Diario de Aquitania 19

Jules Renard dijo que era discípulo de su biblioteca. Frente a las especulaciones inmotivadas y gratuitas, frente al simplón blablablá, uno puede refugiarse en la lenta reflexión de las sentencias y argumentos de sus libros. La iglesia pertenece a Dios, pero tus libros solo te pertenecen a ti. Ese es su poder y su gloria.

Entro en mi biblioteca y me arrepiento de salir de ella. Antes de leer, elegir, cuidadosamente elegir. El libro debe ser, ay, una bola de luz en la mano, comentó Pound. Y no falta quien desprecia los libros y prefiere -dice- aprender directamente de la vida; aunque así, no lo duden, no se suele pasar del prólogo de la existencia.

Recuerdo haber leído algo de Savater que inmediatamente apunté en mi “Tagebuch” y que ahora transcribo:

“Ser por los libros, para los libros, a través de ellos. Perdonar a la existencia su básico trastorno, puesto que en ella hay libros. No concebir la rebeldía política ni la perversión erótica sin su correspondiente bibliografía. Temblar entre líneas, dar rienda suelta a los fantasmas capítulo tras capítulo. Emprender largos viajes para encontrar lugares que ya hemos visitado subidos en el bajel de las novelas: desdeñar los rincones sin literatura, desconfiar de las plazas o las formas de vida que aún no han merecido un poema. Salir de la angustia leyendo; volver a ella por la misma puerta. No acatar emociones analfabetas. En cosas así consiste la perdición de la lectura. Quien la probó, lo sabe”.

Vivimos tiempos, mundos fúngicos, sin ingenio, polvorientos, discretos. Tiempos atrasados, no letrados. Los libros, qué duda cabe, multiplican la vida y la gracia. Son el diván o consejo de los sabios y de la buena vida. Son un antídoto contra el gas de los pantanos, y del vacío cotidiano.

Steiner: “El libro era un objeto doméstico, estaba disponible para ser releído a voluntad. Su poder indeterminado era incalculable, podía tener efectos totalmente dispares sobre sus lectores. Podía exaltar o envilecer; seducir o asquear; apelar a la virtud o a la barbarie; magnificar la sensibilidad o banalizarla. De una manera que no podía ser más desconcertante, podía hacer las dos cosas, casi en el mismo momento, en un impulso de respuesta tan complejo, tan rápido en su alternancia y tan híbrido, que ninguna hermenéutica, ninguna psicología podía o puede predecir ni calcular su fuerza”. Fuerza atómica, en efecto. Y acaso fuerza santa: “Donde se quiere a los libros, también se quiere a los hombres”, Heinrich Heine.

***

De noche. Estoy cansado, pues escribí mucho. Oigo el sincopado ruido de la caldera. Fulgura en mitad de la noche la biblioteca de mi casa como una chica de ojos verdes. El valle se viste de gasas lívidas. Montaña: caminitos profundos sobre un arco vegetal. Mi perra, enroscada, juega con el silencio.

Libros: majestad y masaje de una ópera de lluvia en la hondonada, que, golpeando el río, llama a trasgos y ninfas.

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