
Henry Miller, mediocre escritor, durante un tiempo ejerció de profesor universitario y escribiría de sus alumnos (en esto no se equivocó como en sus -olvidadas- novelas): «Se convertirán en carpinteros, abogados, farmacéuticos, funcionarios…gente tan respetable como lamentable». Y Ruano: «La calle está llena de panaderos con su vilísima honradez». Hago míos a Horacio y Darío: «Yo odio la chusma irreverente y la mantengo alejada de mí» y «Vulgo espeso y municipal». Acaso, sí, sí: «Nadie puede amar la verdad y el bien si no odia las multitudes», Giordano Bruno. O Séneca en el «De vita Beata»: «Nihil ergo magis praestandum est quam ne pecorum tiru sequamur antecedentium gregem»: «Nada debe preocuparnos tanto como seguir cual ovejas al rebaño que nos precede». Y «Seguid a los menos, y no al vulgo», Petrarca. Siempre Platón: “Cuando una multitud ejerce la autoridad, es más cruel aún que los tiranos.” Y tambien meditemos con Jünger: «Cuando no compartimos un error generalizado, se nos considera un estorbo». Multitudo non est sequenda, amigos; lema sabio, ladies and gentlemen. Clemente de Alejandría (Strom V3, 17, 655 p): «Pues el vulgo no tiene juicio inteligente ni justo, ni bello, sino que en pocos hombres podrías encontrarlo». «Plebs sordida», así definía Tiberio a su pueblo, según nos relata Tácito. Poco -nada- mudó el Tiempo.
La turbamulta, el follón, la aglomeración, los conglomerados, son bobos y cerriles. Sé que el género de la invectiva contra la necedad popular, y el no poder asimismo soportarla, tienen una larga historia. El vulgo jamás resplandece con luz propia. «Non consilium in vulgo, non ratio non discrimen, non diligentia», decía Cicerón. No hay dentro de este vasto cuerpo popular suficientes luces. No olvidemos a Feijoo: «Estando una vez Foción reprendiendo con alguna aspereza al pueblo de Atenas, su enemigo Demóstenes le dijo: «Mira que te matará el pueblo si empieza a enloquecer.» «Y a ti te matará -respondió Foción- si empieza a tener juicio.» Sentencia con que declaró su mente, de que nunca hace el pueblo concepto sano en la calificación».
¿Qué hacer? «Vulgus dividi in oppositum contra sapientes, quod vulgo videtur verum, falsum est», Roger Bacon. «La plebe se opone a los hombres sabios; lo que la plebe considera cierto, es mayormente falso». «…mihi parua rura et / spiritum Graiae tenuem Camenae / Parca non mendax dedit et malignum / spernere uolgus», Horacio. «…pero pequeños campos, / y un leve aliento de la griega musa / me dio la Parca, y despreciar al vulgo, / siempre maligno». «Posse tibi res meas, pater optime, que ut paucis placeant, laboro», Petrarca. «Que sean de tu agrado, querido Padre, estos escritos en los que trabajo para complacer a unos pocos».
«Odio el poema cíclico, y no me gusta el camino que de aquí a allá lleva a la muchedumbre. No bebo en la fuente pública. Todo lo popular me repugna». Eso afirmó en un epigrama Calímaco. Imposible no sentirse como Verlaine o Baudeliare: «Je suis l’Empire à la fin de la décadence», «Je suis comme le roi d’un pays pluvieux». El pueblo siempre será ignaro y hortera, eterno menor de edad (Flaubert). No creo, sé, que una vulgaridad cualquiera, esté dónde esté, ofende a las formas divinas. ¡Cómo temen (tenderos, ejecutivos, funcionarios, oficinistas…) morder la cabeza de la serpiente, mujerucas cobardes! Que el grueso de mi ejército cruce las fronteras. Solo con una orden: ¡Sin prisioneros!
