Diario de Aquitania 96

Época de novelistas modistillas. De una avalancha de ingenuos imitadores de autores de best-sellers ¿Por qué no se engastan al silencio? Al leerlos uno siente en el estómago el mismo temple que si se hubiera tragado una botella de vinagre en lugar de una botella de champán.

Yo (pese a todo una medianía) repaso en sueños los grupos “dl”, “gl”, “bl” y “pl”, y me enervo, y los contrasto, y se vuelven pulpa viva, víscera, y cavilo, y los enfrento en una galería de espejos, y, también, más excitado que fatigado, consulto las voces, cientos de voces, como “carrizada”, “greba” o “hielera, “puertecallera”, “coscoja” o “yogar” en el diccionario, ese festín que cualquier escritor debiera memorizar, o bien me abismo entre los trances y cataclismos -¿anglicanos, puritanos?- de las vocales y las -¿dominicas, doctrinarias?- consonantes bilabiales fricativas. Veo al lenguaje como un óvalo de luces multicolores, casi como desde la perspectiva de un planetario; unas palabras emiten destellos, otras permanecen quietas como estrellas fijas.

Estos novelistas tocados con el bonete episcopal del triunfo, con los royalties de las ventas, me abochornan. Son malísimos. No escriben obras sólidas porque transcurre todo lo suyo en concordancia con la línea general (como el cine de Almodóvar, esencialmente un producto de marketing) Realzan los ídolos estúpidos de nuestra época, el tópico más anodino y trivial. No modelan su prosa con malaquita, jaspe, coral, lapislázuli o cuarzo rosa. Para ellos el lenguaje no es portuario trópico. Escritores sin estilo y sin vida en el estilo, llenan sus libros con arbitrarias manchas de tinta. Para ellos el lenguaje es lo mismo que un Big Mac.

Puede ser una imagen de hamburguesa y texto

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