
Las cuatro de la mañana. Me apeo del carruaje, camino del palacete Saint-Euverte, donde me tranquiliza la idea de poder leer el resto de la noche. Nada afea, ningún elemento enturbia mi fascinación todavía adolescente por la lectura. Cada madrugada me invitan los libros a una ceremoniosa fiesta, y yo les correspondo vistiéndome con trajes de gala.
Examino brevemente el decorado de palacio. En la biblioteca, se despliegan ante mis ojos estantes con nobles libros, no muchos, pero selectos. Me inclino por un tomo forrado de carmesí: Wilamowitz: “Platon. Sein Leben und seine Werke”, Berlin, 1959. Volumen verdaderamente olímpico.
Y leo. Leo como un desenfrenado amante en su auriga, desconcertado, henchido de deseo, compañero al fin de la concordia, la tranquilidad y la filosofía.
