Diario sin vida 18

Nunca he creído que tras el fin del fascismo y del comunismo se hubiesen acabado ya todos los peligros para Europa. La historia no se detiene. Tras la desaparición del Telón de Acero, Europa no ha salido de la historia, aun cuando en ocasiones parezca sentirse ese deseo. Las democracias están muy dispuestas a ignorar u olvidar las DIMENSIONES TRÁGICAS DE LA HISTORIA. Vistas así las cosas, yo digo: sí, lo que ahora está pasando es bastante inquietante.

Hay una civilización europea, un pensamiento occidental. Hay una comunidad de problemas, expectativas y peligros. Y, como siempre, los españoles parecen ajenos a él.

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La «Academia preparatoria Prufrock» (Lemony Snicket) tiene un número de reglas estrictas y algo extrañas, irracionalmente similares a las de sus tutores. Profesores pedantes y estrictos que tienen favoritismos, acoso escolar, comida horrible en la cafetería, muchas tareas y exámenes estresantes. Castigos crueles e inusuales, clases aburridas con material que la mayoría de los estudiantes nunca usarán en la vida real (Klaus tenía que medir objetos constantemente, Violet tenía que memorizar las partes insignificantes e intrascendentes de las aburridas historias personales del Sr. Rémora, como cuántos kilómetros corría un burro) Un internado lúgubre y terrible.

En la «Academia de Lagado» (Swift) se intentan transformar excreciones humanas en alimento, extraer rayos de sol de los pepinos o enseñar matemáticas a los alumnos escribiendo proposiciones en obleas y consumiéndolas con «cephalick tincture». Gulliver no está impresionado con esta academia y ofrece numerosas sugerencias para mejorarla.

En Valencia, lo explica Ludwig Pfandl, en el s. XVII había una que se llamaba «Academia de los Nocturnos», en la que todos sus miembros tenían un sobrenombre «nocturno»: Silencio, Miedo, Sombra, Tinieblas…

Enhorabuena a la Sra. académica. De veras. Usted, quizá, entre erudiciones, seguro que le aguardan las mejores horas. No ha de durar para siempre el sopor letal de esta España acémila.

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Primavera de calinas. Verano de tolvoneras. Tardes de nubes barrocas. La Luna cabecea entre moscardas. Bullen cigarras como si rajasen el sol. Tengo ganas de escribir bien. Prosa de pimentón, cayena y harina, viva y vascular, emocionada y caliente. Prosa con olor de piel y collerones sudados. Prosa de fanales de velas amarillas alumbrando al viejo tisú.

Escribir es estar quietecito y fresco en la penumbra malva, escribir son floreros planos, pero con rizos de oro, ese quinqué de bronce. Un escritor traspasa distancias y tiempos con el pensamiento, deshojando olivos a la busca de una fugaz belleza. El Olimpo es el lenguaje, más que el simplemente narrar. El efecto del estilo es clave para la literatura: es una clave mágica para comprender a todos los grandes maestros.

Luisgé Martín no tiene nada que decir ni que añadir. Su prosa es la misma salchicha de siempre, chisporroteando en su régimen de grasa desangelada y funcionaral. Su prosa narrativa es demasiado común, y eso no es objeción pequeña.

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