Diario sin vida 20

Escribo y leo. Leo para la gloria. Escribo para la nada. Mis libros no los escribí tanto para enseñar como para informar, para que el aburrido lector siga investigando, si así lo desea, las fuentes clásicas que cito. Solo soy un estudiante solitario y tímido reacio a cualquier aire de fama o éxito. Y vuelvo a los antiguos para hallar lo nuevo. “Al envejecer, nos reconciliamos con los griegos”, Houellebecq. “Hace tiempo que mis contemporáneos son los griegos”, Borges. “Casi todo lo mejor que los hombres dijeron, lo dijeron en griego”, Yourcenar.

Recuérdenme como un bibliómano aldeano que, desde su montañoso “Finisterrae”, pasaba las horas con Heródoto, Platón, Esquilo, Demóstenes, Calímaco…Pasaba las horas fascinado y aterrado por el final (y cercano) sueño, por ese sueño que será un espejo que ya no reflejará ningún otro sueño. Decían que su biblioteca era mejor que un imaginario jardín de Linneo con miles de plantas, que un botín de oro. Y los domingos escuchaba alelado cómo tañían las heraclíteas campanas en la aldea.

Aristóteles decía que, al envejecer, se sentía más amigo de los mitos (de los «antiguos» griegos, claro) Maquiavelo dijo alguna vez, que todas las cosas de este mundo, en cualquier época, tienen su réplica en la antigüedad. Borges: «Quizás nuestros contemporáneos siempre se parecen demasiado a nosotros y quien busque novedades las hallará con más facilidad en los antiguos». Toda -casi toda- la literatura, después de los griegos, es de segunda mano. Pierre Vidal-Naquet: «El Quijote, de Cervantes, sería inconcebible si no existiera en un tiempo remoto el relator irónico de la Odisea». Las telenovelas, los filmes, las series, toda esa «enxurrada» narrativa en la que hoy vivimos, repite una y mil veces, con pequeñas variantes, los poco más de treinta argumentos reconocidos que vienen de los griegos.

Recuérdenlo, amigos. Lean a los griegos. Y recuérdenme a mí, si les viene a bien, ese autor muy menor gallego-catalán, estudiante perpetuo, al que latigó el tiempo y la soledad.

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