobre las manías del escritor abunda demasiado ridículo brebaje o pócima o ritual o amuleto místico. Incluso llegué a escribir sobre la tapa del váter de un manicomio porque la luz fastidiaba a mi compañero de habitación.

La superstición y el fetichismo no casan con una actividad epistémica racional como la escritura. Hay mucha tontería y divismo en las declaraciones de algunos de ellos. Actos majaretas propios de un emplumado sioux o de una bruja medieval.

Ejemplos: Schiller, que antes de escribir necesitaba olfatear una manzana podrida. Víctor Hugo, en pelota picada. Rostand, en la bañera. Carmen Posadas, con unos leggins, unos calcetines de tenis, y los mismos mocasines y el mismo jersey. Vila-Matas, que debe santiguarse, ojear previamente algún libro de Kafka, Borges o Pessoa, y además rozar una varita mágica que se compró en Alemania. Ángel Lertxundi, que no puede escribir sin el jersey de lana que le tejió su esposa, ni no estar acompañado por caramelos de menta, limón y naranja “hechos en Zarauz”. De Prada, con papel usado por una cara y nada más levantarse, sin siquiera asearse. Pombo, dictando, pero solo ante la presencia de su gato negro. Vargas Llosa, en unos cuadernos de pastas de cartón rojo y hojas rayadas “comprados en Londres”. George Sand, después de follar. García Márquez tenía que estar en una habitación con una temperatura determinada, en su mesa una flor amarilla, y siempre descalzo. Isabel Allende, previos conjuros, comenzando todas sus novelas el 8 de enero. Al empezar enciende una vela, cuando la vela se apaga, deja de escribir. Zanón nunca se quita el pijama. Llucia Ramis, solo si la cama está hecha y los platos, limpios.

¿Y los ruidos? Juan Ramón Jiménez era alérgico al ruido y el arabista Gómez alquiló por horas el silencio del piso de sus vecinos de la habitación de arriba para poder trabajar tranquilo. Hierro escribía entre el tráfago de las tragaperras de un bar de Madrid. Molina Foix, con sonidos de música pop permanente. Camille Paglia, puestos los cascos donde retumba rock&roll. Muñoz Molina conecta Radio Clásica.

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Supongo que todas estas retahílas de excentricidades provienen de la psique insegura de la mayoría de escritores no contrapesada por el conocimiento científico. Las palabras de Cela vienen pintiparadas: “Lo único que necesito para escribir es un fajo de cuartillas y un lápiz. Los recursos primigenios de la creación literaria son el trabajo y el talento. La inspiración es el subterfugio de los zánganos”.

Nota bene: Redacté esta nota en una cabaña de las montañas del Nepal, escuchando música máquina, en las guardas de libros forrados con piel de pezones de adolescentes vírgenes. O eso o no escribo nada.

2 respuestas a “Libro dos desabafos 99

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