SOLAPA INTERIOR DE “DIARIO DE AQUITANIA”

Placeres, y agravios y daños, me infligió la vida. La enfermedad deformó mi rostro, pero todavía estoy despierto, creedme, no ando dormido, solo callado, evocando los sueños de un pasado demasiado breve. Ya no veré grandes cosas en la tierra, ni me maravillará el que se lleve a cabo lo que antes de hacerse parecía imposible.

Este Imperio Decadente, este Océano Gris, lleno de hombres hoscos y huecos, reside en una tierra infernal. Lo noble y grandioso cae, y no lo verán ya mis ojos. En Lucas I, 33, leemos: “Y su reino no tendrá fin”. Desconfío de Dios, dioses y reinos supra-lunares. Culmina aquí, con el último volumen de esta pentalogía, sin nostalgia ni queja, devanándose en el hilo de la memoria de las palabras de Cicerón y sus pares, una especie de autobiografía sin vida.

Mi inteligencia fue más desordenada que penetrante, buena para el estudio académico y memorístico, pero mala para la creatividad no convencional. Me incliné por la prosa refitolera (ornato de Camagüey) y la poesía sin calibre. Indagué en nuestras discordancias políticas, en la historia, en epifanías, pero mi lengua no fue brillante ni eficaz, más bien mortecina y débil. Doy poca importancia a la vana gloria del habla: hablo como un niño. En el campo paso -algo atristado- mi destierro.

La paz es necesaria. Adiós.

Si Zeus quiere, continuaremos leyendo y escribiendo.

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