Libro dos desabafos 114

LIMINAR A “DIARIO DEL FALSO ARISTÓCRATA”

Camino a pasos agigantados hacia la muerte. Pese a peajes inexcusables (las tres o cuatro tragedias circunscritas en cualquier vida humana medianamente larga), fui templadamente feliz. Temo y deseo a la muerte, con esperanza, sin convencimiento. La acepto serenamente y la niego sanguíneamente. Su espíritu invisible se agazapa y pronto pondrá en mí sus garras. Nadie recuerda de dónde viene, nadie sabe adónde va. Chesterton creía que la muerte traía una llave con la que podría abrir todas las puertas devolviéndole el glorioso regalo de los sentidos y la sensual experiencia de nuevas sensaciones. Ni afirmo ni niego. Sea cena fría de los gusanos o portezuela a un mar casi secreto, me importó (e importa) más la vida que la muerte.

En vida gocé de verdes madrugadas adriáticas, ciruelos en los jardines de la Ribeira Sacra, olores, desde el alhelí a la retama, sombras de olores, desde la azucena al maizal. Me fascinaron ciudades, y, a la postre, la Naturaleza, que empuja, conmovida, irremediable, suelta y rebelde. Leí y sentí la Belleza de las mujeres, aunque ignoro su alma. Palpé el atirantado pecho de prostitutas cuyo lujo era su hermosura. Leí al griego, al medieval y al contemporáneo. De joven, me adentré fugazmente en las matemáticas. Estudio, estudié y estudiaré. Brilló mi modesta sangre bajo el sol, sangre que dentro de poco beberá la tierra.

Pero el Mundo se convirtió en un lugar desafecto. Creo que la demanda de buenos libros no era en tiempos la que hoy. Leer no es un entretenimiento general. Ni los comerciantes, ni los burgueses ni los caballeros consideran deshonra la ignorancia. El saber ya no le vale a un hombre tanto como antes. Empieza a ser una excentricidad ver casas con armarios llenos de libros.

Soy consciente de que mi pesimismo y fatalismo es propio de quien reniega o no comprende el siglo XXI. Me importa una higa o un bledo la revolución sociocultural de Internet. Converso con difuntos, con pocos, pero doctos libros juntos.

Muchos nos hemos acostumbrado a que nos rodee una manada inmensa de zombis. Cuerpos derribados, almas derrumbadas, cadáveres que se arrastran. Uno no puede luchar con los elementos de su época.

***

El libro que el lector tiene entre sus manos forma parte de una trilogía. La componen “Diario de un esquizofrénico”, “Pertinencias e impertinencias” y este “Diario del falso aristócrata” (todas publicadas por Elcercano) Culmina aquí mi obra, sin apenas o nulo eco, la verdad. Dios o Zeus ojalá me den algunos años más para pulir mis poemas y añadir alguno que otro. Solo quiero leer y caminar por la comarca, leer y observar a los pájaros y al cielo. Es mi senda honesta de la virtud. Nuestra época desprecia todo lo bueno. Los hombres callan o aborrecen la virtud. Pero la virtud no necesita nombradía ni aplauso del vulgo.

***

La trilogía, y mi existencia entera, se cobijan bajo la égida del mejor y más excelente ser humano: mi madre, María Ángeles Gómez Carballo. Solo ella me justifica.

***

Adiós y buen invierno. Paz a los hombres.

Deja un comentario