Diario de Aquitania 74

(Catalogue of scientific books in the Library of the Royal Society)

«El bibliotecario, con botines blancos, calvo y orejudo en su biblioteca. ¿Bibliotecas? Ideas en alaúdes alrededor mío, en cajas de momias, embalsamadas en especia de palabras. Tot, dios de las bibliotecas, un dios pájaro, coronado por la luna. Y yo escuché la voz de ese sumo sacerdote egipcio. En cámaras pintadas cargadas de tejas largas y carbón”, Joyce.

«Toda la nave estaba emparedada con estanterías y sus correspondientes anaqueles; en todas partes aparecían escaleras para subir hasta los libros más altos, y catálogos y bibliografías cubrían los pupitres y mesas; en suma: la quintaesencia del saber y, sin embargo, ningún libro decente para leer; nada más que libros sobre libros; olía también a fósforo cerebral y no me equivoco si afirmo que me parecía haber conseguido algo. Pero naturalmente, cuando el hombre quiso dejarme solo, sentí una cosa especial, yo diría que angustia, recogimiento, intranquilidad […] se me paralizaron las piernas, y el mundo me pareció una farsa. Te vuelvo a decir cómo llegué a tranquilizarme: pensando que allí fallaba algo esencial. Tú objetarás quizá que no hay por qué leer todos los libros. Y yo te contesto: también en la guerra no hay por qué matar a todos los soldados uno a uno; sin embargo, todos y cada uno son necesarios. Dirás: también todos los libros son necesarios. Pero ves, aquí es donde falla algo, porque esto no es verdad; ¡se lo he preguntado al bibliotecario!», Musil.

«Todo ser humano necesita una patria, aunque no como la conciben esos patrioteros primitivos o cualquier religión, insulso anticipo de una patria ultra terrena. No, una patria en la que el suelo, el trabajo, los amigos, las diversiones y el espacio espiritual confluyan en un todo natural y organizado, en una especie de cosmos propio. La mejor definición de patria es una biblioteca […] mi supremo anhelo es poseer una biblioteca bien surtida, ordenada y herméticamente protegida, en la que ningún mueble ni persona superfluos pudieran distraerlo de sus serias elucubraciones […] libros, si queréis que os arrojen de vuestra patria y os dispersen por el mundo, si queréis ser evaluados, manoseados y comprados como esclavos con los que nadie habla y a los que se escucha a medias cuando realizan sus tareas, esclavos en cuya alma nadie lee, que la gente tiene pero no ama, que deja estropear o revende para obtener beneficios, que utiliza pero no comprende, ¡cruzad entonces los brazos y entregaros al enemigo! Pero si aún os queda un corazón altivo, un alma valerosa y un espíritu noble: ¡alzaos conmigo e iniciemos una Guerra Santa!», Canetti.

«La bibliotecaria, a quien nunca había visto antes, custodiaba la biblioteca como podía hacerlo un perro de pajar, uno de esos pobres perruchos, deliberadamente maleados a golpes de cadena y de hambre; o mejor aún, la defendía como en “El libro de la selva” custodia el tesoro del rey la vieja cobra desdentada y pálida por tantos siglos de tiniebla. La bibliotecaria era pequeña, sin pecho ni caderas, cerúlea, desmembrada y monstruosamente miope; llevaba unas gafas tan gordas y cóncavas que, vista de frente, sus ojos de un celeste casi blanco, parecían lejanísimos, pegados al fondo del cráneo. Daba la impresión de no haber sido nunca joven, aunque seguramente tendría más de treinta años, y de haber nacido allí, en la sombra, entre aquel vago olor a moho», Alicia Esther Borinsky.

“Al día siguiente, a las siete en punto, el señor Sariette se incorporaba a su puesto en la biblioteca y catalogaba. Cuando estaba sentado en su escritorio lanzaba a todo visitante una mirada envenenada de Medusa, con el temor de que alguno le pidiera libros prestados. Habría deseado que esa mirada fuera capaz de petrificar no sólo a los magistrados, políticos y prelados que se aprovechaban de su familiaridad con el señor de la casa para pedir cualquier obra, sino también al señor Cayetano, que, como benefactor de la biblioteca, cogía de vez en cuando alguna antigualla licenciosa o impía para los días lluviosos en el campo, o a la señora de Renato Esparvieu cuando venía a buscar algún libro para leer a los enfermos del hospital, e incluso el propio Renato Esparvieu, que por lo común se contentaba con el Código Civil de Dalloz. Cada vez que alguien se llevaba el menor legajo se le desgarraba el alma. Con el fin de poder negar los préstamos a aquellos que tenían los mayores derechos para solicitarlos, el señor Sariette inventaba mil excusas ingeniosas o burdas, y no le importaba dejar en mal lugar su propia administración, ni suscitar dudas sobre su vigilancia, alegando que se había extraviado o perdido algún volumen que un segundo antes examinaban sus propios ojos, y que ahora apretaba contra su pecho. Y cuando, finalmente, no le quedaba más remedio que entregar un libro, antes de abandonarlo definitivamente se lo quitaba veinte veces de las manos al solicitante. Temblaba sin cesar cada vez que un objeto confiado a su custodia no aparecía. Conservador de trescientos sesenta mil volúmenes, tenía constantemente trescientos sesenta mil motivos de alarma. A veces se despertaba repentinamente en plena noche bañado en sudor frío y lanzaba un grito de angustia porque había visto en sueños un hueco en uno de los estantes de sus armarios. Le parecía monstruoso, inicuo y desolador, que un libro abandonara en algún momento su estante” A. France

«La Biblioteca era como la nave de una iglesia y, además, muy fría. Las negras estufas de petróleo, en los extremos, daban un olor a parafina. En medio del local había una cabina, como la de los testigos en un tribunal, y dentro estaba sentada la señorita Crail, la bibliotecaria», V. Woolf.

«Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer un enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de sí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces de los vasos sanguíneos», Luis Sanz Leví.

“Estoy sentado leyendo a un poeta. Hay muchas personas en la sala, pero no se las oye. Están en sus libros. A veces se mueven entre las hojas, como hombres que duermen y se dan vuelta entre dos sueños. iAh! qué bien se está entre hombres que leen ¿Por qué no son siempre así? Podéis acercaros a uno y rozarle; no sentirá nada. Podéis empujar a vuestro vecino al levantaros, y si os excusáis, hará un movimiento de cabeza hacia el lado de donde viene vuestra voz, su rostro se vuelve hacia vosotros y no os ve, y sus cabellos son semejantes a los de un hombre dormido ¡Qué bueno es esto! Estoy sentado y tengo un poeta iQué suerte! Quizás sean trescientos los que están en esta sala leyendo; pero es imposible que cada uno tenga un poeta (¡Sabe Dios qué será lo que leen!) Además, no existen trescientos poetas. En cambio, qué suerte la mía: yo, quizá el más miserable de estos lectores, yo, un extranjero, tengo un poeta. Aunque sea pobre. Aunque mi chaqueta, que llevo a diario, comience a estropearse por algunos sitios, aunque a mis zapatos se les pueda hacer este o aquel reproche. Sin duda, mi cuello está limpio, mi camisa también, y podría, tal como soy, entrar en cualquier confitería, en los grandes bulevares, y adelantar sin temor la mano hacia un plato de pasteles», Miłosz.

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