
Cuántos escritores de cuero cabelludo sarnoso, que, en lugar de darse ese aire de superioridad surreal, mejor fuera que se compraran una buena loción anti caspa.
Miren, señores, cuando ustedes vivían en demenciales casas, mamá y yo estábamos en la chocolatería mordisqueando pastas entre preciosas arboledas de coníferas. Cuando ustedes mal se educaban en cochambrosos colegios públicos, o se desriñonaban por cuatro pesetas, mis niñeras usaban guantes blancos como queriendo alabar la distinción de las ricas “mademoiselles” de Aquitania.
Pero fracasé como escritor. Ustedes hablan bien en público de autores que luego ponen a parir en privado, y, con sus cariadas bocas tronitronantes, aceptan muy mal la crítica o se creen iluminados impunes (como los ridículos Sergio del Molino, Jorge Bustos, Pérez Reverte, Benjamín Prado etcétera) Quede claro: en un 95% de escritores, en lugar de lucidez y calidad, lo que encontramos es primitivo desparpajo escolar y egos que se adjudican una (patética) gran importancia.
Mi prosa es (acaso) como columnas de mármol sacadas de los mares clásicos e incrustada de conchas de ostras. La suya es (seguro que sí) bárbara y senil. Yo soy políglota de botonadura dorada, ustedes nacieron en Valverde de los Arroyos entre poceros. Yo fracasé como escritor. Continúen, pues, felices en sus chiringuitos subiendo la cucaña. Pero quiero dejar bien clara una cosa: un filósofo produce y evalúa argumentos, un científico demuestra leyes y teoremas, un escritor es mejor que otro si su mente es mejor. Dejo al juicio de Dios el veredicto.
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Cuán apacible es la estancia en la aldea, la morada en la fría manzana de la huerta; huele a laurel quemado, a eucalipto, a «xesta», y Maruxa ahumando «chourizos».
La noche quieta, la mañana temprana, el sol más prolijo, la tarde más quieta, como escribió el obispo de Mondoñedo Fray Antonio de Guevara, uno de los más sabrosos escritores de nuestra literatura, gran imaginativo, que sobrándole pareceres y sentencias, se las atribuía a filósofos y sabios antiguos, a autores inexistentes, a reyes de su fantasía. Qué moderno ese arsenal de citas de su propio magín, puestas en boca de éste u otro -reales o irreales-, muchos siglos antes de Vila-Matas o Borges.
Qué gozo la aldea. Agua pura, un bosque de pocas yugadas, el caer de la niebla en el valle. Placeres ahora que brota la dulzura verde del trigo. Aunque mucho canse y aburra, el campo es una de las pocas oportunidades que aún restan para huir.
