Diario de Aquitania 1

Plutarco mismo escribió:

“Usando la historia como un espejo, por todos los medios que puedo, trato de mejorar mi propia vida y moldearla bajo los más altos estándares que hay en las vidas de aquellos que escribo. Como resultado siento como si hubiera conversado, y de hecho, vivido con ellos; por medio de la historia recibo sucesivamente a cada uno de ellos, con una bienvenida y entreteniéndoles como invitados, y considero su carácter y cualidades, y de sus acciones selecciono la más permisiva y la mejor, con el objeto de llegar a conocerlos mejor. ¿Qué mayor placer podría uno disfrutar que éste, o que forma más eficaz de mejorar el carácter de uno mismo?”

Comienza aquí el quinto y último volumen de mi pentalogía, “Diario de Aquitania”. Aquitania es un lugar moral, como los personajes de Plutarco, un lugar vitalista, que regala madreperlas, fresas y perfumes, y mejora el carácter. Si Antioquía es la muerte, Aquitania es la vida, la luz, mejor, el examen de la vida. Una vida que corrió, y se acumuló veloz y azarosamente, y que también, ay, me entregó lestrigones, escollos y cíclopes. Fue una cosa rara con sabor a cocuma, a veces suave y también a veces lebruna. Un ir tirando, gozando y soportando, los ojos del relámpago.

Una de las “Máximas” de La Rochefoucauld reza: “La mejor y más diestra muestra de inteligencia de los más inteligentes es saber someterse a la ajena guía de gentes más inteligentes que ellos”. Me gustaría que este volumito final se sometiera al amor de Noemí y Clara, y a la guía de los clásicos grecolatinos y de la literatura universal. Un libro con más cálculo y diseño que los anteriores, en perpetuo diálogo con los Grandes. Todos morimos y, como las aguas, nos embebemos en la tierra. Camino ya de las sombras de la muerte, nada malo temeré, porque Hesíodo, Homero, Aristóteles, Goethe, Fray Luis, Safo, Virgilio, Plauto, Virgilio, Petrarca, Musil, y sus pares, porque mamá, papá y Noemí, están conmigo.

Bajan ejércitos bárbaros e imperiales, inoportunos y nocivos. La Libertad y la Cultura yacen sepultadas. Deseo que en mis últimas horas aliente en mí la Grandeza, y rechazar estas pésimas costumbres de época. Homero, en la Ilíada, nos exhorta a ser los más preeminentes, Estobeo nos indica que solo los mejores no maltratan su alma, Plinio el Viejo nos dice que lo más noble es enseñarse sabiduría, Sócrates, con sus intensas charlas, fue partero de lo más excelso en nosotros. El sendero hacia la cumbre no es fácil, pero solo el adquirir lo magno da sentido a una buena vida.

Debemos buscar el mosaico policromado del Duomo de Siena, las líneas sabrosas de los diálogos platónicos, pasear por las campiñas soleadas de Aquitania, notar la frescura del Château de Gaujacq, conversar con Cesio Baso, y evitar el modo descerebrado del mero consumidor, ese tipo de vidas vacías que, como la cinta de Moebius, no acaban nunca. Sin la fuelle labor del consumo, merced al fulgor del pensamiento libre y montaraz, naces dos veces.

“Tal fue Samuel Johnson, un hombre cuyo talento, adquisiciones y virtudes fueron tan extraordinarios, que cuanto más se considere su carácter, más se le tendrá en estima en la época actual, y mayor será la adoración y reverencia que la posteridad le rinda”.

Bajo la égida de la difícil “areté” de estas palabras de Boswell con que concluye su “Vida de Samuel Johnson”, pretendo cobijarme. Todos sufrimos atroces tarascadas de estupideces. Pero la romereja, de la mano de los sabios, en pos de tu propia sabiduría, justifica sinsabores y da sentido a la vida vivible. Empecemos.

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