(Maitines)
La fotografía se ha transformado en una diversión casi tan cultivada como el sexo y el baile. Es sobre todo un rito, una protección contra la ansiedad y un instrumento de afirmación. Las cámaras se integran en las vidas. No fotografiar significa rebelión y máximo signo de indiferencia. La memoria ya no es auxilio ni prótesis.
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Barthes confiesa su imposibilidad de reconocer a su propia madre en la colección de fotografías familiares, hasta que encuentra su esencia en la que llama “la foto del Invernadero”. Se trata de una imagen de su madre con 5 años en cuya pose encuentra la esencia de la mujer mayor que él conoció. Sin embargo, Barthes es plenamente consciente de que la foto solo es importante para él, y que para los demás será una imagen «indistinta», una manifestación más de lo «cualquiera» (Barthes, 1989, 131).
Y llega a esta hermosa definición: “La fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente” (Barthes, 1989, 31)
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Alfred Lichtwark, historiador del arte, señaló en 1876 que: “Hoy en día ninguna obra de arte es contemplada con tanta atención como la propia fotografía, la de los parientes y amigos más próximos, la de la mujer amada” (citado por Benjamin, en su dificilísimo libro “Breve historia de la fotografía”, Casimiro)
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Paseo por los alrededores de la catedral de Orense. La parte vieja de la ciudad está tatuada por “tags” de jóvenes “rappers”. Qué abismo más grande se impone como degeneración del silencio y la barbarie.
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Nada digamos de las obras de Stravinski y Schönberg que contribuyeron a definir el siglo musical, o las provocaciones de Russolo y demás futuristas con su “arte del ruido de las cosas”. El gusto estético está conformado, sobre todo, por los hábitos culturales. Una obra nos gusta si nos ofrece algo de lo que estamos dispuestos a gustar. Por lo contrario, nos despista, nos aburre, o nos indigna.
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Escucho el Preludio (fantasía) en la menor, BWV 922, de Bach, en interpretación de Brendel, y lo hago con el corazón en un puño. Tengo miedo que llegue el más hondo invierno y el bienestar huya para siempre.
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Palabras, para meditar, de “Fortunata y Jacinta”: “¡Pobre pueblo! Y luego hablamos de sus pasiones brutales, cuando nosotros tenemos la culpa. Estas cosas hay que verlas de cerca. Sí, hija mía, hay que poner la mano sobre el corazón del pueblo, que es sano, sí, pero a veces sus latidos no son latidos, sino patadas”.
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En el libro “El obispo y el huerfanito” leemos “Nada busques con ansia y con anhelo / sino el camino que conduce al cielo”. Todo esto como el olor cansado de fritanga en una tabernucha celestial que pringa el aire fino de la madrugada.
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Ese bruto que me montaba a cambio de miles de euros (mi “Sugar Baby”), comía tremendas tajadas de toro a la parrilla, vaca asada nadando en una salsa de manteca y hojas de coles verdes, tales como las toman los animales de corral. Regoldado a su placer como un marrano, ponía las piernas sobre la mesa y se echaba a dormir.
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En el acto de la lectura hay una furiosa intimidad que clama silencio.
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Ese profesor de arte eclesiástico, excantante de la Capilla Sixtina, sabe reír de todo corazón y le gustan cualquier clase de bromas y anécdotas. Y no cree en un Dios cruel, vengativo y enfurruñado.

