Diario sin vida 22

Christian Sanz Gómez Leví Carballo nació en Barcelona, España, en 1971, en el seno de una familia de la alta burguesía mercantil. Fue el segundo de tres hermanos y tuvo una educación esmerada, aunque sin un objetivo claro. Sus vacilaciones en este aspecto recuerdan las del joven Stefan Zweig, y quizás la de todo -potencial- creador con vocación de totalidad. Pero, genes, infortunios y azares, provocaron un escaso talento para con su obra así como escasez de aptitudes para el triunfo en la lotería de la vida.

De joven, empezó a escribir relatos y poemas. Estudió Ciencias y Humanidades. Trabajó casi tres décadas en la inteligencia de un gobierno extranjero. La fama no le llegó pronto, la fama no le llegó tarde. Nunca le llegó la fama. Vivió enclaustrado en una aldea gallega de la Orense profunda.

Pese a estos datos biográficos, Christian Sanz no fue un hombre especialmente interesado por la política. Se podría decir que la oscura, feraz vida, le forzó a interesarse y saber de ella. Fue sobre todo un artista, sea eso lo que hoy significa, y de aquella clase de artistas que contemplan el mundo como materia para su obra de arte, con un modo de mirar objetivo, distanciado y teñido de un leve escepticismo, incluso ironía. Para el común de los mortales, las emociones e incluso las tragedias de la vida solo son eso, emociones y tragedias, para el artista son, también, los datos que analíticamente ha de tratar para crear un arte con cierto sentido. Esta actitud suele corresponderse con la apariencia de una personalidad carente de empatía, egoísta, porque parece – y no solo parece – que el individuo en cuestión vive por encima de los acontecimientos. No fue el caso. Christian lo sabía, y lo asumía. También sabía, y lo proclamaba muy alto, que él no era de la clase de artista que sobreactúa como tal, que se mueve, habla, viste -se disfraza histriónico- de artista.

Pero Christian, a diferencia de los que les pasó a Joyce y Cervantes, a diferencia de la voluntad fáustica de los Grandes, tuvo desde el principio una clara conciencia de sus límites y de la nula importancia de sus libros. Destino feliz de poeta, pero destino cruel sin gloria. Sin fe en el propio trabajo, esa fe neurótica, un punto mostrenca y supersticiosa, de la que hacen gala muchos grandes creadores, compuso su obra con gran desapego y negligente vagancia.

El gran hispanista y escritor estadounidense William Dean Howells escribió: «Lo maravilloso es la sinceridad con que tratamos a personas enteramente corrientes, nuestra compasión por los que yerran y sufren, y la dignidad frente a nuestras situaciones ordinarias dolientes, o la belleza que le otorgamos a la literatura y a nuestra propia poquedad». En eso sí que fue bueno el mediocre gallego-catalán Christian Sanz Gómez Leví Carballo, tozudo -pesado- escribano montañés y melancólico.

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