Diario de Aquitania 44

Siento el gusto por las palabras. Las lenguas que conozco absorben algo así como una instintiva aversión a los gramáticos ortodoxos y una prevención contra el centralismo del lenguaje político o burocrático. Detesto a esos escritores que caricaturizan su lengua. Y añoro el catalán, mi primera lengua de expresión, pensamiento y cultura.

Montanyà, Dalí y Gasch denunciaban los toques raciales de Guimerà, la sensiblería de los orfeones, los manoseados tópicos maragallianos. El catalán es un idioma con señorío y pompa, de cojines blandos bordados bellamente, idioma de retrato de prócer en marco dorado; modula voces espaciosas, vegetales, y hablarlo es como un balanceo de abanico de palmera, un festín neroniano. Acuden a mi mente, como notas de un cuarteto de cuerda, palabras y expresiones catalanas:

“aixopenc”, “gerds”, “boires”, “tardor”, “cabasset de l´or”, “clivells de marbre”, “pàmpols”, “tofa nevada”, “ensenyoreix”, “encesor de caolí”, “blau”, “renillar”, “botxí”, ETCÉTERA.

Palabras y giros que tañen dentro de mí como el esquilón de la catedral llamando a coro, “mots” de resonancia cosmológica, de voracidad versallesca, que me retrotraen a imágenes, escenas y momentos muy vivos y energéticos de casi otra vida.

Triste es perder una casa, una mujer y una lengua.

Deja un comentario