SOLAPA INTERIOR DE “DIARIO DEL ZALAPASTRÁN”

Christian Sanz Gómez nació bajo el zodiaco dorado o lambrequín historiado de la estrella de Barcino, aunque con burelete en Minorisa. Le hubiera gustado ser científico, abogado, dentista o empresario, pero un hado cruento le impulsó a la bohemia (o sea, no dar palo al agua) y cuajó en escritor.

Pese a apreciar el ideal romano de amasar fortuna, levantar villas y ganar guerras, Dios deseó ser malevolente con él y el Día del Juicio lo destinó por sus méritos espirituales al Cielo a ver ininterrumpidamente “Pasapalabra”, y no al Infierno para discutir de Retórica y Lógica.

Decidió, tras “Diario del falso aristócrata”, no escribir más. Incumple ese halagador impulso. La funesta obsesión de escribir le condujo a una pentalogía (este es su cuarto volumen) Deja huella en los “archivos del hombre”. La posteridad -cruel- los borrará.

La inmortalidad no es muy distinta del presente.

Christian fatigó frases en ritmos plañideros, por lo que crujieron papeles y pergaminos. Fueron deseos vanos.

Buena madrugada. Amor, Lógica y Libertad.

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