Christian Sanz Gómez, de raíces judías, nació en Barcelona, aunque mantuvo durante décadas un lazo emocional con Manresa, hoy ciudad de una bajura inenarrable.
No cree en una asamblea deliberante de hombres puros, sino en un hospital de antropoides pecadores y violentos, desde el Rey hasta el taxista que lo transporta. Al igual que Casiano en el siglo V, recomienda huir de la tristeza como de la peste, pues más peligrosa es la tristeza para el alma que la epidemia para el cuerpo.
Le espió el C.N.I. Excepto esta extravagancia, su vida transcurrió sin “trasbals”, sin mayores perturbaciones. Vida apacible y estudiosa llena (en general) de ataraxia, lujoso amor mercenario, y Platón, Quevedo, Gauss, Gödel, Bach y sus pares.
Il faut redevenir mystiques. Hemos de volver a ser místicos.
Christian Sanz nota la navaja de la muerte cada vez más cerca del cuello. A veces prefiere pensar con Juvenal: «El extremo final de la vida es uno de los regalos de la naturaleza». Al igual que César Augusto con sus palabras hacia Livia, Christian desea morir con un elogio en los labios, algo como: «Decidle a todos que gracias, mil gracias, y que mi vida fue maravillosa».
Gracias.
Buenas Noches. Cultura y Libertad.
