Libro dos desabafos 111

Disfruté del histerismo del vodka, de la Luna acebrada, de los tules púrpuras del entusiasmo. Podría haber sido feliz más tiempo, todo psicológicamente se me daba a las mil maravillas: pero no tengo tiempo y empiezo a perder crónicamente la cabeza. Disfruté del adorable, confiado, soñador, enorme País de la Cultura. A veces me arrepiento.

Llueve. Frío. Goteras en casa. Recuerdo la voz evaporada de papá. A Noemí y Clara como piedras forjadas en el empíreo. A mamá, Océano de Luz Que Adornó Juvenil El Tiempo. Mi vida solo fue (i) estar con la familia, (ii) leer modernidades y ternezas y (iii) leer “ad quosdam ex antiquis illustribus”, a ciertos ilustres antiguos.

Llueve. Noche. Reconcentrado en mí mismo, sin cesar de asombrarme por doquier de los poderes de lo visible y lo invisible, con un derroche en la psicosis que raya el desatino, enloquezco. Porque sí, puede un sapo morir de luz y locura.

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