
Sócrates, ese tábano tocacojones, ponía al descubierto las supuestas «verdades» establecidas. Vivimos en mitad de una dictadura de opiniones dogmáticas ocluyentes, en absoluto concluyentes. El librepensador, incapaz de automatismos irreflexivos, interviene en los asuntos públicos y en el debate social, en la conversación de ideas de la humanidad, persuadiendo, no con un inmediato «me gusta» o «no me gusta», persuadiendo -decía-, o sea, elucidando, sopesando, dirimiendo, arguyendo razones y elementos de juicio. Duda mientras piensa y al revés. Y aspira a un criterio cosmovisivo.
Esta labor requiere parsimonia, experiencia, ensayo y error, humildad, lecturas, observación, hipótesis, la bendición del silencio y la energía de la soledad. Hay un apetito de saber, simultáneo a la constatación pirrónica de que las aserciones muy compactas no son cabal filosofía.
Creo que el ámbito de la filosofía cada vez será -es- más marginal. Los tiempos piden ideologías, no ideas, retórica, pero retórica sin gramática ni lógica, y emociones abrasivas en lugar de razonamientos sólidos. Las mentes estabuladas o normalizadas son fáciles de manipular.
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El círculo de Viena fue un famoso grupo filosófico. Pero no puede comprenderse de manera aislada. Surgió en una ciudad en la cual el arte, la música, la literatura y la arquitectura florecían también. La capital austríaca era una de las cunas del modernismo, era el domicilio para el psicoanalista Sigmund Freud y el compositor Arnold Schönberg, el periodista Karl Kraus y el arquitecto Adolf Loos, el novelista Robert Musil y el autor de teatro Arthur Schnitzler. Las ideas del Círculo complementaban o competían con otras que circulaban alrededor de Viena. Por la Viena de la época hallamos mentes tan insignes como Kelsen, Tarski, von Mises, Carnap, Otto Bauer, Klimt, Hahn, Rose Rand ETC…
En un sentido la filosofía se ha trivilizado debido al control ideológico, como señaló Dummett (1991, VIII) En otro sentido por su sumisión a la productividad (cascadas de artículos ABSOLUTAMENTE irrelevantes), y también por sus ataduras a las modas y el Poder. Finalmente se ha desprestigiado por no saber sortear la oscuridad expresiva y evitado asimismo la plaza pública.
Cuando estuve en Boston, pese a conocer condíscípulos muy inteligentes, empecé a advertir que la Atenas filosófica se convertía insensiblemente en una barriada de lo políticamente corrrecto. En una mordaza. Y, décadas después, el desprestigio de la cultura como rasgo cultural, implica que cada vez sea más difícil configurar un grupo donde se retroalimentan las ideas y las inteligencias.
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Sobre el valor de la filosofía. Concluyamos con unas palabras de Russell:
«Una forma de escapar es por medio de la contemplación filosófica. La contemplación filosófica no divide, en su forma más amplia, el universo en dos territorios hostiles -amigos y enemigos, útil e inútil, bueno y malo- sino que ve el todo imparcialmente. La contemplación filosófica, cuando no está contaminada, no apunta a la prueba de que el resto del universo es semejante al hombre. Toda adquisición de conocimiento es una ampliación del Yo, pero esta ampliación se consigue mejor cuando no es buscada directamente. Se obtiene cuando el deseo de conocimiento se opera por sí, por medio del estudio que no desea por adelantado, que sus objetos tengan tales y tales características, mas que se adapte el Yo a las características que encuentre en sus objetos. Esta ampliación del Yo no se obtiene cuando, tomando al Yo por lo que es, tratamos de mostrar que el mundo es tan similar a este Yo que el conocimiento de él es posible sin ninguna admisión de lo que parece extraño. El deseo por probar esto es una forma de auto-afirmación y, como toda auto-afirmación, es un obstáculo al crecimiento del Yo que desea y sabe de lo que es capaz. La auto-afirmación, en la especulación filosófica como en cualquier otra parte, ve al mundo como el medio de su propio fin; de esta manera reduce al mundo a tener menor importancia que el Yo, y el Yo así instala barreras a la grandeza de sus bienes. En la contemplación, por el contrario, empezamos del no-Yo y a través de su grandeza los límites del Yo son ampliados; a través de la infinitud del universo la mente que lo contempla alcanza a compartir algo de esta infinitud».
