Diario sin vida 24

Estoy pasando por una época de tórrida pasión intelectual («better than sex») En mi mesita, a mi alcance, para decirlo con precisión, pululan sobre unos 40 libros, de todas las materias y géneros imaginables. Alguna que otra vez ya me pasó, y llegué a leer en poco más de dos años sobre unos mil libros.

Según G. Berger «la pasión intelectual» se concibe como el vivo deseo de saber y, sobre todo, de comprender, excluida toda preocupacion de aplicación practica, e independientemente de la necesidad de afirmarse por el conocimiento. Es el puro placer de las satisfacciones intelectuales, aparte de toda preferencia personal y de toda sensibilidad.

Detecto muy poco entusiasmo por el saber. Usando a Galileo de metáfora, el hombre parece haber caído en un plano inclinado y rueda cada vez más rápido alejándose del punto central; ¿hacia dónde?, ¿hacia la nada?, ¿hacia el «horadante sentimiento de su nada»?

En el magnífico ensayo «Universo y sentido», Norbert Bilbeny sostiene que la curiosidad en el ser humano «es sentirse atraído por lo que percibe extraño y desea que forme parte de su medio cotidiano para intentar comprenderlo». A mí me gusta afirmar que la curiosidad consiste en trasladar nuestra atención hacia lo desconocido con el propósito de que deje de serlo. De hecho, coloquialmente solemos decir que algo nos llama la atención cuando precisamente ese algo suscita nuestra curiosidad. La curiosidad es el interrogante que surge cuando súbitamente algo en el mundo se desvela extraño y a la vez valioso para nuestros intereses. Einstein sostenía que la curiosidad es más importante que el conocimiento, pero es difícil segregar ambas dimensiones. No se puede ser curioso sin conocimiento, ni poseer conocimiento sin tener curiosidad.

Sophie Germain (1776-1831)Tenía apenas 13 años cuando desarrolló un interés por las matemáticas, probablemente por culpa de la Revolución Francesa: las calles eran muy violentas y recluida en su casa se dedicó a explorar la biblioteca de su padre. Así aprendió por sus propios medios latín, griego y matemáticas. Sophie también sufrió los intentos de la familia por desalentar sus inclinaciones académicas.

Como en aquellos tiempos las oportunidades educativas para las mujeres eran limitadas, Germain estudió en secreto en la Ecole Polytechnique, usando el nombre de un estudiante matriculado previamente, algo que funcionó hasta que los maestros notaron la notable mejoría en las habilidades matemáticas del “estudiante”.

Mary Somerville (1780-1872) Otra mujer que se enseñó a sí misma. No solo matemáticas, sino griego y latín para leer las obras de Euclides. Lo trágico es que su familia no la apoyó porque pensaban que el conocimiento era dañino para el cerebro de una mujer… Por su trabajo en la traducción de Celestial Mechanics y la adición de comentarios, fue nombrada miembro honorario de la Royal Astronomical Society.

Julia Robinson (1919-1985) Fue interrumpida más de una vez por la enfermedad y murió de leucemia a los 65 años. Fue una filósofa y doctora en matemática estadounidense que destacó en la teoría de números con trabajos destacados en la teoría de la computación, la teoría de la complejidad computacional, específicamente en problemas de decisión, así como en la teoría de juegos. En 1975, Robinson fue la primera mujer matemática elegida para la Academia Nacional de Ciencias. También se convirtió en la primera mujer presidenta de la American Mathematical Society.

Maryam Mirzakhani (1977-2017) fue una matemática iraní, nacida en Teherán en mayo de 1977. Fue la primera galardonada con la prestigiosa Medalla Fields, otorgada por su trabajo sobre geometría hiperbólica, una geometría no euclidiana utilizada para explorar conceptos de espacio y tiempo. Desafortunamente, murió con apenas cuarenta años de un cáncer.

Estas mujeres, todas, con el virus de la pasión intelectual, pese a las dificultades. Todas ellas «filósofas», en el significado etimológico de la palabra «filosofía», es decir, “amor a la sabiduría” (philo-sophía)

Deja un comentario