Demencia digital 8

Asocio las palabras a una determinada comunidad de aromas, a una serie de imágenes, al sabor tal, el sonido éste, el tacto aquél.

Unos plátanos en una plazoleta de pueblo, junto a la mercería y la tienda de salazones, se relacionan para mí con los términos escamondar, con un aguamanil de cerámica, el rape con ajo, perejil y patatas, el trillo, el molde de las magdalenas, el costurero, el molinillo de café, la plancha de carbón, los trébedes, y con procuradores de la Cárcel Real de Sevilla, las calzas, los avispones y abejorros, la Casa de la Moneda, las armonías brillantes de colores de ermitas junto al río, y los claustros de conventos, monasterios y universidades.

También, palabras o expresiones como supersimetría, twistores, gravitación no lineal, vectores de Killing, entropía, Turing, Gödel, derivada de Lie, curvatura fibrada, cáculo infinitesimal con números complejos, metabolito, ácido, etcétera, no sé por qué, los asocio en mis imaginaciones con turbulentos neones y replicantes de Blade Runner, el estudio de los ríos (potamología), el estudio de los lagos (limnología), con agua de lluvia que discurre por la superficie de un terreno (escorrentía), y plantas epífatas, con el coco, la papaya, el mangostán, y la capa externa del pericarpo de los frutos, y con hojas que se estrechan en un ápice alargado.

El problema no es que mucha gente no tenga nada que decir. Eso es improbable en un mundo donde los descerebrados de la pornografía de la intimidad te lo cuentan todo, a cuántos más mejor, urbi et orbi. El problema es la gente ya sin palabras, ese su diccionario personal raquítico, el que no tengan nada que decirse a sí mismos, el pavoroso DESIERTO INTERIOR, algo que la terapeuta Lola Mondéjar, en un libro de hace poco, observa en sus pacientes. Mondéjar avisa de que, una de las transformaciones que sufre el individuo en la modernidad es «la atrofia de la capacidad narrativa; la progresiva dificultad para contarse a sí mismo y para elaborar una historia». Afonía de palabras, algo similar a una afasia identitaria global. Quieren decirnos algo, pero no pueden.

Volvamos a deambular por la multitud excitante de las palabras vivas, por esos vellocinos alados y mágicos que invocan cúpulas y minaretes de oro. Da miedo el desierto interior de demasiados de nuestros coetáneos.

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-Me gusta relajarme con un té y un buen libro.

-¿Y si no tienes té?

-Poleo.

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Ayer compré el peor diccionario de sinónimos del mundo. No solo es terrible, es terrible.

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-Y este es el sillón en el que me siento a menospreciar.

-Parece cómodo.

-Qué sabrás tú.

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En Islandia, los sueños Sueñosson.

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– ¿Ha tomado usted drogas?

– No señor Minotauro.

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Un tal Benedetto Accolti, que se presenta como modesto editor italiano, y que, sorprendentemente, contacta conmigo (cómo y cuándo sabe quién soy), me pide tres deseos, pues quiere publicar en una revista las respuestas de varios escritores «malditos».

Contesté bastante rápidamente:

(i) Que no se hubiera demolido aquel caserón al lado del pueblo donde mi familia pasaba los veranos. Caserón asomado al campo más allá de unas tapias traseras, cuyas exageradas aguas del tejado seguramente fueran pensadas para recibir tormentas y nutrir las que fueron inexistentes cisternas. Una casa decorada por mamá con una mezcla de estilos: el isabelino rústico catalán mirando atónito el barroco castellano de la pared de enfrente.

(ii) Desearía ser un aqueo cabelludo o un troyano domador de caballos, y, ante todo, volver a nacer en la costa norte del Mediterráneo, o en sus islas, en un periodo del pasado comprendido entre el siglo XV a. C y el s. XV d. C. Época en que la servidumbre era menos enojosa, humillante e inhumana que nuestra actual sujeción a la tiranía del dinero.

(iii) Ser un muchacho con sangre y silencio de indio. Evitar esta tragedia profunda y abrumadora, esta maniática compulsión de escribir, y no leer, no trabajar, no pensar, no querer, no esperar, cabalgar por las praderas, cazar búfalos, no pagar cuentas, no amar, no soñar, no viajar, no tener hijos, no ser nadie y pronto entrar al olvido.

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