
España para mí, en estas últimas décadas, no es más que una multitud de esclavos borrachos, una turba de analfabetos furiosos, que tiemblan ante las visiones de libros y de los bichos del delirium tremens, y donde una minoría empezamos a tener miedo de mostrar nuestro -limitado- saber.
Tinieblas egipcias de España, tinieblas de España iluminada por velas y lacias bujías. Las mentes de los españoles, tan huecas, no se pueden estampar en ningún elemento, y ninguna energía pudiera alimentar un gramo de agudeza dentro de ellos ¿Acaso no es la taberna la única progenie de su alma? ¿Acaso para ellos no son las bibliotecas tumbas de vano esfuerzo? ¿Acaso no sueñan con incendiar todas sus estanterías?
Para compensar esta desagradable impresión, traigo aquí unas palabras de Tritemio. Johannes Trithemius no era un mero ludita. Se preocupaba por el perjuicio de la imprenta ante el secular libro monástico. Para él escribir a mano era suprema labor espiritual que la imprenta amenazaba. Nos dijo en “De laude scriptorum manualium”, 9, III:
“En ninguna actividad de la vida del monje ésta se acerca más a la perfección que cuando hace vigilia de noche copiando letras divinas y humanas […] El monje devoto disfruta de cuatro ventajas especiales cuando escribe: el tiempo, que es precioso, se aprovecha; el entendimiento se ve iluminado cuando escribe; el corazón se orienta hacia la devoción; después de esta vida se le recompensa con un premio único”
Tritemio temía la desaparición de los monasterios. Los españoles temen con horror que cierren los bares.
