Diario de Aquitania 92

Sucia la cara con albayalde; arreo de los locos. Pienso un tema: tachas, ralladuras y torpor. Mi mente preñada de mema omnipotencia saltígrada, embolismática. Conjuntos vacíos, incomunicación y fatiga. Intento cambiar de niveles lógicos (“Cambiar de lógica es cambiar de tema”, Quine) y el barullo es una torcida red de vías que no cobra ni un mínimo de entendimiento. Esto ya es el final. Encerrado en mi habitación, incapaz de pergeñar unos párrafos o leer media página. Agreste gesto inexpresivo. Conciencia y atención turbia que no se concentran en nada.

Las palabras se sueltan, cada vez menos bellas y concupiscentes. Me entristece su colorido de niebla pálida, violeta, casi oscura; palabras que rompen su caparazón y se tintan de un negro ébano; su luminosidad es fría, cadavérica, con la mejilla hacia fuera de la lengua; son una infra-conciencia, como seres catatónicos; palabras que no puedo ver, oír ni tocar; contritas, humilladas, corruptas, perdidas, desamparadas. Esto ya es el fin.

No logro evocar un lenguaje no mutilado, enternecido por horas de confiada compañía. No logro evocar su penumbra dorada, aquella fascinación misteriosa como un amanecer en Estambul. Fui un joven de aspecto saludable, y un escritor mediocre, pero apañado. Esto es el fin. De cometa por el cielo a descabezada pulga. De Kublai Kan, a este país tenebroso y descompuesto. Esto ya es el fin.

***

Ruano diría «la calle está llena de panaderos con su vilísima honradez» y Henry MIller, que durante un tiempo ejerció de profesor universitario, escribiría de sus alumnos «Se convertirán en carpitenros, abogados, farmacéuticos, funcionarios…gente tan respetable como lamentable».

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