
En una carta, el rey Luis II de Baviera escribió a un amigo:
“¡Oh! Es esencial crear estos paraísos; esos santuarios poéticos [se refiere a la construcción de sus castillos] donde uno pueda olvidar la horrenda era en que vivimos”.
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Me identifico con este rey artista, de alma suave y alada. Le gustaba deslizarse de noche en trineo por bosques y campos, y la poesía, la música, y la belleza, la arquitectura, y el lujo y las flores. Una conjura lo destronó de un reinado que siempre administró con generosidad y eficacia. Tuvo amigos, amores, sinestesias. Ante los limos turbios de la realidad se refugió en reinos artificiales. Detestó el tiempo y el espacio dimanado de la conciencia ordinaria. Pidió más, ir más allá, abordar con más intensidad la vida. Fue esa pureza rebelde como de un huésped desterrado. El oro rubio entre sueños de chambelán, consejeros o ministros. Cénit en la carne de los frutos. Frescura de corales submarinos.
Frente al rasponazo del mundo, oh tú, Rey Lunar, me acompañas. Frente al bojazo y malmatón del actual estado de cosas, usted, compañerito, Luna Roja que besa plantas nocturnas, puebla de placer mi soledad. Gracias majestad.
